Mientras el carruaje de Tilio cruzaba las Tierras Baldías en dirección al Reino de Laxkay, muy lejos de allí, en el subreino de Eltrix, Paul comenzaba a notar los primeros síntomas de algo que no sabía cómo nombrar. No era un dolor físico ni una enfermedad reconocible por los sanadores de su pueblo. Era una especie de inquietud profunda, una sensación de que el suelo bajo sus pies no era tan firme como parecía, de que el aire que respiraba contenía algo que sus pulmones no deberían estar absorbiendo.
Llevaba semanas sintiéndolo. Al principio lo atribuyó al cansancio, a las largas horas de trabajo en el consejo del subreino, a las discusiones interminables con los delegados imperiales que Tilio había enviado para supervisar cada uno de sus movimientos. Pero con el paso de los días, la sensación se fue intensificando, volviéndose más aguda, más precisa. Era como si alguien estuviera llamando a su puerta en medio de la noche, pero cuando abría, no había nadie. Solo el viento frío que bajaba de las montañas y el crujir de las ramas de los árboles de corteza plateada, esos seres antiguos que llevaban siglos creciendo en el cráter de la batalla de los dragones.
Las Pesadillas
Las pesadillas comenzaron una semana después de la publicación de las tres leyes de Tilio. Paul soñaba con imágenes que no podía explicar: templos sumergidos en lagos de sangre, criaturas aladas que volaban sobre ciudades en llamas, rostros que se derretían como cera al calor de una vela. Soñaba con palabras que no entendía, en idiomas que nunca había aprendido, pero que al despertar sentía que había comprendido perfectamente, aunque ya no pudiera recordarlas.
Los ancianos de Eltrix, consultados en secreto, fruncieron el ceño y murmuraron algo sobre "los susurros del cráter", sobre "la memoria de la tierra que se filtra en los que están destinados a grandes cargos". Paul no entendía sus explicaciones, pero las respetaba. Los ancianos de Eltrix llevaban siglos viendo cosas que los jóvenes no podían ver.
El sueño más recurrente, el que se repetía casi todas las noches con pequeñas variaciones, era siempre el mismo: Paul estaba de pie en el centro del cráter de Eltrix, rodeado por los árboles de corteza plateada que emitían su bioluminiscencia azul pálida. El cielo sobre él estaba negro como la boca de un pozo, sin estrellas, sin luna, sin nubes. Y de repente, el suelo bajo sus pies se abría, y del interior de la tierra emergía una figura envuelta en sombras, una figura que Paul no podía mirar directamente porque le ardían los ojos solo de intentarlo.
La figura hablaba con una voz que no era una voz, sino un eco de voces, millones de voces superpuestas que decían cosas diferentes al mismo tiempo. Y aunque no entendía las palabras, Paul sentía su significado en lo más profundo de sus huesos: algo estaba cambiando en Draxcan. Algo que no tenía que ver con Tilio ni con la Alianza, ni con los delegados imperiales ni con los representantes del senado. Algo más antiguo. Algo que llevaba siglos gestándose en las entrañas del reino, esperando el momento preciso para salir a la luz.
El Gran Viejo y los Sueños Compartidos
Una noche, después de una de esas pesadillas que lo dejaban temblando y bañado en sudor frío, Paul decidió consultar al Gran Viejo. No al nuevo Gran Viejo —él mismo lo era ahora— sino al anciano que lo había precedido, el que aún vivía en la mansión de los Lasmec, el que había sido arrestado por el delegado imperial y luego liberado por orden de Tilio, que no quería más mártires en su reino.
El anciano lo recibió en su estudio, una habitación circular en la torre más alta de la mansión, con ventanas que daban a los jardines interiores y a las montañas que se perfilaban en el horizonte. Las paredes estaban cubiertas de libros, algunos tan antiguos que el cuero de sus lomos se deshacía al tacto, y el aire olía a pergamino y a cera de abeja, el aroma de los lugares donde el tiempo se acumula en lugar de pasar.
El anciano lo escuchó en silencio, sin interrumpir, mientras Paul describía sus sueños, sus inquietudes, la sensación de que algo se estaba moviendo bajo sus pies. Cuando terminó, el anciano guardó silencio durante un largo momento. Luego se levantó con dificultad, apoyándose en su bastón de madera retorcida, y caminó hacia la ventana.
—Yo también he soñado —dijo el anciano, con su voz que tenía esa calidad de las voces que han hablado durante tanto tiempo que ya no necesitan esforzarse para ser escuchadas—. No los mismos sueños que tú, pero sueños igualmente inquietantes. Veo sangre. Veo fuego. Veo a los Once Originales caminando por las calles de Eltrix, pero no como los líderes sabios que fueron en su día, sino como espectros, como sombras arrastrando cadenas. Y al fondo de todo eso, veo una grieta. Una grieta en la tierra, en el cielo, en la realidad misma. Una grieta por la que algo intenta pasar.
Paul sintió un escalofrío recorrerle la espalda, a pesar del calor de la tarde.
—¿Cree que Tilio sabe algo de esto? —preguntó.
—Tilio sabe lo que puede saber un humano —respondió el Gran Viejo con una suavidad que no pretendía ser despectiva—. Los humanos son inteligentes, valientes, ingeniosos. Pero hay cosas que no pueden ver. Cosas que están más allá de su percepción, no porque sean débiles, sino porque sus sentidos no están diseñados para captar ciertas frecuencias de la realidad. El reino se está desgarrando, Paul. Puedo sentirlo en las raíces de los árboles, en el flujo de la energía elemental, en los susurros que llegan del subsuelo. Y tengo miedo de que cuando el desgarro sea completo, nada de lo que Tilio haya construido pueda impedir que la oscuridad entre.
La Fortificación de Eltrix
El Gran Viejo, que llevaba siglos siendo el líder espiritual y político de Eltrix, comenzó a dirigir los preparativos para lo que él llamaba "los tiempos difíciles". No dio explicaciones detalladas, porque no las tenía. Solo dio órdenes, y las órdenes del Gran Viejo eran ejecutadas sin cuestionamientos por los habitantes del subreino.