Partieron de Eltrix en la mañana de la séptima jornada. El sol aún no había alcanzado su punto más alto, y la luz del amanecer se filtraba a través del escudo de energía como si atravesara un cristal tallado, descomponiéndose en espectros de colores que pintaban las calles de la ciudad con manchas móviles de luz dorada y violeta. Era el momento más hermoso del día en Eltrix, y los Elemens lo sabían: muchos estaban fuera de sus casas, no para despedirse específicamente, sino porque era el momento de estar afuera.
Toda la ciudad se había congregado en la plaza del mapa estelar, como hacía siempre que Paul regresaba al mundo exterior después de una visita prolongada. No era una convocatoria oficial —el Gran Viejo no había enviado mensajeros ni tocado campanas— sino que la gente simplemente sabía. Había una red de comunicación silenciosa en Eltrix, algo que Tilio no lograba comprender del todo: rumores que viajaban más rápido de lo posible, noticias que llegaban antes de que ocurrieran, un conocimiento compartido que parecía existir en el aire mismo.
La despedida era genuina, de las que no se organizan sino que ocurren porque la gente quiere estar ahí. Ancianos que habían conocido a Paul desde niño —algunos de los cuales lo habían visto nacer, lo cual en los Elemens significaba algo diferente que en otras razas— se acercaban a estrecharle la mano o a tocarle el hombro con gestos que eran a la vez familiares y ceremoniosos. Mujeres con hijos pequeños colgados del brazo levantaban a los niños para que pudieran verlo bien, como si Paul fuera un pariente lejano que regresaba de un viaje largo. Jóvenes Elemens, algunos de la edad aparente de Paul aunque en realidad mucho más jóvenes, lo miraban con una intensidad tranquila que era la forma más seria de la admiración: no la admiración ruidosa que busca llamar la atención, sino la silenciosa que observa y aprende.
El Gran Viejo estaba en el centro de la plaza, de pie sobre la piedra del mapa estelar como si formara parte de él, como si hubiera estado allí desde que las estrellas fueron incrustadas en el suelo. Llevaba el mismo bastón de madera viva, los mismos ropajes de lana oscura, la misma expresión de serenidad antigua que no se alteraba por nada.
—Hijo mío —dijo a Paul, usando el título que todos en Eltrix usaban para él, aunque no era literalmente su padre—, has cumplido con tu deber. Has traído a este visitante, lo has protegido, le has mostrado lo que debía ver y has ocultado lo que debía ocultarse. Eres un buen representante.
—Gracias, Gran Viejo —dijo Paul. No era una respuesta modesta ni orgullosa; era simplemente la aceptación de un hecho que ambos conocían.
Luego el Gran Viejo se volvió hacia Tilio. Su mirada era diferente de la del primer día: no era evaluación ni escrutinio, sino algo más parecido a una bendición. No una bendición religiosa —los Elemens no tenían religión, tenían algo más parecido a un respeto ancestral— sino un reconocimiento de que Tilio era alguien que merecía continuar su camino sin obstáculos.
—Tilio, mano derecha del Gran Sabio —dijo el Gran Viejo, y su voz llenó la plaza sin necesidad de esforzarse—. Has venido buscando conocimiento. Has encontrado preguntas. Eso es lo que suele ocurrir cuando uno busca la verdad. Las respuestas son fáciles. Las preguntas son las que quedan.
Extendió su mano libre —la que no sostenía el bastón— y la puso sobre la cabeza de Tilio. No era un gesto que Tilio esperara. No era algo que los Elemens hicieran con los visitantes, al menos no con la mayoría.
—Que tu camino de regreso sea claro —dijo el Gran Viejo en la Lengua de los Elemens, y aunque Tilio no entendió las palabras, sintió algo al oírlas. Era como si el sonido mismo de esa lengua antigua tuviera un peso físico, una vibración que resonaba en los huesos—. Que las preguntas que llevas te acompañen sin pesarte. Que encuentres respuestas cuando las necesites, no cuando las quieras.
Retiró la mano. Tilio sintió que algo había cambiado en él, aunque no habría sabido decir qué.
—¿Qué ha dicho? —preguntó a Paul mientras se alejaban.
—Que no te pierdas —respondió Paul—. En el camino de regreso y en la vida. Que hay dos formas de perderse, y la peor no es la geográfica.
Tilio asintió como si entendiera, aunque no estaba seguro de que así fuera.
—¿Y Vyctor? —preguntó mientras se internaban en el bosque, dejando atrás las últimas casas de Eltrix y la luz dorada del escudo que palidecía gradualmente.
—Vyctor se quedó en sus aposentos —dijo Paul—. Hace eso cuando no puede ganar un argumento: desaparece hasta que el problema también desaparece o se convierte en otro. Es su forma particular de paciencia. No la paciencia de esperar, sino la de esperar que los demás cometan errores.
—¿Es peligroso?
Paul tardó un momento en responder, lo cual ya era de por sí una respuesta. No era la pausa de quien busca las palabras, sino la de quien las sopesa.
—Vyctor cree genuinamente en lo que dice —dijo por fin—. Eso lo hace más peligroso que alguien que simplemente ambiciona poder. Los que ambicionan poder pueden ser comprados, disuadidos, distraídos. Los que creen tienen una convicción que no se negocia. Puede convencer a otros de que sus razones son justas, porque él mismo está convencido. La familia Lasmec tiene seguidores en Eltrix. No muchos, pero sí suficientes. Personas que sienten que el nuevo orden del senado de los Sabios ha arrebatado a los Elemens algo que les pertenecía por derecho ancestral.
—¿Y no es cierto? —preguntó Tilio. Era una pregunta peligrosa, lo sabía. Pero la había estado pensando desde que llegó a Eltrix, desde que vio la ciudad y su forma de gobierno, desde que habló con el Gran Viejo y con Vyctor.