Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 3

La Herencia del Poder

El sol de la mañana se reflejaba en las torres del castillo Dracking como si quisiera incendiarlas. Era un sol de invierno, pálido y frío, que no calentaba los huesos sino que se limitaba a iluminar las grietas de las piedras. Las banderas de Draxcan, con el emblema del dragón guardián, ondeaban lentamente en la brisa del norte, y en la plaza, la multitud se congregaba con la inquietud de quien sabe que está a punto de ocurrir algo importante.

Tilio estaba en un rincón del balcón, detrás de las columnas de piedra, desde donde podía ver sin ser visto. Sus manos, apoyadas en la barandilla de piedra, estaban frías. No por la temperatura —aunque también— sino por lo que sabía que iba a ocurrir en los próximos minutos.

Reax salió al balcón solo. Sin guardias, sin generales, sin el aparato ceremonial que sus predecesores habían considerado necesario para recordarle a la gente quién era el que hablaba. Llevaba el uniforme de campaña, el mismo que había usado durante la guerra elemental, el mismo que llevaba manchas de sangre que nunca se habían ido del todo. Su rostro estaba serio, pero no severo. Había en él una paz extraña, como la de un soldado que ha visto suficiente batalla y sabe que ha llegado el momento de deponer las armas.

La multitud enmudeció cuando levantó la mano.

—Querido pueblo del Reino Sagrado —dijo Reax, y su voz llegó a la plaza con esa claridad de quien no necesita esforzarse para que le escuchen—. Hoy os comunico tres noticias que cambian la forma en que este reino funciona. No porque yo lo haya decidido solo, sino porque lo que ha ocurrido en estas semanas ha hecho inevitable que así sea.

La primera noticia fue la confirmación definitiva de la paz con Laxkay. No era una sorpresa. La guerra elemental había terminado hacía doscientos cincuenta años, y las relaciones comerciales entre ambos reinos se habían normalizado. Pero la formalidad del anuncio tenía su peso. Era un recordatorio de que los viejos enemigos podían convertirse en aliados, y de que la sangre derramada en el pasado no tenía por qué manchar el futuro.

La segunda noticia fue la liberación de los Once Originales. La multitud, que no sabía si aplaudir o guardar silencio, optó por lo segundo. Los Once Originales llevaban doscientos cincuenta años encerrados en las mazmorras del nivel inferior del castillo, donde las antorchas no ardían y la fosforescencia verdosa de los musgos era la única luz que los acompañaba. Kaida los había encerrado. Reax los había liberado. La justicia, pensó Tilio mientras observaba desde las sombras, a veces tardaba siglos en llegar.

La tercera noticia fue la que nadie esperaba.

—Dejo el cargo de Gran Sabio —dijo Reax.

La plaza quedó en silencio de una manera que no era simple sorpresa sino la suspensión colectiva de la respiración de miles de personas que acaban de escuchar algo que no encajaba en ninguna categoría que tuvieran preparada.

—Lo dejo porque he cumplido lo que vine a hacer —continuó Reax—. Mi antecesor Kaida murió de muerte natural después de ver el cambio que buscaba. Yo elijo algo diferente: elegir mi sucesor mientras todavía puedo hacerlo con criterio, en lugar de esperar a que sea la muerte o la derrota quienes lo elijan por mí.

Hizo una pausa. La multitud contuvo el aliento. Hasta las banderas parecieron detenerse en el aire.

—El nuevo Gran Sabio del Reino Sagrado de Draxcan es Tilio. El primero de la raza humana en ocupar este cargo. El primero en muchas cosas. Elegido no porque sea el más poderoso ni el de mayor linaje, sino porque en todo el tiempo que llevo en este castillo es el único que ha mantenido sus valores intactos sin hacer de ellos una bandera. Que es exactamente lo que este cargo necesita.

Tilio sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era un temblor real —el castillo Dracking estaba construido sobre roca sólida— sino algo más profundo, más interior. Era el vértigo de quien sabe que su vida acaba de cambiar para siempre, y que no hay forma de volver atrás.

La multitud tardó unos segundos en reaccionar. Luego vinieron los aplausos. Primero de los humanos, que no podían creer lo que acababan de escuchar. Luego de algunos elfos. Luego de algunos magos. Y finalmente, tarde pero presente, de los Elemens, que comprendieron que lo que se les ofrecía era la posibilidad de ser lo que siempre habían proclamado ser: los protectores, no los dominadores.

Reax se acercó a Tilio y le susurró al oído, con la voz que solo él podía oír:

—No te pedí permiso porque sabía que lo habrías rechazado. Y este cargo necesita a alguien que no lo desea. Los que lo desean, Tilio, son los que menos deberían tenerlo.

Luego se apartó y alzó la mano de Tilio sobre la multitud.

—¡Que viva el Gran Sabio Tilio! —gritó.

Y la multitud respondió, aunque algunas voces lo hicieron con menos entusiasmo que otras.

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Las Diez Leyes del Senado de Emergencia

Los días siguientes fueron una vorágine de reuniones, decretos y juramentos. Tilio apenas durmió. Pasaba las horas muertas recorriendo los pasillos del castillo con la misma inquietud que había caracterizado a Maez, el joven Elemens encarcelado en las mazmorras, y cuando no caminaba, leía. Leía informes, leía cartas, leía las leyes que Reax le había dejado en herencia.

Diez de esas leyes llevaban la firma de su predecesor. Habían sido aprobadas por el Senado de Emergencia en los días posteriores a la crisis que había sacudido el reino, y ahora eran suyas. Tendría que hacerlas cumplir, aunque no estuviera de acuerdo con todas, aunque algunas le parecieran excesivas, aunque supiera que le generarían más enemigos de los que ya tenía.



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En el texto hay: reino y poder, guerra civil, leyes juridicas

Editado: 02.06.2026

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