Las disputas entre Luzmin y Blasmiz comenzaron casi de inmediato, como chispas que saltan de dos piedras al ser golpeadas entre sí.
No eran guerras abiertas —Líonex y Alatroz se aseguraban de intervenir antes de que las cosas llegaran demasiado lejos— pero tampoco eran simples desacuerdos. Eran choques de naturalezas opuestas, batallas de voluntades que hacían temblar el vacío primordial y dejaban cicatrices en el tejido mismo de la realidad que aún no existía por completo. Un día Luzmin intentaba crear un jardín de luz etérea, con flores que cantaban en frecuencias que solo los seres más puros podían escuchar; al día siguiente, Blasmiz lo convertía en un bosque de sombras retorcidas, donde los árboles susurraban secretos que enloquecían a quienes los oían. Uno construía; el otro deshacía. Uno sembraba; el otro cosechaba ruinas.
Y así en un ciclo sin fin.
Pero en esas peleas interminables, en medio del choque de poderes absolutos y voluntades inquebrantables, algo inesperado comenzó a germinar. Los encuentros entre Luzmin y Blasmiz, por violentos que fueran, tenían también momentos de pausa, instantes donde los dos seres se miraban a los ojos y encontraban en el otro algo que ninguno podía explicar ni ignorar.
La luz descubrió que la oscuridad tenía profundidad. No era simplemente la ausencia de luz, como había creído al principio. La oscuridad era un reino propio, con sus propias leyes, sus propios paisajes, su propia forma de belleza. Blasmiz podía mostrarle a Luzmin rincones del vacío que ella nunca había visto porque su propia luz los ocultaba, del mismo modo que una antorcha impide ver las estrellas.
La oscuridad descubrió que la luz tenía calidez. No era simplemente un enemigo que había que extinguir, sino una fuerza que podía hacer florecer cosas que la oscuridad, por sí sola, nunca podría crear. Blasmiz comenzó a apreciar la forma en que la luz de Luzmin modelaba las sombras, creando siluetas y contornos que de otro modo no existirían.
Equimio observaba estos encuentros con una atención que rozaba la obsesión. Mientras sus hermanos mayores, Líonex y Alatroz, discutían sobre quién tenía la razón en las peleas de sus creaciones —Líonex defendiendo a Luzmin, Alatroz defendiendo a Blasmiz—, Equimio veía algo que ellos no veían. Veía el nacimiento de algo nuevo. Veía la posibilidad de un tercer camino.
Porque cuando dos fuerzas opuestas se enfrentan durante suficiente tiempo, una de dos cosas ocurre: o una aniquila a la otra, o ambas se transforman en algo diferente.
En el caso de Luzmin y Blasmiz, ocurrió lo segundo.
Los encuentros se volvieron más frecuentes, más largos, más íntimos. Dejaron de ser solo batallas para convertirse en algo más parecido a un diálogo. Primero fueron palabras cortantes, luego frases completas, luego conversaciones que duraban días cósmicos. Se turnaban para crear y destruir, pero también para mostrarse mutuamente lo que cada uno valoraba. Luzmin llevó a Blasmiz a ver un amanecer primordial, donde la luz emergía del Caos por primera vez en cada nuevo universo que Líonex sembraba. Blasmiz llevó a Luzmin a las profundidades de una grieta cósmica donde la oscuridad era tan densa que incluso los pensamientos se ralentizaban.
Y en una de esas profundidades, en un lugar donde la luz y la oscuridad se tocaban sin anularse, ocurrió.
Nadie puede decir con certeza cómo fue el acto. Los mortales, mucho después, inventarían historias sobre abrazos cósmicos y miradas que duraron eternidades. La verdad es más simple y más extraña: Luzmin y Blasmiz, dos seres que habían sido creados para oponerse, se encontraron en un punto de convergencia perfecta. Durante un instante que no duró nada y duró siempre, dejaron de ser dos para convertirse en uno. Y de esa unidad imposible, de ese amor entre opuestos absolutos, nacieron tres nuevos seres que sacudirían los cimientos del cosmos.
El mayor de los tres hijos de Luzmin y Blasmiz recibió el nombre de Sabio del Tiempo, aunque más tarde sería conocido también como el Padre del Tiempo o, en los textos más antiguos, simplemente como el Primogénito de los Tres.
Era un ser de presencia solemne, casi melancólica, como si cargara el peso de todas las historias que aún no habían sido escritas. Sus ropajes parecían hechos de pergaminos cósmicos, enrollados y desenrollados, donde estaban escritas en letras de fuego frío las vidas de universos que aún no habían nacido. Sus ojos eran de un color indescriptible, algo entre el dorado y el índigo, con vetas plateadas que se movían lentamente como nubes en un cielo eterno. Cuando miraba fijamente a alguien, no veía solo el presente; veía todos los posibles futuros ramificándose como las ramas de un árbol infinito.
El Sabio del Tiempo hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras tenían una calidad extraña: parecían venir de muy lejos y de muy cerca al mismo tiempo, como si las estuviera diciendo alguien que ya sabía cómo terminaba la conversación antes de empezarla. Era el primero en nacer, y sus hermanos lo respetaban por ello, aunque también lo envidiaban un poco. Porque el Sabio del Tiempo podía ver lo que vendría, y eso le daba una ventaja que ni Espazquin ni Tiem podían igualar.
El segundo en nacer fue Espazquin, creador del espacio.
Si el Sabio del Tiempo era solemne, Espazquin era todo lo contrario. Era inquieto y expansivo por naturaleza, incapaz de permanecer en un solo lugar por más tiempo del que un mortal tarda en parpadear. Su cuerpo cambiaba constantemente de forma y tamaño, adaptándose al espacio que ocupaba o, más a menudo, expandiendo ese espacio para adaptarse a él. Podía ser diminuto como un grano de polvo interestelar o colosal como una nebulosa entera, y cambiaba de una forma a otra con la misma facilidad con que los mortales cambian de ropa.