Las Crónicas de Draxcan: Los Cimientos de las Cenizas

Capítulo XI: El Peso del Conocimiento Prohibido

La mansión de la familia Lasmec en Eltrix era un laberinto de pasadizos secretos, habitaciones ocultas y sótanos que se adentraban en la tierra más de lo que nadie sospechaba. Los Lasmec llevaban generaciones habitándola, acumulando no solo riquezas y poder, sino también secretos. Secretos que otros clanes de Elemens habían preferido olvidar, y que los Gran Viejos anteriores a Paul habían decidido ignorar para no tener que cargar con su peso.

La mansión había sido construida siglos atrás, en los primeros días de Eltrix, cuando los Elemens aún gobernaban sin tener que rendir cuentas a nadie. Sus muros eran de piedra negra, como el basalto del cráter, pero más oscuros, más densos, como si hubieran sido extraídos de las profundidades de la tierra donde la luz nunca llegaba. Las ventanas eran estrechas, apenas rendijas en la piedra, y los techos eran altos, sostenidos por vigas de madera oscura que habían sido talladas con figuras de dragones y dioses antiguos.

Paul, sin embargo, ya no podía ignorar los secretos de los Lasmec. Los había leído. Los había absorbido. Y ahora los llevaba grabados en su piel, en sus huesos, en la médula de su ser, en forma de tatuajes parlantes que se movían bajo su dermis como gusanos luminosos. Los tatuajes eran palabras de la Lengua Antigua de los Elemens, la que solo los más ancianos de la raza hablaban todavía, y parecían tener vida propia, desplazándose lentamente por su cuerpo como si estuvieran buscando un lugar donde instalarse.

Después de salir de la cámara de los libros, Paul no volvió a su casa. No podía. Necesitaba estar solo, necesitaba procesar lo que había aprendido, necesitaba encontrar alguna manera de conciliar el conocimiento infinito que ahora poseía con la realidad limitada y frágil de su existencia mortal.

El Paseo Nocturno

Caminó sin rumbo por las calles de Eltrix durante horas, ignorando las miradas de asombro y preocupación de los ciudadanos que lo veían pasar con el cabello blanco como la ceniza y los tatuajes brillando bajo la bioluminiscencia azul de los árboles. Las calles estaban vacías a esas horas, y sus pasos resonaban en la piedra como ecos de otro tiempo.

Algunos vecinos se asomaron a las ventanas al verlo pasar. Una mujer joven, que lo había conocido desde niño, abrió la puerta de su casa y lo llamó por su nombre. Paul no respondió. No podía. Las palabras que quería decir se le atascaban en la garganta, incapaces de salir.

Un anciano, sentado en el umbral de su casa, le ofreció agua. Paul aceptó el cuenco con manos temblorosas y bebió un sorbo. El agua estaba fría, limpia, pura. Pero al pasarla por su garganta, sintió que quemaba, como si su cuerpo hubiera dejado de ser compatible con las cosas simples de la vida.

—¿Qué te ha pasado, muchacho? —preguntó el anciano, con los ojos llenos de preocupación—. ¿Quién te ha hecho esto?

—Nadie —respondió Paul, con una voz que no era la suya, más grave, más antigua—. Fui yo mismo. Elegí saber. Y el saber tiene un precio.

El anciano no entendió, pero asintió de todas formas. En Eltrix, se había aprendido que algunas preguntas no tenían respuesta, y que la mejor respuesta era a menudo el silencio.

Llegó al borde del cráter cuando el sol ya había comenzado a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de un color naranja sanguinolento que se reflejaba en la roca fundida de las paredes del cráter. Se sentó en una roca que sobresalía sobre el abismo, con las piernas colgando hacia el vacío, y se quedó mirando el paisaje sin verlo realmente.

La Verdad de los Libros

Sus pensamientos estaban en otra parte, en otro tiempo, en otra dimensión de la realidad que los libros le habían revelado. Porque los libros no contenían solo historia. Contenían algo mucho más peligroso: la verdad sobre la naturaleza del universo, sobre el origen de los dioses, sobre el papel que los Elemens debían desempeñar en el orden cósmico.

Los Elemens no eran una raza más entre las muchas que habitaban Draxcan. Eran los descendientes directos de los Seis Dioses Elementales, los seres que habían dado forma al mundo en los albores del tiempo. Los libros contenían relatos de cómo esos dioses habían creado las montañas y los ríos, las estrellas y los océanos, la vida y la muerte. Relatos que precedían a la historia escrita, que se habían transmitido de generación en generación hasta ser finalmente consignados en pergamino.

Y los Once Originales, aquellos que llevaban doscientos cincuenta años encerrados en las mazmorras del castillo Dracking, no eran héroes legendarios ni sabios ancianos. Eran los propios dioses, encarnados en carne mortal, que habían elegido rebajarse a la condición humana para escapar de una guerra en el plano celestial contra los Dioses del Caos.

Los libros describían esa guerra con detalles que erizaban el vello. Batallas entre seres que no tenían forma física, que se extendían a través de dimensiones que la mente humana no podía concebir. Ejércitos de luz y sombra chocando en el vacío, destruyendo mundos enteros en su enfrentamiento. Y al final, la huida de los Seis Dioses Elemens, que abandonaron a los Once en el mundo mortal para que continuaran la lucha mientras ellos se refugiaban en un lugar seguro.

Paul recordó las palabras que había leído en el último volumen, las que ahora estaban tatuadas en el interior de sus párpados, de modo que las veía cada vez que cerraba los ojos:

"Los Seis crearon a los Once para que gobernaran el mundo en su nombre. Pero el Caos, que es anterior a la creación, no acepta gobernantes. El Caos solo acepta la disolución. Y cuando la disolución llegue, los Once deberán elegir: proteger lo que crearon o unirse a lo que siempre fue."

Era una profecía. O una amenaza. O quizás las dos cosas a la vez. Paul no podía decidirlo. Lo único que sabía era que su vida, y la vida de todos los Elemens, estaba ligada a esa profecía de una manera que no podía ignorar.



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En el texto hay: reino y poder, leyes, reinos divididos

Editado: 17.06.2026

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