El nombre llegó a Nalia como una revelación en la oscuridad.
No lo buscó. No lo pensó. Simplemente estaba allí, en su mente, completo y perfecto como una gema tallada por un maestro artesano. Acnologia. Las sílabas resonaron en su cabeza con un eco que parecía venir de muy lejos y de muy cerca al mismo tiempo, como si el nombre hubiera estado esperando desde antes del principio para ser pronunciado.
—Acnologia —susurró, y el viento alrededor de ella se detuvo.
Era el Dragón de la Destrucción. El Dragón de la Ira. El que no conocía piedad porque la piedad era una debilidad, y Acnologia no tenía debilidades. Era más grande que todos los demás dragones combinados, tan colosal que cuando se movía, las montañas a su alrededor parecían colinas. Sus escamas eran del negro más absoluto, un negro que no reflejaba la luz sino que la absorbía, la devoraba, la hacía desaparecer como si nunca hubiera existido. Los rayos del sol que caían sobre él se apagaban. Las estrellas que brillaban sobre él se oscurecían. Era un agujero en el mundo, un lugar donde la luz iba a morir.
Sus ojos eran del rojo más profundo, un rojo que no se encontraba en la naturaleza porque la naturaleza sabía que ese color era demasiado peligroso para existir. Ardían con una inteligencia feroz y una rabia que parecía no tener fondo. No era la rabia caliente de Flaxma, que explotaba y se apagaba. Era una rabia fría, calculadora, eterna. La rabia de alguien que ha sido ofendido en lo más profundo de su ser y que nunca, jamás, olvidará esa ofensa.
Sus alas, cuando se desplegaban, oscurecían el cielo durante días enteros. No era una metáfora. Literalmente, cuando Acnologia extendía sus alas, la sombra que proyectaban era tan vasta que cubría continentes enteros. Los seres que vivían bajo esa sombra sentían un frío que no era físico, sino espiritual: el frío de saber que algo los estaba observando desde las alturas, algo que podía aplastarlos sin esfuerzo, algo que no tenía ninguna razón para no hacerlo.
Y en su pecho latía una Gema de la Vida tan oscura y tan poderosa que a veces parecía pulsar con vida propia, como si tuviera sus propios deseos independientes de los de su creadora. Era negra, pero no un negro plano: era un negro que contenía movimiento, como si dentro de la gema hubiera tormentas, huracanes, cataclismos esperando ocurrir. Cuando latía, el suelo alrededor de Acnologia temblaba. Cuando latía con fuerza, el planeta entero vibraba.
La primera vez que Acnologia rugió, todos los dragones del planeta enmudecieron y huyeron.
No era miedo instintivo. No era la reacción natural de una presa ante un depredador. Era algo más profundo, más primigenio. Era el reconocimiento de que ante ellos estaba algo de un orden completamente diferente, algo que no encajaba en las reglas del mundo que conocían. Era como si una hormiga se encontrara cara a cara con un dios. No había lucha posible. No había estrategia. Solo había huida.
Los cinco dragones de Flaxma, Aqua, Termi, Vier y Eltroc —que hasta ese momento habían sido las criaturas más poderosas del planeta— corrieron como bestias asustadas. El dragón de fuego, que nunca había retrocedido ante nada, voló hacia el horizonte con las alas temblorosas. El dragón de agua se sumergió en la fosa más profunda del océano y no volvió a salir en semanas. El dragón de tierra enterró sus patas en el suelo y se hizo el muerto, una estrategia que había funcionado para sus ancestros minerales durante eones. El dragón de viento se hizo invisible, pero Acnologia aún podía sentirlo, porque el viento no puede ocultarse de la oscuridad. El dragón de rayo intentó huir a la velocidad de la luz, pero Acnologia era más rápido.
Nalia observó todo desde las alturas, flotando sobre el planeta con los brazos cruzados y una sonrisa que contenía todo el frío de la oscuridad que habitaba en ella.
—Tú eres el primero —le dijo a Acnologia, y su voz era tan fría como la de él—. Tú eres el único que importa.
Y entonces, con la misma naturalidad con que otros deciden qué van a comer para cenar, ordenó que destruyera a todos los demás.
La guerra de los dragones no comenzó con un gran enfrentamiento ni con un discurso de batalla. No hubo trompetas anunciando el conflicto, ni heraldos declarando la guerra, ni ejércitos formándose en campos de batalla. Comenzó con un rugido que partió las nubes en dos, y con las pisadas de Acnologia que hacían temblar el suelo mientras avanzaba hacia el territorio donde los cinco dragones elementales descansaban, escondidos como ratones ante un gato.
Los hermanos dioses vieron desde las alturas lo que se venía, y por un instante quedaron paralizados.
No era cobardía. Eran dioses, después de todo, y habían enfrentado desafíos antes. Era la comprensión instantánea, brutal, innegable, de lo que Nalia había creado y de lo que significaba que esa criatura existiera con la orden de matar. Era como si alguien hubiera creado una montaña y luego le hubiera ordenado que aplastara una colina. La colina no tenía oportunidad. La montaña era simplemente demasiado grande, demasiado pesada, demasiado inevitable.
Flaxma fue el primero en reaccionar, como siempre. Descendió hacia el planeta con los puños apretados y el cabello ardiendo más brillante que nunca. Encontró a Nalia en la cima de una montaña, observando la carnicería que se avecinaba con una expresión de aburrimiento apenas disimulado.
—Tú hiciste esto —le dijo Flaxma, con la voz tensa como una cuerda a punto de romperse—. Tus propios hermanos crearon vida en este mundo, y tú le ordenas a tu criatura que la destruya.
—Mis hermanos crearon mediocridad —respondió Nalia sin apartar los ojos de Acnologia, que ya había encontrado al primer dragón enemigo y lo perseguía con una velocidad aterradora—. Yo creé perfección. Y la perfección no necesita compañía.