Las Crónicas de Draxcan - Volumen 1

Capítulo XI: El Nuevo Mandato en Draxcan

La mañana del miércoles amaneció despejada sobre Draxcan, como si el cielo mismo quisiera bendecir el nuevo comienzo. El sol salió sobre las torres de la ciudad, tiñendo de oro los cristales de luz solidificada que adornaban las murallas, y la gente comenzó a llenar las plazas desde antes del amanecer. Esperaban el discurso tradicional de los Once Originales, que se pronunciaba después de cada campaña militar para informar al pueblo de los logros del ejército y honrar a los caídos.

Pero este año no sería un discurso tradicional.

Reax apareció en el balcón del Castillo Dracking, no Kaida. Detrás de él, los soldados formados en filas, con las armaduras todavía marcadas por la guerra, las capas desgastadas por el viento y la lluvia, las armas relucientes pero manchadas por el uso. No había estandartes ceremoniales, ni músicos, ni flores lanzadas desde los balcones. Solo soldados. Solo verdad.

El silencio cayó sobre la multitud cuando Reax levantó una mano. Miles de personas —humanos, elfos, magos, Elemens— dejaron de hablar al mismo tiempo. El único sonido era el viento que soplaba entre los edificios y el leve tintineo de los cristales de luz en las murallas.

Reax era un hombre de pocas palabras. En el frente, sus órdenes eran cortas y claras: "Avancen", "Retrocedan", "Mantengan la línea". Nunca había pronunciado un discurso en su vida. Pero esta mañana, frente a la capital que había ayudado a defender durante veinticinco años, encontró las palabras.

—Hace veinticinco años —comenzó, y su voz grave resonó en la plaza como un tambor lejano—, comenzó la guerra elemental. Veinticinco años de sangre, de fuego, de muerte. Veinticinco años en los que los soldados de Draxcan lucharon en cien campos de batalla, en mil escaramuzas, en diez mil escaramuzas que nunca aparecerán en los libros de historia.

Hizo una pausa. La multitud contuvo el aliento.

—En esos veinticinco años, murieron ochenta y dos millones de personas. Ochenta y dos millones de humanos, elfos, magos y Elemens que tenían nombres, que tenían familias, que tenían sueños. Murieron en las fronteras del norte, en los pantanos del este, en las colinas del sur. Murieron en lugares cuyos nombres ya nadie recuerda, por causas que muchos de ellos no entendían.

Su voz se quebró ligeramente. Se recuperó.

—Yo estuve allí. Vi morir a mis compañeros. Vi a jóvenes de dieciséis años caer con una flecha en el pecho. Vi a padres de familia llorar el nombre de sus hijos mientras se desangraban en la nieve. Vi a soldados que habían sobrevivido a cien batallas morir en la ciento una, por un error táctico, por una mala decisión de alguien que nunca había visto un campo de batalla.

La multitud estaba en completo silencio. Algunos lloraban en silencio. Otros miraban al suelo. Todos escuchaban.

—El ejército ha vuelto a casa —dijo Reax—. No como conquistadores, no como héroes. Como sobrevivientes. Traemos con nosotros un tratado de paz firmado por el rey Laxcon de Laxkay. La guerra ha terminado. No habrá más batallas en la frontera norte. No habrá más jóvenes muriendo por colinas sin nombre.

Los aplausos comenzaron, pero Reax levantó la mano de nuevo y se detuvieron.

—Pero la paz con Laxkay no es suficiente —dijo—. La guerra nos ha mostrado algo que muchos de nosotros ya sabíamos, pero que el Senado se negaba a ver. Nos ha mostrado que Draxcan está roto. Que el sistema que nos gobierna no es justo. Que algunas razas tienen voz y otras no. Que algunos seres son sacrificables y otros no.

Ahora la multitud estaba tensa. Algunos asentían. Otros fruncían el ceño. Todos esperaban.

—El ejército no ha vuelto a casa para imponer su voluntad —dijo Reax—. Ha vuelto para ofrecer una alternativa. Una nueva forma de gobierno. Un Senado renovado, al que llamaremos los Sabios, donde cada raza tendrá representación proporcional. Donde los humanos, por primera vez en la historia de Draxcan, tendrán asiento.

El silencio que siguió fue tan profundo que se podía oír el latido de los corazones.

Luego, los aplausos. No fueron los aplausos educados que los senadores recibían después de sus discursos. Fue una explosión de emoción contenida durante generaciones. Los humanos lloraban y reían al mismo tiempo. Los elfos y magos y Elemens que apoyaban el cambio aplaudían con entusiasmo. Incluso algunos de los que se oponían —los que todavía creían en el viejo orden— se encontraron aplaudiendo, arrastrados por la marea de la emoción colectiva.

Reax dejó que los aplausos siguieran durante un minuto completo. Luego volvió a levantar la mano.

—Esto no será fácil —advirtió—. Habrá quienes se opongan. Habrá quienes llamen a esto traición. Habrá quienes intenten detenernos. Pero el ejército está con el pueblo. Y el pueblo, hemos visto hoy, está con nosotros.

Bajó la mano.

—Que comience el nuevo amanecer de Draxcan.

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En los calabozos del Castillo Dracking, los senadores depuestos esperaban su destino. No estaban encadenados —Kaida había dado órdenes de tratarlos con dignidad— pero estaban confinados en celdas individuales, custodiados por soldados que antes habrían sido sus subordinados.

Valandor, el anciano Elemens que había presidido el Senado durante novecientos años, estaba sentado en su celda con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Meditaba, o eso parecía. En realidad, estaba recordando. Recordando los primeros días de Draxcan, cuando él y los otros Once Originales habían caminado sobre la tierra recién formada, maravillándose de su belleza. Recordando cómo habían construido la ciudad ladrillo por ladrillo, ley por ley, tradición por tradición. Recordando los sacrificios que habían hecho, los compromisos que habían aceptado, los errores que habían cometido.



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En el texto hay: magia, dragones, guerra entre razas

Editado: 01.06.2026

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