El regreso de Tilio a Draxcan no fue el recibimiento triunfal que sus consejeros habían planeado. Las calles del Distrito Imperial estaban vacías cuando la caravana atravesó la puerta norte de la ciudad, y los pocos ciudadanos que se asomaron a las ventanas para ver el paso del Gran Sabio lo hicieron con el ceño fruncido y los labios apretados, como si estuvieran reprimiendo un insulto o una maldición.
Las banderas que los delegados imperiales habían colgado en las fachadas de los edificios ondeaban tristemente en el viento frío del atardecer, y los pregoneros que debían anunciar la llegada del gobernante se habían quedado afónicos de tanto gritar en una plaza vacía. El sonido de sus campanillas, que antes anunciaba noticias importantes, ahora parecía un réquiem, un anuncio fúnebre.
Tilio observó el espectáculo desde la ventanilla de su carruaje con una expresión impasible que no reflejaba lo que sentía. Por dentro, el vacío se extendía por su pecho como una mancha de aceite en el agua, frío y espeso, imposible de ignorar. Había esperado hostilidad, sí. Había esperado protestas, insultos, quizás alguna piedra lanzada contra los cristales del carruaje. Pero no había esperado el silencio. Ese silencio denso, cargado de desprecio y de miedo, que pesaba más que cualquier grito.
Era como si la ciudad entera hubiera decidido contener la respiración, esperando el momento en que el cadáver del rey pasara de largo para poder exhalar aliviada. Una metáfora macabra, pero Tilio no podía sacársela de la cabeza.
El Regreso al Castillo
Cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada principal del castillo Dracking, Tilio bajó con la ayuda de un soldado que le ofreció el brazo. Sus piernas estaban entumecidas por las horas de viaje, y la espalda le dolía por la mala postura que había mantenido durante días mientras leía informes y redactaba decretos. El viaje había sido agotador, y el cansancio se acumulaba en sus huesos como plomo fundido.
Pero no mostró ninguna debilidad. Caminó con paso firme hacia la puerta, saludó a los guardias con un gesto seco y desapareció en el interior del castillo, donde las sombras de los pasillos lo envolvieron como una mortaja. Las antorchas en las paredes parpadeaban con la corriente de aire que entró con él, proyectando sombras danzantes que parecían figuras humanas retorciéndose.
Fox Altraz, el valido que había dejado al mando durante su ausencia, lo esperaba en su gabinete. El hombre tenía el rostro pálido y los ojos hundidos, como si hubiera dormido tan mal como Tilio durante el último mes. Sobre la mesa, apilados en montones que amenazaban con derrumbarse, había cientos de documentos: informes de los delegados imperiales, cartas de los representantes de los clanes, solicitudes de audiencia, quejas ciudadanas, partes militares. Algunos estaban manchados de café o vino, prueba de las largas noches que Fox había pasado leyéndolos.
Tilio los miró un instante y luego desvió la vista. Ya los leería más tarde. Ahora necesitaba saber una sola cosa.
—¿Qué ha pasado en Eltrix? —preguntó, sentándose en su silla sin esperar a que Fox se lo ofreciera. La silla crujió bajo su peso, un sonido familiar que le recordaba las largas noches que había pasado allí, redactando leyes y planificando estrategias—. ¿Es cierto que Paul ha envejecido veinte años en una noche? ¿Es cierto que se ha convertido en el Gran Viejo? ¿Es cierto que los Lasmec le han entregado los libros prohibidos?
Fox asintió gravemente. Su voz, cuando habló, era apenas un susurro, como si temiera que las paredes del gabinete tuvieran oídos. Los informes confidenciales que había recibido eran preocupantes, y no sabía cómo Tilio iba a reaccionar.
—Todo es cierto, Gran Sabio. El anciano Gran Viejo fue arrestado por orden del delegado imperial después de negarse a detener las obras de fortificación del subreino. Antes de ser encarcelado, nombró a Paul como su sucesor. Paul, a su vez, acudió a la familia Lasmec para consultar los libros que guardan desde tiempos inmemoriales. Libros que, según nuestros informantes, contienen la verdadera historia de los Elemens. La historia que los Gran Viejos han ocultado durante siglos.
—¿Y qué dice esa historia? —preguntó Tilio, aunque ya sospechaba la respuesta. Los rumores habían llegado a sus oídos incluso en el Reino de Laxkay, traídos por mercaderes y viajeros que cruzaban las fronteras. Hablaban de dioses antiguos, de profecías, de un origen divino que los Elemens habrían ocultado por miedo o por vergüenza.
—No lo sabemos con certeza —admitió Fox—. Paul no ha compartido el contenido de los libros con nadie, excepto quizás con Vyctor Lasmec. Pero los cambios físicos que ha sufrido son innegables. Ha envejecido. Ha encanecido. Y tiene la piel cubierta de tatuajes que se mueven, como si estuvieran vivos. Algunos dicen que esos tatuajes son las palabras de los libros, grabadas en su carne para que nunca pueda olvidarlas.
El Peso de la Corona
Tilio apoyó la cabeza en las manos. El peso de la corona, ese peso que Reax le había advertido que existía pero que él había creído poder soportar, ahora le aplastaba los hombros como una losa de piedra. Eltrix se estaba fortificando. Paul había envejecido leyendo libros prohibidos. La Alianza crecía en los distritos humano y mágico. Y él, Tilio, el Gran Sabio, el gobernante absoluto de Draxcan, no podía hacer nada para detenerlo.
O sí. Podía enviar al ejército. Podía arrestar a Paul. Podía sitiar Eltrix y reducir su cráter a cenizas. Pero si hacía eso, perdería el apoyo de los Elemens, y sin los Elemens, su gobierno se desmoronaría como un castillo de naipes. Sería el fin de todo lo que había construido.
—Convoque al senado —ordenó Tilio, levantando la cabeza—. Para mañana al amanecer. Quiero que todos los representantes estén presentes. Los de la Unión y los de la Alianza. Los que me son leales y los que me odian. Todos. Es hora de que sepan quién manda en este reino.