Los siglos que siguieron a la reconstrucción del mundo fueron una época de florecimiento sin precedentes. El planeta, todavía marcado por las cicatrices de la guerra de los dragones, se había convertido en un lugar de belleza asombrosa. Los cristales de luz solidificada que Drazco había sembrado durante la batalla crecían ahora en formaciones que se elevaban hacia el cielo como árboles de vidrio, refractando la luz del sol en espectros de colores que pintaban el suelo con arcoíris móviles. Los lugares donde la oscuridad de Acnologia había tocado la tierra se habían transformado en valles de piedra negra pulida, donde las estrellas se reflejaban como en espejos perfectos durante la noche.
Las razas que Ian y sus hermanos habían creado se multiplicaron y se extendieron por el continente como agua que desborda un recipiente. Los elfos, con su amor por la belleza y la armonía, construyeron ciudades en los bosques más profundos, donde los árboles se inclinaban para formar arcos naturales y las flores brillaban con luz propia. Los magos, con su obsesión por el conocimiento, erigieron torres en las cimas de las montañas, donde el aire era delgado y las estrellas se veían con claridad, y pasaban sus largas vidas estudiando los secretos del universo. Los humanos, con su capacidad de adaptación y su incansable energía, se establecieron en todas partes: en las costas, en las llanuras, en los valles fértiles, en los desiertos áridos. Dondequiera que hubiera tierra para cultivar o recursos para explotar, los humanos estaban allí, construyendo, trabajando, prosperando.
Y los Elemens, la raza más cercana a los dioses, se convirtieron en los líderes naturales de esta civilización naciente. No porque hubieran sido elegidos para ese papel, sino porque su poder era innegable y su conexión con los elementos los hacía indispensables. Cuando un río se desbordaba y amenazaba con arrasar una aldea, era un Elemens quien podía calmar las aguas. Cuando una plaga azotaba los cultivos, era un Elemens quien podía purificar la tierra. Cuando los dragones —aún presentes en el mundo, aunque más retirados que antes— se volvían inquietos y peligrosos, era un Elemens quien podía hablar con ellos y apaciguarlos.
El Reino Sagrado de Draxcan, la ciudad que había comenzado como un modesto asentamiento en el valle central, se convirtió en el corazón político, económico y cultural de esta civilización. A lo largo de los siglos, creció y se transformó hasta convertirse en una metrópolis que no tenía igual en el mundo conocido.
Las murallas de Draxcan eran legendarias. No eran simples paredes de piedra, sino estructuras vivientes, tejidas con cristales de luz solidificada que absorbían la energía del sol durante el día y la liberaban durante la noche, creando un resplandor suave que hacía innecesarias las antorchas. Las puertas de la ciudad eran de un metal azul brillante que ningún herrero humano podía forjar; solo los magos, con sus conocimientos de alquimia y encantamiento, podían producir ese material, y las puertas de Draxcan eran las más grandes y hermosas que jamás se hubieran hecho.
Dentro de las murallas, la ciudad era un laberinto de calles empedradas, plazas sombreadas por árboles centenarios, canales de agua cristalina que los elfos habían diseñado para llevar agua limpia a todos los rincones, y puentes de piedra blanca que conectaban los distritos entre sí. Los edificios de los Elemens eran los más altos y ornamentados, con fachadas de mármol pulido y techos de cobre que habían adquirido una pátina verde con el tiempo. Los distritos de los magos eran más funcionales, con torres de observación, laboratorios y bibliotecas que se elevaban hacia el cielo. Los barrios elfos eran los más hermosos, con jardines colgantes, fuentes cantarinas y pasajes cubiertos de enredaderas con flores de todos los colores.
Y luego estaban los barrios humanos.
No eran feos, exactamente. Tenían calles limpias y casas sólidas, mercados abastecidos y escuelas para los niños. Pero carecían de la ornamentación de los otros distritos. No había jardines colgantes ni fuentes cantarinas. Los edificios eran funcionales, prácticos, construidos para durar pero no para impresionar. Las calles eran más estrechas, las plazas más pequeñas, los techos más bajos.
No era discriminación abierta. Nadie había decretado que los humanos merecían menos. Era simplemente... así. Los recursos se asignaban donde los líderes creían que eran más necesarios. Y los líderes —elfos, magos y Elemens— tendían a pensar que sus propios distritos merecían más atención.
Los humanos no se quejaban. Al menos, no en voz alta y no al principio. Estaban agradecidos de tener un lugar en esta civilización, de no haber sido olvidados o marginados por completo. Trabajaban duro, criaban a sus hijos, soñaban con un futuro mejor. Y, con el tiempo, algunos de ellos llegaron a ocupar posiciones de importancia en Draxcan, no como políticos o líderes —el senado aún no tenía representación humana— sino como comerciantes, artesanos, capitanes de barcos, administradores de propiedades.
La estructura de gobierno de Draxcan se había establecido en los primeros años del reino y apenas había cambiado desde entonces. En la cima estaba el Senado, una cámara de representantes donde las razas más poderosas se reunían para debatir y decidir. Originalmente, el Senado había sido concebido como un cuerpo donde todas las razas estarían representadas, pero en la práctica, los humanos nunca habían logrado obtener un escaño. Las razas con poder mágico —elfos, magos y Elemens— controlaban las palancas del gobierno y no mostraban ningún interés en compartir ese control.
Los Once Originales ocupaban asientos vitalicios en el Senado. Eran Elemens, por supuesto, los primeros de su raza, los que habían guiado a los pueblos en los días posteriores a la creación. Su poder era inmenso, su sabiduría respetada, su autoridad incuestionable. Los otros miembros del Senado —representantes elegidos por sus respectivas razas— ocupaban sus escaños durante períodos de cincuenta años, que era el equivalente a una generación para los elfos, dos para los humanos, una fracción para los Elemens.