Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 2

Capítulo III: Los Secretos que No Tienen Nombre

Pasaron seis noches en Eltrix. A lo largo de esas noches, Tilio durmió mal y aprendió mucho.

El departamento de invitados estaba construido en el borde occidental del cráter, donde la pared de roca fundida formaba una curva natural que recogía el calor del día y lo liberaba lentamente durante la noche. Era una ubicación estratégica, aunque no en el sentido militar. Los Elemens que habían diseñado Eltrix no pensaban en términos de defensa contra enemigos externos —el bosque ya se encargaba de eso— sino en términos de confort y armonía con el entorno. La curva de la roca atrapaba el calor como una mano ahuecada atrapa el agua, y lo distribuía uniformemente por las habitaciones sin necesidad de chimeneas ni braseros.

Las habitaciones eran pequeñas pero bien pensadas. Las ventanas se cerraban herméticamente contra el frío con tablones de madera de árbol de corteza plateada, ajustados con una precisión que no dejaba pasar ni la más mínima corriente de aire. El brasero de piedra, en el centro de la habitación principal, ardía con una combustión que no producía humo sino luz: una llama azulada y constante que no parpadeaba ni crepitaba, como si el fuego hubiera sido domesticado hasta perder toda su violencia original. Los lechos eran de paja cubierta con mantas tejidas con una lana tan fina que parecía seda pero abrigaba más que el cuero, y cuando Tilio se acostaba en ellas, tenía la sensación de flotar sobre una nube sólida.

Pero no podía dormir.

Tilio descubrió en la primera noche que no podía dormir en Eltrix de la misma manera en que no se puede dormir en el borde de un acantilado. No era por miedo al peligro —no tenía ninguna razón para sentirse inseguro, Paul le había asegurado que era un huésped protegido— sino por la conciencia constante de estar en un lugar que existía en sus propios términos, que no había sido construido para su comodidad ni modificado para disminuir su extrañeza. Era como si el aire mismo de Eltrix estuviera cargado de una energía que mantenía los sentidos alerta, que impedía que el cerebro se relajara por completo, que susurraba constantemente "estás en un lugar diferente, no te olvides".

En la segunda noche, Paul vino a sentarse junto al brasero de la habitación de Tilio. No llamó a la puerta; los Elemens consideraban los golpes una agresión acústica innecesaria. Simplemente entró, se sentó en el suelo de piedra frente al brasero, y comenzó a hablar.

No lo hizo con el tono de quien hace una confesión ni con el de quien da una clase magistral. No había solemnidad en su voz, ni tampoco la ligereza de quien habla de cosas sin importancia. Era algo intermedio: la naturalidad de dos personas que han caminado juntas el tiempo suficiente —aunque solo llevaban unos días, había algo en el viaje que había acelerado su conocimiento mutuo— como para que el silencio se volviera más incómodo que las palabras verdaderas.

—No vas a encontrar libros —dijo Paul, con la mirada fija en las llamas azules del brasero—. Te lo dije cuando cruzamos el bosque, pero quiero que lo entiendas de verdad. Los quemaron. No fue un gesto político simbólico ni una exageración de los cronistas. Los quemaron todos: los que estaban en la biblioteca del senado, los que estaban en colecciones privadas, los que estaban en templos y santuarios, incluso los que estaban escritos en lenguas que ya nadie habla y que solo un puñado de eruditos podía leer. Fue una decisión tomada en el consejo de los ancianos de Eltrix el mismo año del golpe de estado, por razones que no eran solamente de orgullo herido.

—¿Cuáles eran las razones? —preguntó Tilio. No había sacado su cuaderno todavía. Este momento no era para tomar notas; era para escuchar.

—Miedo —dijo Paul, con una sencillez que sonaba más verdadera que cualquier explicación elaborada—. Miedo de que el conocimiento que nos hace vulnerables caiga en manos equivocadas. Los Elemens no somos invencibles, Tilio. Somos resistentes, sí. Duros de matar, sin duda. Pero tenemos debilidades. Y cuando los magos del senado antiguo empezaron a investigar nuestra biología, cuando descubrieron que podían medir nuestra temperatura corporal con exactitud, que podían analizar la composición de nuestra sangre, que podían identificar los órganos donde almacenamos los elementos... nos dimos cuenta de que el conocimiento es un arma de doble filo.

Paul hizo una pausa. El brasero crepitó suavemente, la única señal de que el fuego seguía vivo.

—Si alguien conoce con precisión la biología de una raza —continuó—, tiene también las herramientas para dañarla. No necesariamente para matarla, pero sí para controlarla, para debilitarla, para hacerle daño de maneras que no puede anticipar porque nunca ha necesitado anticiparlas. Los Elemens hemos sobrevivido siglos sin que nadie sepa exactamente cómo funcionamos por dentro. Esa ignorancia es nuestra mejor defensa.

—Entonces estáis más vulnerables de lo que aparentáis —dijo Tilio. No era una acusación, sino una observación.

—Todo el mundo lo está —respondió Paul—. La diferencia es que nosotros hemos elegido gestionar esa vulnerabilidad ocultando el mapa en lugar de construyendo muros. Los humanos construyen murallas alrededor de sus ciudades, pero las murallas se pueden escalar. Los elfos usan magia de ilusión para ocultar sus asentamientos, pero la ilusión se puede romper. Los magos confían en su poder individual, pero el poder se puede agotar. Nosotros... nosotros confiamos en que nadie nos conozca lo suficiente para hacernos daño. Es una estrategia arriesgada. Hasta ahora, ha funcionado.

Tilio sacó su cuaderno y un lápiz de carbón. Paul lo miró pero no lo detuvo. Había ciertas cosas que no se podían decir dos veces, y Paul prefería que quedaran escritas a que se perdieran en el olvido de una conversación nocturna.



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En el texto hay: conspiracion, reino trono poder, política social

Editado: 01.06.2026

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