La batalla entre Acnologia y Drazco duró miles de años.
No es una exageración poética. No es un recurso literario para transmitir la idea de que fue una lucha larga y difícil. Duró literalmente miles de años, medidos en el tiempo cósmico que el propio Tiempo había establecido en aquel rincón del universo. Generaciones enteras de criaturas —si las hubiera habido— habrían nacido, vivido y muerto mientras los dos dragones se enfrentaban una y otra vez en un ciclo interminable de ataques y contraataques.
Los dioses elemens envejecieron poco o nada durante ese período. La edad divina no se mide en años, y los siglos pasaban sobre ellos como brisa sobre la piedra, sin dejar más huella que un ligero pulido en sus superficies. Pero el planeta cambió radicalmente bajo el peso de ese conflicto sin fin. Donde Acnologia golpeaba, la tierra se convertía en desierto negro y estéril, un páramo donde ni siquiera las bacterias más resistentes podían sobrevivir. Donde Drazco respondía, la luz purificaba el daño pero también dejaba su marca: cristales de luz solidificada crecían de la tierra como flores extrañas, formando bosques enteros de estructuras prismáticas que brillaban con una luz interna que nunca se apagaba. Los océanos, cuando recibían el impacto de los poderes en conflicto, brillaban con fosforescencia durante décadas, un resplandor fantasmal que se veía desde el espacio.
Las montañas se aplanaron. Los valles se hicieron más profundos. Nuevos continentes emergieron del fondo del mar, y otros se hundieron para nunca volver a ver la luz del sol. El planeta, que una vez había sido un paraíso de posibilidades, se estaba convirtiendo en un campo de batalla geológico, un monumento viviente al conflicto entre hermandad.
Los cinco hermanos elemens no permanecieron inactivos durante esos miles de años. Comprendieron, después de los primeros siglos de derrotas y retrocesos, que la batalla en la superficie era solo una parte del problema. Si Acnologia ganaba —y había momentos en que parecía inevitable— no quedaría nada del planeta. Ni siquiera rocas. Ni siquiera polvo. Solo oscuridad.
Así que cavaron.
En las profundidades de la tierra, donde los combates en la superficie no llegaban porque incluso el poder de Acnologia tenía límites cuando se trataba de atravesar kilómetros de roca sólida, los cinco dioses construyeron un reino subterráneo. Fue Termi quien encontró la caverna principal, una cavidad natural del tamaño de una pequeña nación, con techos tan altos que nubes de polvo mineral flotaban en su interior. Allí, trabajando juntos como no lo habían hecho desde la creación del planeta, construyeron:
Cámaras de piedra y cristal que brillaban con luz propia. Pasajes que se internaban kilómetros bajo la superficie, conectando cámaras secretas con salidas de emergencia. Salones donde las gemas naturales, pulidas por el tiempo y la presión, creaban una iluminación perpetua que imitaba los ciclos del día y la noche. Depósitos de agua, alimentados por ríos subterráneos que Aqua descubrió y purificó. Campos de hongos luminescentes que Vier sembró con esporas traídas de la superficie. Forjas donde Flaxma enseñó a los primeros herreros —cuando los hubo— a trabajar el metal sin necesidad de carbón, usando solo su calor divino.
Era tanto refugio como preparación. Si la guerra se perdía, al menos tendrían un lugar donde continuar, un semillero desde el que reconstruir cuando el peligro pasara. Los cinco hermanos no hablaban de esta posibilidad en voz alta —hablar de la derrota era tentar al destino— pero todos la tenían en mente. Especialmente Ian, que a menudo bajaba al reino subterráneo para inspeccionar el progreso y ofrecer sugerencias.
—No construyan solo para sobrevivir —les dijo una vez, en una de esas visitas—. Construyan para prosperar. Porque cuando esta guerra termine, y terminará, necesitaremos un lugar que nos recuerde por qué luchamos.
Arriba, Nalia miraba el desarrollo de la batalla con creciente frustración.
Acnologia era poderoso, infinitamente poderoso. No había duda de eso. Podía destruir montañas con un pensamiento, evaporar océanos con un suspiro, partir continentes con un movimiento de su cola. Pero Drazco no cedía. Cada vez que el dragón de oscuridad parecía estar a punto de ganar —cada vez que sus garras se cerraban alrededor del cuello de Drazco, cada vez que su aliento de oscuridad envolvía al dragón de luz— ocurría algo inesperado. Drazco encontraba una reserva adicional. Un ángulo inesperado. Una combinación de elementos que hacía retroceder a su oponente.
Fuego para calentar las escamas de Acnologia hasta que brillaran al rojo vivo. Agua para enfriarlas de golpe, creando microfracturas en su estructura. Tierra para levantar barreras que desviaban los ataques. Viento para empujar a Acnologia fuera de equilibrio. Rayo para aturdir sus sentidos. Y luz, siempre luz, para recordarle que la oscuridad no era lo único que existía.
La batalla había encontrado su propio equilibrio oscilante. Durante siglos, Acnologia llevaba ventaja, empujando a Drazco hacia atrás, haciendo retroceder las líneas de defensa. Luego, durante otros siglos, Drazco contraatacaba, recuperando terreno, curando las heridas que Acnologia había infligido al paisaje. Luego otro empuje. Luego otro retroceso. Un péndulo cósmico que oscilaba con una regularidad casi matemática.
Ese equilibrio duró más de lo que Nalia había anticipado. Y ella no era conocida por su paciencia.
—Usa todo —le ordenó finalmente al dragón desde las alturas, con la voz tensa de milenios de frustración acumulada. Ya no flotaba con los brazos cruzados y expresión aburrida. Ahora estaba de pie sobre una plataforma de oscuridad solidificada, los puños apretados, los ojos brillando con una furia que hacía temblar el aire a su alrededor—. Destrucción Total. Ahora.