El invierno llegó a Draxcan antes de lo previsto, con una furia que los ancianos no recordaban haber visto en décadas. Los meteorólogos del gremio de la Climatología, que llevaban generaciones registrando las estaciones con meticulosa precisión, no habían anticipado este cambio. Sus instrumentos —termómetros de mercurio, barómetros de cristal, veletas de cobre— no mostraban nada anómalo. Y sin embargo, el frío llegó, repentino y brutal, como si el invierno hubiera decidido saltarse el otoño por completo.
Los copos de nieve, blancos al principio, se volvían grises al tocar el suelo, como si la ciudad misma estuviera enferma y su enfermedad se transmitiera a la atmósfera. La nieve gris se acumulaba en los alféizares de las ventanas, en las estatuas de los héroes antiguos, en las tumbas del cementerio principal. Los niños que intentaban hacer muñecos de nieve veían cómo sus creaciones se desmoronaban en una pasta negruzca que manchaba sus manos y su ropa.
Los termómetros de mercurio marcaban temperaturas que no se registraban desde la Guerra Elemental. Las columnas de plata descendían hasta niveles que hacían temblar a los propios instrumentos, y los magos del gremio tenían que calentarlos con hechizos para que no se rompieran. Los ríos se congelaron, formando capas de hielo tan gruesas que los carros podían cruzarlos. Los puentes se volvieron peligrosos, cubiertos de una película de hielo resbaladizo que había causado ya varios accidentes. Los caminos se hicieron intransitables, enterrados bajo metros de nieve que los servicios de limpieza no podían retirar lo suficientemente rápido.
En el Distrito Humano, los más pobres de entre los pobres, el frío no era una molestia pasajera sino una sentencia de muerte. Las chozas de barro y madera que servían de vivienda a la mayoría de la población no estaban preparadas para temperaturas tan extremas. Las paredes, agrietadas por los años y la falta de mantenimiento, dejaban pasar el viento helado como si fueran de papel. Las chimeneas, construidas con ladrillos de mala calidad, se desmoronaban con el uso, llenando las habitaciones de humo y hollín.
Y la leña, ese recurso que en otros tiempos abundaba en los bosques de los alrededores, escaseaba porque los guardias imperiales habían prohibido la tala sin permiso, y los permisos, como siempre, tardaban semanas en llegar y casi nunca se concedían. Los humanos del Distrito Humano quemaban muebles rotos, escombros de construcciones abandonadas, cualquier cosa que pudiera arder. Algunos, los más desesperados, quemaban sus propias pertenencias para no morir congelados.
Cilion en las Calles
Cilion recorría las calles del Distrito Humano cada tarde, visitando las familias más afectadas, repartiendo mantas y alimentos con la ayuda de los voluntarios de la Alianza. Su rostro, demacrado por los meses de viajes y la falta de sueño, mostraba una mezcla de determinación y fatiga que inspiraba lástima y respeto a partes iguales. La barba le había crecido, descuidada, y sus ojos tenían un brillo febril que preocupaba a sus colaboradores más cercanos.
Los niños que lo veían pasar lo saludaban con la mano, y los ancianos le ofrecían asiento junto a sus chimeneas humeantes, aunque él siempre rechazaba cortésmente, diciendo que había muchos más que necesitaban el calor. Cargaba con una manta sobre los hombros, no para abrigarse, sino para repartir entre los más necesitados. Sus manos estaban agrietadas por el frío, y sus labios, partidos.
—No podemos permitir que sigan muriendo —le dijo Cilion a sus lugartenientes en una reunión celebrada en el sótano de una taberna del Distrito Mágico, donde el humo de las pipas se mezclaba con el vapor de los pucheros de estofado. El sótano era pequeño, apenas una cueva excavada en la piedra, y estaban apiñados una docena de personas, todas con el aliento empañándose en el aire frío—. Tilio nos ha condenado al frío y al hambre, y nosotros no podemos hacer nada para detenerlo. Pero podemos ayudarnos entre nosotros. Podemos compartir lo poco que tenemos. Podemos construir refugios. Podemos almacenar leña. Podemos sobrevivir.
—Sobrevivir no es suficiente —respondió uno de los lugartenientes, un mago de mediana edad con el rostro marcado por las cicatrices de la guerra. Su nombre era Orin, y había perdido a su esposa y a sus dos hijos en un bombardeo del ejército imperial. Su voz era ronca, apenas un susurro—. Necesitamos ganar. Necesitamos derrocar a Tilio. Necesitamos construir un mundo donde nuestros hijos no tengan que pasar frío ni hambre.
—Lo sé —dijo Cilion, con voz cansada—. Lo sé. Pero primero tenemos que sobrevivir. Los muertos no pueden luchar. Los muertos no pueden construir. Primero sobrevivimos. Luego ganamos. En ese orden.
Los lugartenientes asintieron. No estaban convencidos, pero confiaban en Cilion. Lo habían seguido hasta allí, y lo seguirían hasta el final, aunque el final fuera una tumba helada en el páramo. No había alternativa. No había otra esperanza.
Eltrix y los Árboles que Cambian
En Eltrix, el invierno también se hacía sentir, pero de una manera diferente. Los árboles de corteza plateada, esos seres antiguos que habían presenciado la batalla de los dragones y que guardaban la memoria del subreino en sus raíces, reaccionaron al frío extremo de una forma que nadie había visto antes.
Sus hojas, que normalmente caían en otoño y volvían a brotar en primavera, se volvieron negras como el azabache y empezaron a emitir una luz rojiza y pulsante, como si estuvieran ardiendo desde dentro. La luz era tenue al principio, apenas perceptible, pero se intensificaba con cada noche que pasaba. Los árboles parecían linternas funerarias, iluminando las calles vacías con un resplandor amenazador.
La bioluminiscencia azul pálida que había iluminado las calles de Eltrix durante siglos se transformó en un resplandor rojo sangre que teñía las fachadas de las casas con un tono amenazador. Las sombras que proyectaban los árboles eran alargadas, distorsionadas, y parecían moverse por sí solas, independientemente de la fuente de luz.