El trono de basalto negro no cedía el calor.
Tilio lo descubrió en su primera noche como Gran Sabio, cuando se sentó en él a solas, después de que los sirvientes hubieran apagado las antorchas y los generales se hubieran retirado a sus aposentos. La piedra no estaba fría. Estaba vacía. Vacía de toda calidez humana, de toda piedad, de todo retorno. Era como sentarse sobre la boca de un pozo sin fondo, y cuanto más tiempo permanecía Tilio en él, más sentía que algo dentro de sí comenzaba a resquebrajarse.
Había pasado menos de una semana desde que Reax había anunciado su renuncia en el balcón del castillo, ante una multitud que aún no terminaba de procesar lo que había ocurrido. Los periódicos de Draxcan habían publicado ediciones especiales con el rostro de Tilio en primera plana, acompañados de titulares que oscilaban entre la esperanza cautelosa y el escepticismo mal disimulado. "El primer Gran Sabio humano", decían unos. "El títere de Reax", susurraban otros en los callejones donde los guardias no llegaban. La verdad, como casi siempre, estaba en algún punto intermedio que nadie se molestaba en buscar.
Tilio no durmió esa noche. Ni la siguiente. Se pasaba las horas muertas recorriendo los corredores del castillo Dracking con la misma inquietud que había caracterizado a Maez, el joven Elemens encarcelado en las mazmorras inferiores, cuyos pasos seguían resonando en la piedra aunque llevaba doscientos cincuenta años caminando en círculos. Tilio pensó en Maez mientras recorría los pasillos vacíos. Pensó en Caelum, el anciano de más de mil años que seguía esperando, paciente como una montaña, a que el mundo exterior se pusiera al día con lo que él ya sabía. Pensó en los Once Originales que Reax había liberado, y en cómo la libertad no era lo mismo que la justicia.
Pensó, sobre todo, en las leyes. En las diez que había heredado de Reax. En las tres que tendría que escribir él mismo. En el peso de cada una de esas palabras, que algún día sería sangre derramada en las calles de Draxcan.
Los Nuevos Generales
El tercer día de su mandato, cuando el sol se alzó sobre las torres del castillo con un color anaranjado que parecía más bien sangre diluida, Tilio convocó a los cuatro generales que había elegido personalmente para su gobierno. No lo hizo en la sala del trono, donde las paredes de piedra desnuda y los tapices de batallas antiguas le recordaban constantemente la fragilidad del poder que había heredado. Lo hizo en la Cripta de los Juramentos, una cámara circular excavada en la roca viva bajo el castillo, a la que solo se accedía por una escalera de caracol tan angosta que dos personas no podían cruzarse en ella.
Las paredes de la cripta no estaban decoradas con tapices ni pinturas. Estaban formadas por los escudos oxidados de los caídos en la Guerra Elemental, colocados uno junto a otro como las escamas de un pez gigantesco. Cada escudo tenía grabado el nombre de un soldado, y cuando el viento soplaba en el exterior, el metal resonaba con un gemido grave que parecía el lamento de todos los muertos que Tilio gobernaría a partir de ahora.
Los generales llegaron uno por uno, escoltados por guardias de rostro impasible.
El general de los elfos, Elroan, era el más anciano de los cuatro. Había servido a cinco Gran Sabios a lo largo de sus setecientos años de vida, y tenía el hábito inquietante de observar a las personas como si estuviera leyendo un libro escrito en un idioma que solo él conocía. Su cabello, blanco como la leche, caía sobre sus hombros en ondas perfectas, y sus ojos, de un amarillo pálido que parecía el de un ave rapaz, no parpadeaban nunca. Llevaba una armadura de placas de acero bruñido, tan pulida que reflejaba las antorchas de la cripta como si fueran pequeños soles atrapados en su superficie.
El general de los Elemens, Seraphine, era la única mujer entre los cuatro. Su rostro, de rasgos duros y angulosos, parecía tallado en la misma piedra negra del trono de Tilio. Tenía poco más de trescientos años, lo que la convertía en una adolescente para los estándares de su raza, pero sus ojos grises, del color de las tormentas de invierno, revelaban una madurez que su juventud biológica ocultaba. Llevaba el cabello rapado al cero, siguiendo la tradición de los guerreros Elemens, y en su cuello colgaba una Gema de la Conexión del tamaño de un huevo de gallina, que pulsaba con una luz tenue cada vez que su corazón latía. Se decía que Seraphine había matado a su primer hombre a los doce años, durante la última escaramuza en las fronteras del sur, y que desde entonces no había dejado de pelear.
El general de los magos, Aldric, era el más imponente físicamente. Medía casi dos metros y medio, y su cuerpo, macizo como un roble centenario, parecía desafiar la fragilidad que los ancianos de su gremio solían padecer. Llevaba una túnica de terciopelo azul oscuro bordada con runas de protección, y sobre ella, una coraza de cuero endurecido que había pertenecido a su padre, un mago legendario que había muerto en la Guerra Elemental cubriendo la retirada de un batallón humano. Aldric no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, sus palabras caían como piedras en un estanque, generando ondas que tardaban en disiparse. Se decía que podía partir un muro de piedra con un suspiro y que su poder elemental, el fuego, era tan vasto que los propios Elemens lo respetaban.
El general de los humanos, Marcus, era el único que se mantenía del antiguo régimen. Con sus cincuenta años a cuestas y su prótesis de hierro que chirriaba cuando la movía, era el más callado de los generales, pero también el más observador. Había visto morir a suficientes soldados como para saber que las batallas no se ganan con discursos, sino con grano, vendas y caballos.