Eltrix no era una ciudad que se encontrara. Era una ciudad que se revelaba.
El camino hacia ella comenzaba en las afueras del distrito norte de Draxcan, donde los edificios se volvían más bajos y más espaciados y las calles perdían el empedrado cuidadoso del centro para convertirse en sendas de tierra compactada entre muros de piedra gruesa. Era un límite difuso, como todos los límites en Draxcan: no había una muralla que separara la ciudad del campo, ni un cartel que dijera "aquí termina la civilización". Solo una degradación gradual de lo construido, un aflojamiento del tejido urbano que se extendía como una tela que se deshilacha en los bordes.
Más allá de esos muros empezaban los bosques que ningún cartógrafo había terminado de mapear con exactitud. No porque faltaran expediciones —Draxcan había enviado docenas a lo largo de los siglos, algunas con los mejores magos y exploradores— sino porque el territorio parecía reorganizarse entre una visita y la siguiente. Un río que antes discurría al este aparecía de pronto al oeste, trazando un cauce nuevo que no guardaba relación con el antiguo. Un claro que se recordaba soleado y abierto, perfecto para acampar, estaba cubierto de árboles centenarios que no podían haber crecido en el tiempo transcurrido, con troncos tan gruesos que tres personas juntas no podían abrazarlos. Los senderos que ayer llevaban a un valle hoy llevaban a un acantilado, y los que ayer terminaban en un muro de piedra hoy se abrían a una pradera que no estaba allí la semana anterior.
Los Elemens conocían el camino porque lo llevaban en la sangre. No era un conocimiento que se aprendiera o se enseñara; era algo más profundo, más antiguo, más parecido a la orientación de las aves migratorias que a la memoria de un viajero. Sus cuerpos recordaban la ruta aunque sus mentes no la procesaran conscientemente. Cuando un Elemens caminaba hacia Eltrix, sus pasos se ajustaban solos a las curvas del terreno, sus ojos se posaban en los puntos de referencia correctos, sus manos se extendían en los momentos precisos para apartar ramas que de otro modo habrían golpeado su rostro. Era como si el bosque los reconociera y se apartara, no por servilismo sino por parentesco.
Para los que no eran de su raza, el viaje era otra cosa: una prueba que el territorio mismo administraba, sin anunciarlo, a todos los que intentaban cruzarlo sin guía. No era una prueba de fuerza ni de inteligencia; era más sutil que eso. Era una prueba de paciencia, de respeto, de la capacidad de reconocer que hay lugares que no se rinden a la primera visita, que exigen ser merecidos.
Tilio lo supo desde la primera hora de camino.
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Tilio era asistente del Gran Sabio Reax, un hombre humano de mediana estatura y esa clase de inteligencia práctica que no impresiona a nadie en una primera conversación pero que se revela indispensable en la segunda. No era un erudito —no había pasado décadas en bibliotecas como los magos— ni un guerrero —sus manos no tenían callosidades de empuñar espadas— ni un político —nunca había pronunciado un discurso ante el senado—. Era, simplemente, alguien que sabía cómo funcionaban las cosas. Cómo se movía la información en el castillo, cómo se tomaban las decisiones en el senado, cómo se asignaban los recursos, cómo se distribuía el poder. No tenía una visión idealizada del mundo; tenía un mapa práctico de él, con todas sus imperfecciones y contradicciones.
Había trabajado junto a Reax durante años sin que su jefe aprendiera a pronunciar su nombre correctamente. Lo llamaba Teico, o Tucson, o Tilio de formas que no eran exactamente su nombre, o cualquier variación plausible que la lengua del poder produce cuando no considera necesario esforzarse por recordar los detalles de quienes están por debajo. Había desarrollado con ese olvido una relación filosófica que le permitía reírse de él en lugar de amargarse, como se ríe uno de la lluvia cuando no tiene prisa por llegar a algún sitio.
Paul, el representante Elemens que lo acompañaba, caminaba a su lado con la facilidad de quien va por su jardín. No porque el camino fuera sencillo —Tilio ya había perdido la cuenta de cuántas veces el sendero que creía ver desaparecía al acercarse— sino porque para él lo era. El bosque lo reconocía y se apartaba, no con la brusquedad de un guardián que abre paso a un superior, sino con la gracia silenciosa de un viejo amigo que hace espacio en el banco para que el otro se siente.
—¿Siempre es así? —preguntó Tilio, después de que por tercera vez consecutiva se encontrara caminando sobre un lecho de hojas secas que desde lejos había parecido un sendero perfectamente definido.
—Para los que no son nuestros, sí —respondió Paul. Iba descalzo —los Elemens de Eltrix raramente usaban zapatos, incluso en terrenos ásperos— y sus pies desnudos parecían encontrar apoyo donde Tilio solo veía raíces y piedras—. El bosque que rodea Eltrix fue plantado hace más de ochocientos años por los primeros Elemens que eligieron ese lugar. No es magia activa, no hay un hechizo que lo mantenga funcionando; es algo más antiguo. Es memoria. La tierra recuerda a quienes la sembraron y confía en sus descendientes. A los demás... los prueba.
—¿Y si fallan la prueba?
—Vagan durante días. Siguen senderos que no llevan a ninguna parte, cruzan ríos que vuelven a cruzar sin avanzar, ven el mismo árbol una y otra vez hasta que empiezan a reconocer sus grietas. Algunos se desorientan tanto que pierden la noción del tiempo. Al final, la mayoría acepta que no van a encontrar lo que buscan y regresan por donde vinieron. —Hizo una pausa—. Nadie ha muerto en el bosque.
Tilio sintió alivio. Luego Paul añadió:
—Al menos, nadie de quien tengamos constancia.