La marcha del ejército de Draxcan hacia la capital no fue una huida desordenada ni una retirada vergonzosa. Fue una procesión medida, calculada, casi ceremonial. Kaida había planeado cada paso durante meses, anticipando cada obstáculo, cada posible traición, cada punto donde el plan podía desmoronarse. No era un hombre que dejara las cosas al azar. Había sobrevivido veinticinco años de guerra gracias a su capacidad para pensar en el futuro, para ver los movimientos que sus enemigos aún no sabían que iban a hacer.
El ejército marchaba en formación de combate, no porque esperaran enfrentar resistencia en el camino —aunque eso era posible— sino porque la disciplina era contagiosa. Cuando los soldados veían a sus compañeros marchando con determinación, con las armas listas y las miradas fijas al frente, se sentían parte de algo más grande que ellos mismos. Se sentían imbatibles.
Kaida cabalgaba al frente, sobre un caballo negro que había ganado en batalla años atrás, cuando derrotó a un comandante Leox en combate singular. El caballo se llamaba Tormenta, y tenía el mismo temperamento que su jinete: tranquilo la mayor parte del tiempo, pero feroz cuando la situación lo requería. A su derecha cabalgaba el comandante Reax, su mano derecha, un hombre de pocas palabras pero de acción rápida. A su izquierda cabalgaba una joven oficial llamada Sera, una maga que había desertado del cuerpo de magos oficiales para unirse a Kaida después de ver cómo trataban a los soldados humanos en el frente.
—¿Cuánto falta? —preguntó Reax, mirando el horizonte.
—Tres días —respondió Kaida—. Si no encontramos resistencia. Si la encontramos, más.
—¿Crees que el Senado nos va a recibir con los brazos abiertos? —preguntó Sera, con un tono que sugería que ella ya sabía la respuesta.
—Creo que el Senado nos va a recibir con espadas —dijo Kaida—. Por eso llevamos las nuestras.
Nadie rió. No era un chiste.
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El Senado de Draxcan se enteró del tratado de paz antes de que el ejército de Kaida cruzara la primera montaña. Los mensajeros de Laxkay, que viajaban más rápido que cualquier mensajero humano gracias a sus encantamientos de velocidad, llegaron a la capital con el pergamino firmado por el rey Laxcon y el general Kaida. El mensaje era claro: la guerra había terminado. Los dos reinos acordaban un alto el fuego inmediato, el intercambio de prisioneros, y el establecimiento de relaciones comerciales.
El Senado no lo recibió con alegría.
La reacción inicial fue confusión. El Senado no había autorizado a Kaida a negociar un tratado de paz. Kaida era un militar, no un diplomático. Su trabajo era ganar batallas, no firmar acuerdos. La idea de que un general —y un humano, además— hubiera tomado una decisión tan trascendental sin consultar al Senado era... era...
—Es una traición —dijo el senador Elemens más anciano, un hombre llamado Valandor que llevaba novecientos años en el poder—. Kaida ha actuado por su cuenta. Ha usurpado la autoridad de este cuerpo. Ha firmado un tratado en nombre de Draxcan sin tener la autoridad para hacerlo. Esto es un acto de guerra contra el propio reino.
—O es un acto de paz —dijo Eryndor, el representante mago que había advertido sobre el peligro de enviar humanos al frente—. ¿No es eso lo que hemos estado buscando? ¿Poner fin a la guerra? ¿Detener la matanza?
—¡No a cualquier precio! —gritó otro senador—. ¡Este tratado nos da menos de lo que merecemos! ¡Cede territorio! ¡Concede derechos comerciales! ¡Es una rendición disfrazada de paz!
El debate duró horas, luego días. Las facciones se formaron y se disolvieron. Los insultos se lanzaron y se recibieron. Los senadores que habían apoyado la guerra desde el principio se aferraban a la esperanza de que aún pudieran ganar, de que aún pudieran derrotar a Laxkay y reclamar los territorios disputados. Los senadores que siempre habían dudado de la guerra veían en el tratado una salida honorable. Y los senadores que tenían intereses económicos en la continuación del conflicto —fabricantes de armas, comerciantes de minerales, contratistas militares— presionaban en secreto para que se rechazara el acuerdo.
Nadie en el Senado hablaba de los ochocientos mil humanos que habían sobrevivido a la guerra. Nadie mencionaba a los cincuenta millones de muertos. Nadie señalaba que la guerra había costado más vidas humanas que cualquier otro conflicto en la historia de Draxcan, y que cada una de esas vidas era un padre, un hijo, una madre, una hija.
Los muertos no tenían representación en el Senado. Nunca la habían tenido.
Tres días después de recibir el tratado, el Senado tomó una decisión. Por mayoría estrecha —once votos a favor, diez en contra— resolvieron rechazar el acuerdo y continuar la guerra. Ordenaron a Kaida que regresara inmediatamente a la capital para responder por sus actos. Y ordenaron al ejército que mantuviera sus posiciones en el frente.
Había un problema: el ejército ya no estaba en el frente.
Cuando los mensajeros del Senado llegaron a los campamentos militares, encontraron tiendas vacías, fogatas apagadas, y un único mensaje clavado en un poste en el centro del campamento. Lo escribió Reax, porque la letra de Kaida era casi ilegible:
"El ejército de Draxcan marcha hacia la capital. No para atacar, sino para dialogar. Para presentar nuestras demandas. Para exigir que los muertos no hayan muerto en vano. Esperamos que el Senado nos reciba con la misma paz con la que nos acercamos."
Los mensajeros leyeron el mensaje. Se miraron unos a otros. Y luego corrieron de regreso a la capital tan rápido como sus piernas pudieron llevarlos.