Draxcan olía diferente cuando regresaron.
No era un olor que Tilio pudiera haber descrito antes de irse y reconocido al volver. No era el humo de las chimeneas —ese era el mismo de siempre, mezcla de leña de pino y carbón mineral— ni el olor de la multitud —sudor, cuero, perfume barato, comida de la calle— ni la humedad del río que atravesaba la ciudad. Era algo más sutil, más difuso. Era como si el aire mismo de la ciudad hubiera absorbido el estado de ánimo de sus habitantes y lo devolviera en cada bocanada: tenso, quemado, agrio.
Paul lo notó también. Lo notó en la forma en que los guardias de la puerta principal los saludaron —con una rigidez que no era protocolo sino aprensión— y en la forma en que los transeúntes se apartaban a su paso —no con el respeto automático que se tiene a los representantes del senado, sino con el miedo instintivo de quien no sabe si el que se acerca es amigo o enemigo.
—Algo ha pasado —dijo Paul mientras cruzaban la puerta del castillo.
—Algo pasa siempre —respondió Tilio—. La cuestión es si es algo que podemos gestionar o algo que nos va a gestionar a nosotros.
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Las noticias llegaron en capas, como siempre llegan las malas noticias. Primero en fragmentos que no parecen conectados, pequeños datos que por sí solos no significan nada pero que, vistos en conjunto, empiezan a dibujar un patrón. Luego de golpe, cuando el patrón se vuelve inevitable de ignorar, cuando las piezas encajan de una manera que nadie quería que encajaran.
La primera capa la recibió Tilio en la puerta del castillo, de boca de un asistente menor que lo había visto llegar y había corrido a su encuentro con la urgencia de quien lleva días esperando la oportunidad de descargar información.
—Los representantes humanos en el senado de los Sabios presentaron una petición de reforma interna —dijo el asistente, casi sin respirar—. Hace dos semanas. Era una acusación velada de que el sistema seguía favoreciendo a las razas con poder mágico en la asignación de recursos y en la resolución de conflictos. Presentaron datos. Cifras. Ejemplos concretos de los últimos cincuenta años.
—¿Y qué pasó? —preguntó Tilio, aunque ya lo sabía por el tono del asistente.
—Fue rechazada. Doce votos contra nueve. Los cuatro representantes Elemens votaron en el bloque mayoritario, junto con los magos y dos de los elfos. Los humanos votaron todos a favor, obviamente, y los siete elfos restantes también. Pero no fue suficiente.
Tilio cerró los ojos un momento. Doce contra nueve. Una derrota por tres votos. Una derrota que no era aplastante —no era un "no" rotundo— pero que era suficientemente clara como para que no hubiera margen de interpretación. El senado había tenido la oportunidad de hacer algo por los humanos, y había decidido no hacerlo.
—Los representantes humanos —continuó el asistente— tomaron esa derrota con la furia contenida de quien esperaba exactamente eso pero necesitaba comprobarlo de todas formas. Salieron del salón del senado en conjunto, sin decir una palabra, en fila, como soldados que abandonan un campo de batalla perdido. Eso fue en sí mismo una declaración.
—¿Dónde están ahora?
—En sus oficinas. Reax los convocó para reunirse esa misma tarde, pero dos de ellos no aparecieron —no respondieron a los mensajeros, no contestaron las campanas de convocatoria, simplemente no estaban— y los otros siete llegaron con la expresión de quien ya ha tomado una decisión y viene a informarla, no a debatirla.
Tilio subió directamente a la oficina de Reax sin detenerse a cambiarse la ropa de viaje, sin pasar por su habitación a dejar el equipaje, sin siquiera quitarse el polvo del camino. Paul lo siguió, no porque fuera su lugar —Paul tenía su propia oficina, sus propias responsabilidades— sino porque lo que había escuchado en el camino le importaba, y porque Tilio no le había pedido que se fuera.
Reax estaba de pie frente a la ventana. Era la postura que adoptaba cuando algo le pesaba demasiado para sentarse con ella, cuando el cuerpo necesitaba la tensión de estar de pie para procesar lo que la mente no podía resolver en reposo. Su espalda estaba rígida, sus hombros ligeramente encorvados, como si llevara un peso invisible que solo él podía sentir.
—Llegas justo —dijo sin volverse. Su voz sonó diferente: más grave, más cansada—. ¿Encontraste lo que buscabas?
—Algo. No todo. —Tilio puso el cuaderno sobre la mesa, junto a la pila de informes que Reax había estado leyendo—. Antes de hablar de eso, cuéntame lo que está pasando.
Reax se giró por fin desde la ventana. Tenía la cara de alguien que lleva días sin dormir bien —ojos hundidos, párpados pesados, líneas de tensión alrededor de la boca— y también la expresión de quien ha llegado a una conclusión que no le gusta pero que reconoce como necesaria.
—Lo que está pasando —dijo— es que dentro del grupo de representantes humanos ha surgido una facción. Los otros los llaman los Revolucionarios, aunque ellos mismos no usan ese nombre. No sé cómo se llaman a sí mismos. No he podido hablar con ellos directamente. No responden a mis mensajes, no contestan mis convocatorias, no están cooperando con los procedimientos habituales.
—¿Son violentos? —preguntó Paul.
—No —dijo Reax—. Al menos no todavía. Son personas de mediana edad, en su mayor parte. Crecieron en la generación posterior a la guerra elemental, la que no conoció el horror directamente pero lo heredó a través de las historias de sus padres y abuelos. Han pasado toda su vida adulta viendo cómo las reformas del senado de los Sabios mejoraban las condiciones de su raza en el papel pero raramente en la práctica de los barrios donde viven. Conocen la teoría de la igualdad. Han vivido la práctica de la desigualdad.