Las galerías subterráneas bajo Draxcan eran un laberinto que ningún mapa había logrado representar con exactitud. No porque faltaran exploradores dispuestos a internarse en ellas, sino porque el territorio mismo parecía reorganizarse entre una visita y la siguiente, como si la piedra recordara su origen líquido y se negara a aceptar una forma fija. Los túneles se ensanchaban y estrechaban según la fase de la luna, los techos se elevaban o descendían sin previo aviso, y las paredes, cubiertas de una costra negra que brillaba tenuemente con una luz propia, parecían respirar con un ritmo lento y profundo que imitaba el de un gigante dormido.
Las expediciones que a lo largo de los siglos habían intentado cartografiar esas profundidades habían regresado con informes contradictorios, mapas que no coincidían entre sí, y en algunos casos, no habían regresado nunca. Los pocos sobrevivientes hablaban de pasadizos que se cerraban tras ellos, de susurros que parecían salir de las paredes, de una oscuridad que no era ausencia de luz sino presencia de algo más. Los ancianos de los clanes desaconsejaban cualquier exploración, y los pocos que insistían eran considerados temerarios o directamente insensatos.
En el corazón de ese laberinto, donde la oscuridad era tan densa que tenía textura propia y la temperatura descendía a niveles que habrían matado a cualquier mortal, Nalia observaba a través de los ojos de sus criaturas sombra. Las había sembrado en Draxcan durante décadas, una por una, con la paciencia de quien sabe que la siembra más lenta produce la cosecha más duradera.
Los Ojos de Nalia
Las criaturas sombra eran pequeñas manchas de oscuridad que se deslizaban por las rendijas de las puertas, que se acumulaban en los rincones donde la luz de las antorchas no llegaba, que escuchaban las conversaciones de los senadores en sus aposentos privados y las repetían en la cueva central, donde Nalia las absorbía como un árbol absorbe el agua. No tenían forma fija, podían adoptar la apariencia de una sombra alargada en una pared o la de un insecto diminuto sobre el alféizar de una ventana. Eran, en esencia, los ojos y oídos de su señora.
Lo que había escuchado en los últimos meses la complacía más de lo que había esperado. La división del reino en distritos, la creación del Banco Real y el Impuesto Imperial, las protestas de los humanos y los magos, la formación de la Alianza, el viaje de Tilio a Laxkay, la lectura de los libros secretos por parte de Paul en Eltrix... todo era parte del mismo patrón, el mismo baile, la misma danza que ella había observado durante siglos desde su prisión subterránea.
El Caos no se siembra con violencia, pensaba Nalia mientras sus dedos acariciaban la superficie lisa de uno de los huevos que flotaban en la cámara central. El Caos se siembra con injusticia. Con miedo. Con la certeza de que el mundo no es justo, de que los poderosos siempre ganan, de que no hay esperanza. Y Tilio, con sus leyes y sus delegados y su Banco Real, había plantado un campo entero.
Nalia era la hija olvidada de los dioses primigenios, la que Equimio había desterrado a las profundidades después de la guerra de los dragones. Pero el destierro no había sido una derrota. Había sido una estrategia. Mientras sus hermanos gobernaban el mundo de arriba, ella cultivaba el de abajo. Mientras ellos construían imperios de luz, ella tejía redes de sombra. Mientras ellos confiaban en la bondad de sus creaciones, ella alimentaba sus miedos más oscuros.
Los Huevos del Caos
Los huevos eran el orgullo de Nalia. Docenas de ellos, del tamaño de un puño humano, de color negro azabache con finas vetas doradas que pulsaban como venas bajo la piel. Flotaban en el aire de la cámara central como planetas en miniatura alrededor de un sol invisible, cada uno en una órbita propia, cada uno con su ritmo de pulsación.
Habían estado gestándose durante siglos, alimentándose de la energía de los muertos en la Guerra Elemental, de la desesperación de los refugiados, de la rabia de los oprimidos. Cada vez que un humano moría en las minas de sal gema del Distrito Humano, un huevo latía con más fuerza. Cada vez que un mago envejecía prematuramente y se desmoronaba en polvo después de lanzar un hechizo demasiado poderoso, un huevo absorbía su último aliento. Cada vez que un elfo cerraba la puerta de su casa para no ver la miseria del exterior, un huevo recogía su egoísmo como un regalo. Cada vez que un Elemens traicionaba a sus hermanos por un puesto en el gobierno, un huevo se alimentaba de su ambición.
Nalia había aprendido a alimentar a sus criaturas con las emociones negativas de los mortales. No era magia, al menos no la magia que los humanos entendían. Era algo más primitivo, más antiguo, más cercano a la esencia misma del Caos. El miedo, el odio, la desesperación, la envidia, la codicia: todos esos sentimientos que los dioses habían tratado de erradicar de sus creaciones eran en realidad el combustible que mantenía vivo el motor del universo. Y Nalia sabía cómo aprovecharlo.
Esa noche, mientras Tilio se reunía con Alkioz en la frontera entre Draxcan y Laxkay, y mientras Paul envejecía veinte años en una sola noche al leer los libros secretos de la familia Lasmec, Nalia sintió que algo cambiaba en el subsuelo. No era un cambio físico, de esos que se pueden medir con instrumentos. Era un cambio en la atmósfera, en la densidad del aire, en la forma en que la oscuridad se movía a su alrededor. Era como si el reino entero estuviera conteniendo el aliento, esperando algo.
La Grieta
—Está cerca —susurró Nalia, dirigiéndose a las criaturas que la rodeaban. No eran humanas ni elfos ni magos ni Elemens. Eran sombras con cierta densidad, formas que cambiaban constantemente, que podían deslizarse por las rendijas de las piedras y acumularse en los rincones oscuros de las habitaciones. Las había creado ella misma, décadas atrás, con su propia esencia y con fragmentos del Caos que Equimio le había permitido conservar cuando la confinaron en el subsuelo.