Las Crónicas de Draxcan: Los Cimientos de las Cenizas

Capítulo X: La Convención en la Sombra

La noticia de que Cilion, el líder de la Alianza, había emprendido un viaje secreto para buscar aliados entre los subreinos explotados por el gobierno de Tilio se extendió por Draxcan como un reguero de pólvora. Nadie sabía con certeza cuál era su destino ni cuánto duraría su ausencia, pero todos, desde los delegados imperiales en sus oficinas hasta los campesinos en sus chozas, intuyeron que algo importante estaba ocurriendo.

Los rumores más extravagantes circulaban por las tabernas y los mercados. Algunos decían que Cilion había ido a buscar el apoyo de los dragones ancestrales que dormían bajo las montañas del norte, aquellos que habían sido creados por los dioses elemens en los albores del tiempo y que aún conservaban lealtades que ningún humano podía comprender. Otros aseguraban que había cruzado el mar de los tormentos para entrevistarse con la reina de las sirenas, una criatura de la que solo se hablaba en las leyendas más oscuras, que podía conceder el poder de controlar las mareas y los vientos. Otros, los más imaginativos, susurraban que había descendido a las profundidades de la tierra para negociar con las criaturas del Caos que Nalia estaba gestando en sus galerías subterráneas, ofreciéndoles almas a cambio de poder.

La verdad, como casi siempre, era más modesta pero no por ello menos peligrosa.

El Peregrino de los Harapos

Cilion viajaba a pie, con una capa de harapos que había pertenecido a un mendigo muerto de peste, para que ningún mago rastreador pudiera encontrar su rastro vital. La capa estaba impregnada de un hedor nauseabundo que mantenía alejados a los perros de caza y a las criaturas mágicas que los delegados imperiales utilizaban para seguir a los fugitivos. Sobre su cabeza llevaba un sombrero de ala ancha, también heredado de algún muerto anónimo, y en sus pies calzaba sandalias de esparto que apenas lo protegían de las piedras afiladas del camino.

Su aspecto era el de un peregrino más de los muchos que recorrían las rutas de Draxcan en busca de trabajo o de clemencia. La barba le había crecido durante el viaje, y su piel se había curtido bajo el sol de las Tierras Baldías. Sus ojos, antes brillantes y llenos de determinación, ahora tenían un aspecto hundido, cansado, como los de alguien que ha visto demasiado y ha dormido demasiado poco.

Ningún guardia que lo cruzó en los caminos secundarios se molestó en pedirle los papeles. ¿Quién iba a detener a un mendigo para pedirle identificación? La pobreza, a veces, era la mejor de las protecciones. Los ricos y los poderosos eran vigilados constantemente, pero los pobres pasaban desapercibidos, invisibles, como muebles en una habitación que nadie mira.

Cilion aprovechó esa invisibilidad. Había estudiado las rutas de antemano, marcando en mapas mentales los caminos secundarios que evitaban los puestos de control, los cruces donde podía descansar sin ser visto, las aldeas donde podía obtener comida y agua sin levantar sospechas. Llevaba consigo una bolsa de cuero con monedas de cobre, suficientes para pagar lo necesario pero no tantas como para llamar la atención.

Ezful: El Primer Destino

Su primer destino fue Ezful, un subreino situado en las laderas orientales de las montañas de la Sombra, donde la neblina era tan espesa que apenas se podía ver a dos pasos de distancia. Los habitantes de Ezful eran una raza antigua, emparentada con los elfos pero más salvajes, más primitivos. Tenían la piel gris como la piedra de las montañas, y sus ojos, del color del ámbar, podían ver en la oscuridad casi tan bien como los Elemens.

Lo más llamativo de ellos, sin embargo, eran sus manos: los niños nacían con garras de águila en lugar de dedos humanos, unas garras afiladas como cuchillas que les servían para escalar las paredes verticales de los acantilados y para desgarrar la carne de sus presas. Los adultos, con el tiempo, aprendían a controlar esas garras, a retraerlas y extenderlas a voluntad, como los felinos hacen con sus uñas. Pero el instinto de caza, una vez despertado, nunca desaparecía del todo.

Ezful había sido uno de los subreinos más prósperos de Draxcan antes de la Guerra Elemental. Sus minas de plata y sus canteras de mármol rosa abastecían a todo el reino, y sus artesanos eran famosos por la calidad de sus armaduras y sus joyas. Los guerreros de Ezful, con sus garras retráctiles y su visión nocturna, eran temidos en todo el continente, y muchos reyes habían intentado aliarse con ellos sin éxito.

Pero la guerra lo había cambiado todo. Las minas fueron bombardeadas desde el aire con hechizos de demolición masiva, los canteros fueron reclutados a la fuerza y enviados al frente, y la población, diezmada por el hambre y las enfermedades, nunca logró recuperarse. Ahora, Ezful era una sombra de lo que había sido: un puñado de aldeas dispersas en un terreno árido y pedregoso, donde la gente apenas sobrevivía cultivando patatas amargas y criando cabras de lana áspera.

El Anciano de Ezful

Cilion llegó a Ezful al anochecer del decimoséptimo día de su viaje. La neblina, como siempre, era tan espesa que apenas podía ver el camino bajo sus pies. Avanzó con cuidado, guiándose por el sonido de las campanas que los habitantes colgaban en las puertas de sus casas para que los viajeros no se perdieran en la oscuridad. Las campanas eran de diferentes tamaños, cada una con un tono distinto, y formaban una melodía que cambiaba con el viento.

Las campanas sonaban con un tono grave y melancólico que se mezclaba con el ulular del viento entre las rocas, creando una melodía inquietante que ponía los pelos de punta. Cilion había oído hablar de ellas antes de partir, pero la experiencia real era mucho más intensa. Era como si las campanas estuvieran llamando a algo, o advirtiendo de algo, y Cilion no podía dejar de preguntarse qué era ese algo.

El anciano de Ezful, un ser tan arrugado y encorvado que parecía parte de la piedra de las montañas, lo recibió en su choza, una estructura de madera y barro que apenas se distinguía de las rocas que la rodeaban. No había velas ni antorchas en el interior; la única luz provenía de un pequeño fuego que ardía en el centro, alimentado con ramas de enebro que despedían un olor acre y penetrante.



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En el texto hay: reino y poder, leyes, reinos divididos

Editado: 17.06.2026

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