Las Crónicas de Draxcan - Volumen 1

Capítulo IV: El Nacimiento de los Dragones Primordiales

Flaxma descendió hacia el planeta como una estrella fugaz, su cabello llameante trazando un arco de luz dorada en la oscuridad del espacio. Mientras caía, podía sentir la energía del mundo joven que se acercaba: el calor de su núcleo aún en formación, la electricidad estática de su atmósfera primitiva, la vibración de las placas tectónicas que se acomodaban lentamente en su lecho de roca fundida. Era un planeta lleno de potencial, un lienzo en blanco esperando la primera pincelada.

Aterrizó en la cima del volcán más grande que sus ojos habían visto jamás. La montaña se alzaba sobre el paisaje como un dios dormido, su cráter humeante extendiéndose varios kilómetros de ancho. Flaxma se paró en el borde, sintiendo el calor que ascendía desde las profundidades, y sonrió.

—Perfecto —murmuró.

Se concentró durante tres días y tres noches de tiempo cósmico. Para los mortales, esa habría sido una eternidad de silencio y espera. Para Flaxma, fue apenas un suspiro. Las llamas de su cabello ardieron más brillantes que nunca, iluminando el cielo nocturno del planeta como una segunda luna. Extendió sus manos hacia el volcán como si quisiera tomarlo entre sus palmas, y comenzó a verter su esencia en la montaña.

El volcán respondió.

La tierra tembló. El cielo se oscureció con ceniza y humo. Los océanos cercanos se agitaron, enviando olas que rompían contra costas que aún no tenían nombre. Y en el corazón del volcán, en la cámara de magma donde la temperatura era tan alta que incluso los minerales se fundían como cera, algo comenzó a tomar forma.

Flaxma no estaba creando un ser cualquiera. Estaba creando al primero. Al original. Al que sería el modelo de todo lo que vendría después. Vertió en esa criatura no solo su poder, sino también sus esperanzas, sus sueños, su deseo de que este mundo fuera algo más que roca y agua y aire. Vertió en ella su propia esencia de fuego, pero también algo más: una chispa de conciencia, un atisbo de voluntad propia, una gema de vida que latiría en su pecho como un corazón independiente del suyo.

En la madrugada del cuarto día, cuando las estrellas comenzaban a palidecer en el cielo, el volcán rugió como nunca antes había rugido. La explosión fue tan violenta que los otros seis dioses, flotando en la órbita del planeta, sintieron la onda expansiva sacudir sus cuerpos divinos. Y de la columna de fuego y ceniza que se elevó hacia el cielo, emergió una criatura que no tenía precedente en ninguno de los universos existentes.

Un dragón de fuego.

Era colosal. Sus escamas eran del color del magma recién expulsado, rojas y anaranjadas con destellos dorados que brillaban cuando la luz del sol naciente lo tocaba. Cada escama era del tamaño de un escudo de guerra, superpuestas como las tejas de un templo antiguo, y cuando el dragón respiraba, las escamas se expandían y contraían ligeramente, como si el propio fuego respirara dentro de él. Sus alas, membranosas pero reforzadas con huesos que brillaban como metal fundido, podían cubrir una ciudad entera cuando se desplegaban. El viento que generaban al batirlas era tan poderoso que derribaba árboles a kilómetros de distancia.

Cuando abrió la boca para rugir, el sonido resonó en toda la corteza del planeta como un terremoto. No era un rugido ordinario. Era una declaración de existencia. Era un "estoy aquí" dirigido a todo lo que vivía y a todo lo que aún no vivía. Las montañas cercanas temblaron. El mar se retiró de las costas. Hasta las estrellas en el cielo parecieron parpadear, sorprendidas.

En sus ojos ardían llamas eternas de color ámbar, y cada vez que parpadeaba, las llamas se avivaban o se atenuaban como si respondieran a sus pensamientos. Podía ver en la oscuridad más profunda, podía ver a través del humo y la ceniza, podía ver el calor de los cuerpos vivos a kilómetros de distancia. Sus dientes eran como dagas de obsidiana, cada uno del tamaño de un hombre adulto, y de su garganta podía emitir no solo fuego, sino plasma, el estado de la materia más caliente que existe, tan caliente que podía fundir la roca en segundos.

Y en su pecho, justo donde el corazón humano late, latía la Gema de la Vida. Era una piedra preciosa del tamaño de un puño, de un color rojo tan profundo que parecía contener toda la sangre de todos los seres que algún día existirían. Pulsaba con una luz interna rítmica, como una respiración, y cada pulsación enviaba ondas de energía a través del cuerpo del dragón, manteniéndolo vivo, manteniéndolo fuerte, manteniéndolo conectado con Flaxma de una manera que ni siquiera el dios del fuego comprendía completamente.

El dragón de fuego de Flaxma no tenía nombre todavía. Su creador quería que él mismo eligiera su nombre cuando estuviera listo, cuando hubiera vivido lo suficiente para saber quién era. Pero su mera existencia bastó para despertar algo en los otros seis hermanos que flotaban en la órbita del planeta, mirando con asombro lo que Flaxma había logrado.

Si Flaxma podía hacer eso, ellos también podían.

Aqua fue la siguiente en descender. No eligió un volcán, sino la fosa oceánica más profunda del planeta, un abismo donde la presión era tan intensa que aplastaría a cualquier criatura mortal como si fuera papel. Allí, en la oscuridad perpetua del fondo del mar, creó su dragón de las profundidades oceánicas.

Su creación tardó cinco días, porque el agua es más terca que el fuego. El fuego se rinde fácilmente a la forma que le das; el agua se resiste, fluye, busca sus propios caminos. Aqua tuvo que aprender a trabajar con la naturaleza de su elemento en lugar de imponer su voluntad sobre ella. Cuando finalmente comprendió esta lección, el dragón emergió de las profundidades como una montaña que se alza del fondo del mar.



#1217 en Fantasía
#219 en Magia

En el texto hay: magia, dragones, guerra entre razas

Editado: 01.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.