El Sabio del Tiempo llegó a un universo joven, recién adquirido por el tejido del espacio que Espazquin había extendido sobre la nada. Era un lugar de vastas extensiones oscuras salpicadas de estrellas recién nacidas, nebulosas que brillaban en colores que ningún ojo mortal habría podido ver todavía, y planetas en formación que giraban con la lenta torpeza de los recién despertados. Todo era nuevo aquí. El polvo cósmico aún no había decidido en qué formas asentarse. Las leyes de la física eran sugerencias más que reglas, y la magia —esa fuerza más antigua que cualquier ley— fluía libre como el agua en primavera.
Tiem ya había comenzado su trabajo en este universo. El Sabio del Tiempo podía sentirlo en cada partícula de polvo estelar, en cada órbita calculada, en cada amanecer que aún no había ocurrido pero que ya era inevitable. La presencia de su hermano menor estaba en todas partes, invisible pero fundamental, como la respiración en un cuerpo vivo. El tiempo daba forma a todo lo que tocaba, convirtiendo el caos eterno en una secuencia comprensible: causas que llevaban a efectos, principios que llevaban a finales.
Espazquin también había dejado su huella. El espacio aquí era generoso, expansivo, lleno de posibilidades. Había rincones donde la realidad se curvaba sobre sí misma como un pergamino mal enrollado, y otros donde se extendía plana y aburrida como un desierto. Había lugares donde dos puntos separados por años luz estaban, de alguna manera extraña, uno al lado del otro. Y había lugares donde caminar un solo paso te llevaba a través de lo que los mortales llamarían más tarde "distancias imposibles".
El Sabio del Tiempo flotó en el centro de ese universo joven, con su bastón de runas brillando tenuemente en su mano. Cerró los ojos —aunque los dioses no necesitan cerrar los ojos para ver, el gesto le ayudaba a concentrarse— y se sumergió en la energía de ese lugar. Sintió las corrientes de magia primordial, los hilos de posibilidad, los nudos de potencial que esperaban ser desatados o tejidos en nuevas formas.
Y entonces, decidió.
En el corazón de una nebulosa de luz dorada, una nube de gas interestelar tan grande que podría haber contenido mil sistemas solares, el Sabio del Tiempo comenzó su obra más importante. No con estrépito ni con grandes muestras de poder, sino con la paciencia tranquila de un artesano que sabe que las mejores creaciones requieren tiempo. Extendió sus manos sobre la nebulosa y comenzó a tejer.
Tejió durante siete ciclos de tiempo cósmico —un período que los mortales no podrían medir porque el tiempo aún estaba definiéndose a sí mismo—. Cada hilo que tiraba era un pensamiento, un deseo, una posibilidad. Cada nudo que ataba era una decisión, un límite, una característica. Tejió primero las formas, luego las esencias, luego los poderes. Y cuando terminó, siete figuras brillaban en el corazón de la nebulosa, aún no del todo conscientes, aún no del todo despiertas.
Eran los Siete Dioses Elemens.
El Sabio del Tiempo los observó durante otro ciclo, esperando. No tenía prisa. Había aprendido de Equimio que la paciencia era la virtud más importante de un creador. Las cosas que nacen demasiado rápido a menudo nacen rotas. Las cosas que se permiten gestar, que se permiten soñar antes de despertar, esas cosas son las que perduran.
Cuando los siete abrieron los ojos por primera vez, el universo joven contuvo el aliento.
La mayor de los siete fue Nalia.
Desde el primer instante de su existencia, fue la más imponente de todos. No porque se esforzara por serlo —Nalia no necesitaba esforzarse para nada— sino porque su naturaleza misma irradiaba autoridad. El Sabio del Tiempo la había creado con el poder de la oscuridad, aunque a una escala menor que la de su abuelo Blasmiz. No era la oscuridad absoluta de los orígenes, sino una oscuridad más matizada, más compleja, capaz no solo de consumir sino también de contener.
Nalia era alta, más alta que cualquiera de sus hermanos, con una altura que parecía cambiar según quién la mirara: los seres más pequeños la veían colosal, los seres más grandes la veían proporcionada. Su belleza era severa, casi amenazante, como la de un acantilado al atardecer. Su cabello era negro como la ausencia de luz, pero no un negro plano y aburrido: era un negro que contenía todos los colores en su interior, como un agujero negro contiene estrellas. Sus ojos brillaban con un fulgor violáceo y profundo, y cuando parpadeaban, la luz a su alrededor parecía vacilar, como si no estuviera segura de si debía existir.
Llevaba siempre consigo un manto de sombras vivas que se movían como el mar en tormenta, a veces calmadas, a veces furiosas, siempre en movimiento. Su voz tenía la cualidad de resonar en el pecho de quienes la escuchaban mucho tiempo después de que ella hubiera dejado de hablar, como una campana que sigue vibrando después de ser golpeada. Nalia era la primera y la más poderosa, y ella lo sabía. No era arrogancia; era simple conciencia de los hechos. La oscuridad era el elemento más antiguo, más fundamental, más cercano al Caos original. Y ella era su señora.
El segundo fue Flaxma, señor del fuego.
Si Nalia era el invierno eterno, Flaxma era el verano perpetuo. Su nacimiento había sido el más ruidoso de los siete: cuando abrió los ojos, una explosión de llamas había iluminado la nebulosa durante horas. Era todo lo que el fuego representa: impetuoso, brillante, cálido y devastador a partes iguales. Su piel tenía el tono del metal al rojo vivo, y su cabello era una llamarada viva que nunca se extinguía aunque tampoco quemaba a quien se le acercaba con respeto.
Flaxma era el más activo de los siete hermanos, siempre en movimiento, siempre buscando el siguiente desafío, la siguiente creación que poner en marcha. No podía quedarse quieto. Literalmente no podía: si pasaba demasiado tiempo en un solo lugar, el suelo bajo sus pies comenzaba a humear y luego a fundirse. No era una maldición, sino una expresión de su naturaleza. El fuego no se queda quieto. El fuego se mueve, se extiende, se transforma.