A pesar de la aparente calma que siguió a las protestas y al despliegue del ejército en las calles, una sombra de duda comenzó a inquietar al Gran Sabio en las semanas posteriores. No era una duda cualquiera, de esas que se disipan con un poco de reflexión o una conversación tranquilizadora con un consejero de confianza. Era una duda que se instalaba en los huesos como la humedad de las mazmorras inferiores, que crecía en la oscuridad de las noches sin sueño y se alimentaba de los pequeños detalles que la mente consciente prefería ignorar.
Tilio conocía bien a su pueblo. Lo había conocido durante años como asistente de Reax, cuando recorría los mercados y las tabernas con un cuaderno bajo el brazo, tomando nota de las quejas y los elogios, de los rumores y las certezas. Sabía que los humanos y los magos no eran razas dóciles. Tenían tradiciones inquebrantables, eran tercos hasta la médula y reacios a cualquier cambio impuesto desde arriba. Habían luchado durante siglos por un lugar en el reino, y aunque ese lugar seguía siendo precario, lo habían ganado a base de esfuerzo y de sangre. No iban a renunciar a él sin pelear.
Por eso, cuando los informes de los delegados imperiales comenzaron a llegar con cifras de crecimiento económico en los distritos humano y mágico, Tilio no sintió alivio. Sintió alarma.
Los Números que No Cuadran
Los números no cuadraban. Los distritos más pobres del reino, los que apenas podían pagar el seguro de bancarrota al Banco Real, estaban generando beneficios récord en tiempo récord. Las fábricas clandestinas que los delegados habían detectado en sus informes no eran las pocas y mal equipadas que él esperaba. Eran muchas. Y estaban bien organizadas.
Tilio pasó horas en su gabinete, con los informes esparcidos sobre la mesa como un mapa de batalla. La luz de las velas proyectaba sombras danzantes en las paredes cubiertas de mapas antiguos, y el silencio del gabinete era tan profundo que podía oír el latido de su propio corazón. Marcó con el dedo las cifras que más le preocupaban, las que no encajaban en ningún modelo económico que conociera.
En el Distrito Mágico, la producción de bienes de ingeniería avanzada se había duplicado en tres meses. En el Distrito Humano, la red de suministros había crecido hasta cubrir todo el territorio, conectando aldeas que antes estaban aisladas. No había explicación oficial para ese crecimiento. No había inversión del Banco Real. No había nuevos tratados comerciales. Simplemente, las cosas estaban ocurriendo.
—¿Qué está pasando aquí? —murmuró Tilio, como si los informes pudieran responderle. Los pergaminos guardaron silencio.
En los días siguientes, Tilio convocó a sus espías. No a los delegados imperiales, que eran demasiado visibles y demasiado predecibles, sino a los agentes secretos que había heredado de Reax, hombres y mujeres de rostros anodinos que podían deslizarse por las sombras sin dejar rastro. Les ordenó que investigaran las fábricas clandestinas, que infiltraran las redes de suministro, que descubrieran quiénes estaban detrás del crecimiento económico de los distritos pobres.
Los informes que regresaron confirmaron sus peores sospechas.
Las industrias que estaban surgiendo en el Distrito Mágico no eran las típicas fábricas de textiles o procesamiento de alimentos. Eran talleres de ingeniería avanzada, laboratorios de alquimia, centros de investigación de materiales. Producían bienes que no tenían ningún mercado obvio en los distritos pobres, pero que eran esenciales para la guerra: aleaciones de metal más ligeras y resistentes que las estándar, compuestos explosivos de alta potencia, dispositivos de comunicación que no dependían de la red oficial.
En el Distrito Humano, por su parte, estaban surgiendo centros de entrenamiento disfrazados de escuelas técnicas, almacenes de suministros camuflados como graneros, y una red de mensajeros que recorría el territorio con una eficiencia que ninguna empresa oficial había logrado igualar. Los instructores no eran militares retirados, como los delegados habían supuesto en sus primeros informes. Eran magos jóvenes, con conocimientos de táctica y estrategia que habían aprendido en las academias antes de que Tilio las cerrara. Y los reclutas no eran campesinos sin oficio, como también se había creído. Eran exsoldados, mineros en paro, artesanos arruinados por las leyes de industrialización. Personas con habilidades que podían ser entrenadas para la guerra.
Tilio dejó los informes sobre la mesa y apoyó la cabeza en las manos. El vino tinto, en la copa que tenía al lado, temblaba ligeramente por los golpes que él mismo daba a la mesa con los nudillos, sin darse cuenta.
—No es progreso —murmuró para sí mismo, repitiendo la frase que había estado dando vueltas en su cabeza desde que leyó el primer informe—. Es una maniobra.
La Reunión en la Cripta
Llamó a sus asistentes a medianoche. Los envió con mensajes urgentes a los líderes de los Elemens y los elfos, convocándolos a una reunión secreta en la Cripta de los Juramentos al amanecer. No podía esperar más. La Alianza, como él ya empezaba a llamarla en sus pensamientos, estaba creciendo más rápido de lo que había anticipado, y si no actuaba con firmeza, pronto sería demasiado tarde.
La reunión en la cripta fue breve y tensa. Los líderes de los Elemens y los elfos llegaron con el ceño fruncido, sin saber a qué se debía la convocatoria urgente. Sus ropajes, oscuros y sobrios, contrastaban con las paredes cubiertas de escudos oxidados de los caídos en la Guerra Elemental. Las antorchas parpadeaban con una luz temblorosa que hacía bailar las sombras en las paredes de piedra.
Tilio no perdió el tiempo en saludos ni preámbulos. Les mostró los informes, les explicó sus conclusiones, les pidió su opinión. El silencio que siguió fue el silencio de los que comprenden la magnitud de una amenaza pero no se atreven a nombrarla en voz alta.