Doscientos cincuenta años después del Despertar del Caos…
La Bandera del Alba seguía ondeando sobre el Castillo Dracking.
Doscientos cincuenta años habían pasado desde aquel amanecer en que Valerion el tejedor había terminado su obra maestra, desde que los ejércitos unidos de Draxcan y Laxkay habían marchado hacia la grieta para contener a Acnologia, desde que el mundo había cambiado para siempre. La bandera había sobrevivido a tormentas, a guerras, a incendios, a la humedad y al sol. Sus colores —rojo, azul, verde, dorado, plateado, negro— seguían tan vivos como el primer día, porque no estaban hechos de tinta sino de esperanza, y la esperanza no se desvanece fácilmente.
Pero el mundo bajo ella había cambiado.
Acnologia no había sido derrotado. Los dragones primordiales no mueren, no del todo. Había sido contenido, empujado de vuelta a la grieta de la que había emergido, sellado con una combinación de magia elemental que ni siquiera los dioses habían anticipado. El precio había sido alto: miles de muertos, cientos de miles, entre ellos algunos de los nombres que Valerion había tejido en la bandera. Pero la grieta se había cerrado. El dragón dormía de nuevo, aunque más cerca de la superficie, aunque más inquieto, aunque sus sueños de oscuridad se filtraban a través de la piedra y envenenaban los sueños de los mortales.
Nalia seguía en su reino subterráneo. No había envejecido. No envejecería nunca. Había observado la guerra que siguió al despertar de Acnologia con la misma paciencia con que observaba todo: desde la distancia, con los brazos cruzados, esperando el próximo movimiento. Sus Umbrae se habían multiplicado. Sus Sombraelfos se habían extendido por las fronteras olvidadas del mundo, más allá de Draxcan y Laxkay, hacia territorios que ningún mapa registraba.
Y los Once Originales —los primeros Elemens, los que habían gobernado Draxcan durante siglos antes de la guerra elemental, los que Kaida había encerrado en los calabozos del Castillo Dracking— seguían allí, en el nivel más bajo, donde la luz no llegaba y el tiempo se movía de otra manera.
Doscientos cincuenta años son, para un hombre, la eternidad. Para un elfo, una juventud apenas interrumpida. Para un mago, el tiempo justo de ver a sus hijos envejecer y morir mientras él termina de desentrañar un hechizo mediano. Y para un Elemens de sangre pura, doscientos cincuenta años son lo que el alba es para la noche: un instante hermoso que no tarda en ceder al siguiente ciclo.
Los Once Originales llevaban ese tiempo encerrados en los calabozos del nivel más bajo del Castillo Dracking, y ninguno había envejecido un solo día.
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El calabozo en sí era una cosa antigua, construida antes de que el reino tuviera nombre. Sus muros de basalto negro transpiraban humedad y algo más difícil de nombrar: el recuerdo sedimentado de todo lo que había sufrido dentro de ellos. No era magia, exactamente; era la acumulación de siglos de miedo, de rabia, de desesperación, absorbida por la piedra como el agua es absorbida por la tierra. Las paredes habían visto llorar a reyes y a mendigos, a héroes y a traidores. Habían escuchado confesiones que nunca se escribirían en ningún libro, y promesas que nunca se cumplirían.
Las antorchas no ardían en ese nivel. Los guardianes habían aprendido por experiencia que las llamas se extinguían solas al bajar las escaleras, como si el aire mismo rechazara la luz. No era un fenómeno natural, aunque tampoco era magia activa. Era algo intermedio: la huella de siglos de oscuridad concentrada, que había aprendido a defenderse de cualquier intrusión lumínica.
En cambio, una fosforescencia tenue y verdosa emanaba de los musgos que tapizaban las paredes, suficiente para ver las siluetas pero no los rostros, suficiente para caminar sin tropezar pero no para leer. Esos musgos no existían en ninguna otra parte del mundo. Habían crecido solo aquí, alimentándose de la humedad y de algo más intangible: la energía residual de los prisioneros que habían pasado siglos sin ver el sol.
Los Originales no necesitaban leer. Tenían sus memorias, que en el caso de los más ancianos se extendían por mil años de historia vivida. Tenían sus poderes, que usaban con la parsimonia de quienes saben que cada gota de energía gastada debe luego recuperarse de la piedra y el silencio. Y tenían sus conversaciones, largas y pausadas como ríos subterráneos, que habían comenzado el primer día de su encarcelamiento y no habían cesado.
El más anciano de los once respondía al nombre de Caelum. Tenía, según sus propios cálculos imprecisos, algo más de mil ciento cincuenta años. Había nacido antes de que Draxcan existiera como ciudad, antes de que los humanos caminaran sobre la tierra, antes de que la guerra de los dragones hubiera terminado. Había visto nacer y morir a generaciones enteras de mortales, había sido testigo de la construcción del Castillo Dracking, había conocido personalmente a los primeros Once Originales —los verdaderos primeros, los que ya no estaban— y había sobrevivido a todos ellos.
Su aspecto era el de un hombre de cuarenta años en plena madurez: cabello oscuro salpicado de plata en las sienes, manos grandes y callosas —aunque no trabajaba con ellas, los Elemens de sangre pura desarrollaban callosidades si pasaban suficiente tiempo en contacto con la piedra—, ojos de un gris profundo que habían visto tantas generaciones nacer y morir que ya no se turbaban ante casi nada. Caelum era el que más hablaba, o más bien el que más escuchaba y respondía cuando los demás hablaban: había aprendido, en más de un milenio de existencia, que la sabiduría no consiste en decir mucho sino en saber qué decir y cuándo callarse.