La guerra que llevaba años gestándose en las sombras de la diplomacia finalmente estalló en la frontera norte, en una zona de bosques oscuros y ríos de aguas frías donde la tierra rica en minerales de hierro y plata había sido reclamada por ambos reinos simultáneamente.
Nadie podría señalar un momento exacto y decir: "Aquí comenzó". No hubo un decreto de guerra, no hubo un mensaje formal de hostilidades declaradas, no hubo un heraldo que recorriera las calles anunciando que el reino entraba en conflicto. Hubo, en cambio, una serie de decisiones pequeñas, casi accidentales, que se acumularon hasta que la inercia de la violencia se volvió imparable.
Comenzó con una avanzada de exploradores de Laxkay que cruzó un río que ambos reinos consideraban su frontera natural. Los exploradores no buscaban conflicto; buscaban información. Llevaban meses oyendo rumores de que Draxcan estaba estableciendo puestos mineros en la zona, y el rey Laxkay quería saber si esos rumores eran ciertos antes de tomar medidas.
Lo que encontraron fue a un grupo de mineros de Draxcan trabajando en lo que los Leox consideraban su territorio. No eran soldados. Eran trabajadores civiles, humanos en su mayoría, con algunos magos supervisando las operaciones. No estaban armados para la guerra, solo con herramientas de minería y algunos amuletos de protección básicos.
Los exploradores de Laxkay hicieron lo que se suponía que debían hacer: se presentaron, explicaron que estaban en territorio de Laxkay y les pidieron que se retiraran pacíficamente.
Los mineros se negaron. Ellos tenían órdenes del Senado de Draxcan, y esas órdenes decían que esa tierra les pertenecía por derecho de descubrimiento y explotación previa.
Hubo palabras. Luego gritos. Luego empujones. Luego puñetazos.
Luego alguien sacó un arma.
No se sabe quién fue el primero en desenvainar. Los testimonios varían. Los Leox decían que los mineros de Draxcan atacaron primero con picos y palas. Los mineros decían que los Leox comenzaron a lanzar hechizos sin previo aviso. La verdad, como suele ocurrir en estos casos, quedó enterrada bajo la sangre y las mentiras.
Cuando el polvo se asentó, cinco Leox y doce mineros humanos yacían muertos. Los sobrevivientes huyeron en direcciones opuestas, cada grupo llevando su versión de los hechos a sus respectivos líderes.
En cuestión de semanas, lo que había sido un incidente fronterizo —trágico, sí, pero aislado— se convirtió en movilización general. Ambos reinos enviaron tropas a la frontera. Ambos reinos hicieron declaraciones públicas acusando al otro de agresión. Ambos reinos llamaron a sus aliados y prepararon sus defensas.
La maquinaria de la guerra, una vez puesta en marcha, es muy difícil de detener.
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El Senado del Reino Sagrado de Draxcan debatió su respuesta durante días en el Gran Salón Sagrado, una cámara circular de piedra blanca y cristal de luz cuyas paredes estaban cubiertas de tapices que narraban la historia del mundo desde su creación. Los once senadores originales —todos Elemens de poder excepcional— ocupaban los asientos más prominentes, con el resto de los representantes de elfos y magos distribuidos alrededor de la mesa de deliberación.
El debate fue intenso y, en ocasiones, violento. Las facciones se formaron y se disolvieron. Las alianzas se hicieron y se rompieron. Los discursos se pronunciaron con pasión, y las acusaciones se lanzaron con veneno.
Algunos senadores argumentaban que la guerra era inevitable y que Draxcan debía atacar primero, antes de que Laxkay tuviera la oportunidad de organizar sus fuerzas. "La mejor defensa es un buen ataque", decían. "Golpeemos ahora, mientras están desprevenidos, y terminemos esto rápido".
Otros argumentaban que la guerra podía evitarse mediante la diplomacia, que se debía enviar una delegación de alto nivel a Laxkay para negociar una solución pacífica. "La sangre que se derrame será sangre nuestra", decían. "Cada soldado que muera será un hijo, un padre, un esposo. ¿Vale la pena por unas minas de plata?".
Un tercer grupo, minoritario, argumentaba que el problema de fondo no era Laxkay, sino la estructura de Draxcan. "¿Por qué estamos enviando a los humanos a pelear?", preguntaba uno de los representantes magos, un hombre llamado Eryndor que había pasado décadas estudiando la sociedad de Draxcan. "Son los más numerosos, sí, pero también los menos protegidos. No tienen magia. No tienen poderes elementales. Enviarlos a combatir a los Leox es enviarlos a la muerte".
El senado no quiso escuchar a Eryndor. Sus argumentos eran incómodos, y los senadores preferían la comodidad de las soluciones simples.
La primera decisión del senado fue movilizar a los humanos.
No fue una decisión maliciosa, al menos no en la mente de quienes la tomaron. Fue una decisión práctica, basada en números fríos y cálculos estratégicos. Los humanos eran la población más numerosa del reino —alrededor de cincuenta millones, según el último censo— y en una guerra de escala mayor, el número importa. Más soldados significan más lanzas, más arcos, más cuerpos para absorber los ataques enemigos.
Nadie en el salón se preguntó qué significaba mandar a combatir a seres sin magia y sin poderes elementales contra guerreros de Laxkay que eran comparables en fuerza a los propios Elemens. Nadie se preguntó qué quedaba de un reino cuya fuerza de trabajo principal se marchaba a morir a las fronteras. Nadie se preguntó qué sentirían las familias humanas al recibir la noticia de que sus padres, sus hijos, sus esposos iban a ser enviados a una guerra que no habían comenzado y cuyas razones apenas comprendían.