Las Crónicas de Draxcan - Volumen 1

Capítulo XIV: El Despertar del Caos

Valerion creció en los barrios humanos de Draxcan, en una pequeña casa de piedra con techo de paja que su madre había heredado de su abuela, que a su vez la había heredado de su bisabuela. Era una casa humilde, como la mayoría de las casas humanas, pero estaba llena de colores. Valerion había heredado de su padre —un tejedor que murió en la guerra elemental cuando Valerion era apenas un bebé— el don de los tintes naturales. Podía hacer que la lana se volviera roja como la sangre, azul como el mar profundo, verde como los bosques de primavera, amarilla como el sol del mediodía.

No se convirtió en guerrero, ni mago, ni senador. Se convirtió en tejedor.

Pasaba los días en su taller, un pequeño cobertizo adjunto a la casa, tejiendo telas de colores que los ricos de Draxcan compraban para sus vestidos y tapices. No era un hombre ambicioso. No quería fama ni fortuna. Quería tejer. Quería crear belleza en un mundo que a menudo era feo. Quería que sus telas contaran historias —historias de amor, de pérdida, de esperanza, de desesperación— para que quienes las vieran supieran que no estaban solos en sus sentimientos.

Pero por las noches, cuando el taller se cerraba y la ciudad se quedaba en silencio, Valerion caminaba. Caminaba por los barrios humanos, escuchando. Escuchaba las conversaciones en las tabernas, los susurros en los mercados, los llantos en las casas. Escuchaba los miedos, las esperanzas, los sueños.

Y escuchaba también las pesadillas.

Porque los Umbrae de Nalia habían estado trabajando durante siglos, y sus efectos eran palpables para cualquiera que supiera escuchar. Los humanos soñaban que los elfos los traicionaban. Los elfos soñaban que los humanos destruían sus bosques. Los magos soñaban que los Elemens los humillaban. Los Elemens soñaban que los magos conspiraban contra ellos.

Valerion no sabía nada de Umbrae. No sabía nada de Nalia, excepto lo que había aprendido en la escuela: que era una diosa malvada que había sido desterrada por sus crímenes. Pero sabía que algo andaba mal. Sabía que la gente estaba más irritable de lo normal, más paranoica, más dispuesta a creer lo peor de sus vecinos.

Y sabía que tenía que hacer algo al respecto.

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Una noche, mientras caminaba por los callejones más oscuros de los barrios humanos, Valerion encontró a una joven sentada en los escalones de una taberna, llorando. Era una elfa, cosa rara en los barrios humanos —los elfos raramente se aventuraban tan al sur— y vestía ropas de viaje, polvorientas y desgastadas.

—¿Estás bien? —preguntó Valerion, acercándose con cautela.

La joven levantó la cabeza. Sus ojos eran de un verde intenso, como el musgo de los bosques antiguos, pero estaban enrojecidos por el llanto.

—He perdido a mi familia —dijo—. Mi padre, mi madre, mis hermanos. Todos. En un ataque. En la frontera. Dijeron que fueron los Leox, pero... pero no lo creo. Los Leox no atacan a civiles. Los Leox tienen honor.

—¿Quién fue entonces? —preguntó Valerion.

—No lo sé —dijo la joven—. Pero he tenido sueños. Pesadillas. En ellas, veo sombras. Sombras que se mueven solas. Sombras que susurran mentiras. Sombras que quieren que nos odiemos unos a otros.

Valerion se sentó a su lado.

—También yo he tenido esas pesadillas —dijo—. No todas las noches, pero a menudo. Y he hablado con otros que también las tienen. No es normal, ¿verdad? No es normal que tanta gente tenga las mismas pesadillas.

La joven negó con la cabeza.

—No es normal —dijo—. Es magia. Magia oscura. Alguien está haciendo esto. Alguien que se beneficia de nuestra división.

—Nalia —dijo Valerion, y la palabra salió de sus labios como un susurro, como si temiera que nombrarla pudiera atraerla.

La joven se estremeció.

—No digas su nombre —dijo—. Atrae su atención.

—Ya nos tiene en su punto de mira —dijo Valerion—. Lleva siglos. Y mientras nosotros nos odiamos unos a otros, ella gana.

Se quedaron en silencio, sentados en los escalones de la taberna, mientras la noche se oscurecía a su alrededor. Las estrellas brillaban arriba, indiferentes a los problemas de los mortales.

—Me llamo Sera —dijo finalmente la joven—. Y tú, tejedor?

—Valerion —respondió—. Solo un tejedor.

—No eres solo un tejedor —dijo Sera, mirándolo fijamente—. Hay algo en ti. Algo que no vi en nadie más. Una luz. Pequeña, pero pura.

Valerion no supo qué responder. Así que hizo lo que mejor sabía hacer: se puso a tejer.

Sacó de su bolsillo un pequeño telar de mano —lo llevaba siempre encima, por si acaso— y comenzó a tejer. No con lana ni con seda, sino con algo más intangible: con esperanza. Tejió los nombres de los muertos, los sueños de los vivos, los miedos que los separaban y los amores que los unían. Tejió todo lo que había escuchado en sus años de caminar por la ciudad, todo lo que había aprendido sobre la gente de Draxcan.

Cuando terminó, tenía en sus manos una tela pequeña, no más grande que su palma, pero que parecía contener un mundo entero. En ella, los colores se mezclaban y separaban, formando patrones que cambiaban según el ángulo de la luz. A veces parecía un mapa. A veces parecía una profecía. A veces parecía un corazón latiendo.

—Quédate con esto —dijo, entregándoselo a Sera—. Te protegerá. O al menos, te recordará que no estás sola.

Sera tomó la tela con manos temblorosas.

—Gracias —dijo—. No sé cómo pagarte.



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En el texto hay: magia, dragones, guerra entre razas

Editado: 01.06.2026

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