Pasaron siglos desde la reforma de Draxcan. El Reino Sagrado prosperó como nunca antes bajo el Senado de los Sabios. El comercio floreció, las artes y las ciencias avanzaron, la población se recuperó lentamente de las pérdidas de la guerra elemental. Los humanos ya no eran ciudadanos de segunda clase; ocupaban escaños en el Senado, servían como oficiales en el ejército, dirigían gremios de artesanos y comerciantes. Algunos incluso se habían convertido en curanderos, magos y eruditos, campos que antes les estaban vedados.
Pero las grietas seguían ahí, invisibles para la mayoría, como fisuras en una pared que parecen pequeñas desde fuera pero que amenazan con derrumbar todo el edificio.
Los Umbrae de Nalia se infiltraban en los sueños de los mortales cada noche. No todos los sueños, no todas las personas, pero suficientes. Un humano soñaba que un elfo le robaba su negocio. Un elfo soñaba que un humano envenenaba su jardín. Un mago soñaba que un Elemens lo humillaba públicamente. Un Elemens soñaba que los magos conspiraban para derrocarlo.
Los sueños eran sutiles, casi indistinguibles de las pesadillas normales. No mostraban imágenes explícitas de violencia o traición, sino pequeñas cosas: una mirada de desprecio, una palabra dicha a espaldas, un favor no correspondido. Nada que pudiera señalarse como prueba de interferencia externa. Nada que no pudiera atribuirse a la paranoia natural de los mortales.
Pero los sueños se acumulaban. Una noche de insomnio aquí, otra allá. Una conversación tensa en el mercado, un desacuerdo en el Senado, una pelea en una taberna. Las pequeñas cosas se convertían en grandes cosas. Las desconfianzas se convertían en rencores. Los rencores se convertían en odios.
Los Sombraelfos hacían su parte desde las fronteras. Atacaban caravanas comerciales que viajaban entre Draxcan y Laxkay, matando a todos los conductores y dejando símbolos que implicaban a uno u otro reino. Incendiaban granjas en territorios fronterizos, culpando a los colonos del otro lado. Envenenaban pozos, secuestraban niños, profanaban tumbas. Siempre con cuidado, siempre con precisión, siempre dejando pistas falsas que apuntaban en la dirección equivocada.
Los reinos de la superficie no sabían qué pensar. Algunos líderes sospechaban que había una tercera fuerza en juego, pero no podían probarlo. Otros creían que eran simplemente actos de bandidaje, comunes en cualquier frontera. Unos pocos —muy pocos— comenzaron a preguntarse si Nalia tenía algo que ver.
Pero nadie quería hablar de Nalia. El nombre de la diosa de la oscuridad se había convertido en un tabú, algo que no se mencionaba en voz alta por miedo a atraer su atención. Los niños aprendían en la escuela que Nalia había sido desterrada por sus crímenes, pero los detalles eran vagos y contradictorios. Los adultos preferían no pensar en ella. Era más fácil culpar a los vecinos.
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En Draxcan, la armonía que había caracterizado los primeros años del Senado de los Sabios comenzó a resquebrajarse.
Algunos senadores humanos, los más radicales, empezaron a exigir más poder. No estaban contentos con nueve escaños; querían más. Argumentaban que los humanos eran la raza más numerosa —ahora eran unos quince millones, después de siglos de recuperación— y que merecían una representación proporcional a su población. Querían doce escaños, luego quince, luego veinte.
Los senadores elfos se oponían. Argumentaban que los humanos tenían una esperanza de vida mucho más corta que los elfos, y que darles más escaños basándose únicamente en números sería injusto para las razas de vida más larga. "No se puede comparar la sabiduría de un elfo de quinientos años con la de un humano de cincuenta", decían. "La experiencia importa. La perspectiva importa. La longevidad importa".
Los senadores magos estaban divididos. Algunos apoyaban a los humanos, otros a los elfos, la mayoría trataba de mantenerse al margen. Los magos eran pragmáticos por naturaleza; preferían esperar a ver hacia dónde se inclinaba el viento antes de comprometerse.
Los senadores Elemens, los más poderosos individualmente pero los menos numerosos, observaban con desdén. Muchos de ellos añoraban los viejos tiempos, cuando los Elemens gobernaban sin necesidad de debatir con "razas inferiores". No decían esto en voz alta, por supuesto —el Senado de los Sabios tenía leyes contra el discurso de odio— pero se notaba en sus miradas, en sus gestos, en las palabras que elegían.
Eryndor, el viejo mago que había advertido sobre la guerra elemental décadas atrás, observaba todo con preocupación. Ya era anciano incluso para los estándares de los magos —cerca de los trescientos años— y había visto cómo las tensiones raciales destruían civilizaciones enteras. Sabía que si los líderes de Draxcan no encontraban una manera de resolver sus diferencias pacíficamente, la violencia estallaría.
Y una vez que la violencia comenzaba, era muy difícil detenerla.
—Necesitamos hablar de lo que está pasando —dijo Eryndor en una sesión del Senado, después de otro acalorado debate sobre la representación humana—. No se trata solo de escaños. Se trata de algo más profundo. Alguien o algo está avivando estas llamas. He estudiado la historia de Draxcan. He visto ciclos de conflicto antes. Pero esto... esto es diferente. Es más rápido. Más intenso. Más... artificial.
Los otros senadores lo miraron con escepticismo.
—¿Artificial? —preguntó un senador Elemens—. ¿Qué quieres decir con "artificial"?
—Quiero decir que no creo que estos conflictos sean naturales —respondió Eryndor—. Creo que hay una fuerza externa que los está alimentando. Algo que se beneficia de nuestra división. Algo que quiere que nos odiemos unos a otros.