Las Crónicas de Draxcan: Los Cimientos de las Cenizas

Capítulo VII: Los Dos Viajes

La noticia de la partición del reino en dos bloques —la Unión de Draxcan por un lado, la Convención de Alianzas por el otro— llegó a todos los rincones de Draxcan como un trueno en un cielo despejado. Los periódicos, que habían estado publicando ediciones cada vez más gruesas a medida que la crisis se intensificaba, dedicaron portadas enteras al anuncio. Los titulares eran grandilocuentes, como siempre en tiempos de crisis: "EL REINO PARTIDO EN DOS", "TILIO DECLARA LA UNIÓN", "LA ALIANZA RESPONDE".

Los pregoneros recorrieron las calles con sus campanillas de latón, leyendo los comunicados oficiales en las plazas y encrucijadas, mientras la gente se agolpaba a su alrededor con las caras pálidas y los puños apretados. En el Distrito Imperial, la multitud escuchaba en silencio, con la cabeza gacha y los ojos fijos en el suelo. En el Distrito Humano, la gente escupía al suelo cuando los pregoneros terminaban. En el Distrito Mágico, algunos aplaudían, otros silbaban, otros simplemente se daban la vuelta y se iban.

Dentro del castillo Dracking, sin embargo, el ambiente era de una calma tensa, casi irreal. Los sirvientes hablaban en susurros y los guardias caminaban con las manos sobre las empuñaduras de sus espadas. En los pasillos, los cortesanos se cruzaban con miradas esquivas y sonrisas forzadas, como si todos hubieran llegado a un acuerdo tácito para fingir que nada estaba ocurriendo.

Pero debajo de esa superficie de normalidad, algo se estaba gestando. Algo que Tilio, a pesar de su red de espías y sus informes diarios, no alcanzaba a vislumbrar del todo. Era una inquietud difusa, una sensación de que el suelo bajo sus pies no era tan firme como parecía, de que el aire que respiraba contenía algo que sus pulmones no deberían estar absorbiendo.

La Decisión de Viajar

Fue en ese contexto de tensión contenida cuando Tilio tomó una decisión que sorprendió a todos, incluso a sus consejeros más cercanos. Decidió viajar al Reino de Laxkay, la antigua nación enemiga que durante la Guerra Elemental había estado a punto de destruir Draxcan. La decisión no fue repentina. Llevaba semanas dándole vueltas, consultando mapas antiguos, leyendo informes diplomáticos y reuniéndose en secreto con mercaderes que habían cruzado la frontera en los últimos meses.

Laxkay, gobernada ahora por el joven rey Alkioz, era una potencia emergente en el continente. Sus fábricas de armamento producían cañones de asedio capaces de derribar las murallas de cualquier fortaleza. Sus magos de guerra habían desarrollado técnicas de combate que ningún otro reino conocía. Y sus espías, según los rumores, se habían infiltrado en las cortes de media docena de naciones vecinas.

Tilio necesitaba a Laxkay de su lado. No podía permitir que la Alianza buscara refugio o apoyo en el reino vecino, ni que Alkioz aprovechara la debilidad de Draxcan para reabrir viejas heridas. Una alianza con Laxkay fortalecería la Unión y enviaría un mensaje claro a la Convención: Tilio no estaba solo.

—Es una locura —dijo Paul cuando Tilio le comunicó su decisión. El representante Elemens había envejecido visiblemente en los últimos meses, con el cabello más canoso y las arrugas más profundas—. Laxkay es una potencia extranjera. Si llevas a sus soldados a Draxcan, la Alianza dirá que eres un traidor. Que prefieres aliarte con los antiguos enemigos antes que negociar con tu propio pueblo.

—Que digan lo que quieran —respondió Tilio, con la frialdad que había perfeccionado durante sus meses en el trono—. Las palabras no me matan. Las balas, sí. Y prefiero tener a Laxkay de mi lado cuando empiecen a volar.

Paul quiso responder, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Sabía que Tilio tenía razón. Pero también sabía que el precio de esa alianza sería alto. Quizás más alto de lo que Tilio estaba dispuesto a pagar.

La Filtración y la Despedida

La noticia del viaje se filtró a los periódicos antes de que Tilio tuviera tiempo de anunciarla oficialmente. Alguien en su propio gabinete, quizás un sirviente sobornado por los periodistas o quizás un consejero con lealtades divididas, había vendido la información al mejor postor. Los periódicos matutinos amanecieron con titulares que gritaban: "EL GRAN SABIO VIAJARÁ A LAXKAY: ¿PAZ O TRAICIÓN?" y "EL REINO DE LOS ANTIGUOS ENEMIGOS ABRE SUS PUERTAS A TILIO".

Las reacciones no se hicieron esperar. En el Distrito Humano, los carteles aparecieron durante la noche: "Tilio traidor", "Laxkay no", "Primero el pueblo". En el Distrito Mágico, los magos jóvenes organizaron protestas relámpago que los guardias imperiales disolvieron con gases lacrimógenos y porras. En Eltrix, los árboles de corteza plateada perdieron más hojas, y el Gran Viejo —el anciano que aún no había sido arrestado— dijo a sus consejeros que algo malo estaba por venir.

En la plaza del castillo, esa misma tarde, se congregó una multitud para despedir al Gran Sabio. No era una multitud espontánea, de esas que surgen cuando la gente siente la necesidad de expresar su apoyo a un líder en tiempos difíciles. Era una multitud convocada por los delegados imperiales, que habían enviado mensajeros a los distritos leales para ordenar la presencia de los ciudadanos. Los Elemens y los elfos acudieron en masa, muchos de ellos por obligación más que por convicción, pero acudieron al fin y al cabo. Sus rostros, vistos desde el balcón del castillo donde Tilio se asomó para saludarlos antes de partir, eran una mezcla de respeto, miedo y curiosidad.

Los humanos y los magos, en cambio, no acudieron. No porque no hubieran recibido la convocatoria, sino porque se negaron a obedecerla. En sus distritos, las calles estaban vacías, las tiendas cerradas, las ventanas tapiadas. Era una forma silenciosa de protesta, una declaración de que no reconocían la autoridad de Tilio ni se plegaban a sus ceremonias.

Los delegados imperiales enviaron informes alarmados al castillo, describiendo el "vacío inquietante" que se respiraba en los barrios rebeldes. Tilio leyó los informes en su gabinete, media hora antes de subir al carruaje, y guardó silencio durante un largo rato. Luego llamó a sus asistentes y les ordenó que no hicieran nada.



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En el texto hay: reino y poder, leyes, reinos divididos

Editado: 17.06.2026

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