Las Crónicas de Draxcan - Volúmen 3

Capítulo II: La Sangre de la Moneda

El Banco Real no nació con un pergamino ni con un discurso. Nació con una ejecución silenciosa, de esas que no aparecen en los periódicos pero que todos en el castillo conocen al día siguiente porque los sirvientes hablan y los guardias callan y los escribas anotan en sus libros de contabilidad con una caligrafía temblorosa.

Los tres contadores del antiguo tesoro real habían sido convocados al gabinete de Tilio una semana después de su coronación. Eran hombres de mediana edad, con las manos manchadas de tinta y los ojos acostumbrados a escrutar columnas de números durante horas. Habían servido a tres Gran Sabios antes de Tilio, y conocían cada recoveco de las finanzas del reino con la misma intimidad con que un padre conoce la cara de sus hijos.

Entraron en el gabinete con la seguridad de quienes saben que su conocimiento es indispensable. Salieron en camillas, con los ojos abiertos y las manos entrelazadas sobre el pecho, como si hubieran muerto rezando. Los médicos dictaminaron muerte por paro cardíaco, un fallo múltiple e inexplicable que afectó a los tres hombres al mismo tiempo. Los rumores, alimentados por los cocineros que habían visto a un hombre encapuchado entrar en el gabinete y salir una hora después con los nudillos ensangrentados, hablaban de otra cosa.

Tilio no confirmó ni desmintió nada. Había aprendido de Reax que el silencio era el mejor de los venenos: no mataba de inmediato, pero se filtraba en los huesos de quienes lo escuchaban y los pudría desde dentro. Los nuevos contadores, nombrados al día siguiente, eran hombres y mujeres de rostro inexpresivo que habían servido en las administraciones de los distritos más leales y que no tenían familia en Draxcan. Eran perfectos. No porque fueran incorruptibles, sino porque no tenían a nadie que los vengara si los corrompían.

Los Cimientos de Sangre

El edificio del Banco Real se construyó en el lugar donde antes se alzaba el mercado de esclavos, un terreno que Kaida había mandado tapiar después de la guerra pero que nunca había llegado a demoler del todo. Era un lugar maldito, decían los ancianos. Un lugar donde la tierra había absorbido tantos siglos de sufrimiento que ya no podía lavarse con nada, ni con agua, ni con magia, ni con el paso del tiempo.

Los trabajadores que excavaron los cimientos encontraron huesos. Muchos huesos. Restos de los que habían muerto encadenados, cuyos cuerpos nunca fueron reclamados porque sus familias también habían muerto o porque habían sido vendidos a reinos tan lejanos que sus nombres se perdieron en la traducción. Calaveras con las cuencas vacías mirando al cielo desde el fondo de la zanja. Fémures rotos, costillas astilladas, vértebras que aún conservaban los grilletes oxidados.

Tilio ordenó que los huesos no se retiraran.

—Que la tierra recuerde —dijo a los capataces que lo miraban con los ojos desorbitados— lo que cuesta ignorar la economía.

Los huesos se mezclaron con la cal y la arena, y los muros del Banco Real se levantaron sobre ellos. Los obreros juraron que durante las noches se oían gemidos provenientes de las paredes, pero nadie presentó una queja formal. En Draxcan, las quejas formales tenían la molesta costumbre de desaparecer junto con quienes las presentaban.

El Templo de la Balanza

La acuñación de la primera moneda, el Daz Imperial, fue un evento que ningún presente olvidó jamás. Tilio la convocó para la noche de luna nueva, cuando el cielo estaba tan oscuro que las estrellas parecían agujeros en un manto negro a través de los cuales se filtraba la luz de algún otro universo. El lugar elegido fue el Templo de la Balanza, una estructura circular de piedra negra que había permanecido cerrada desde la caída del último rey brujo, hacía más de mil años.

Los magos del gremio de los Selladores habían puesto siete candados en la puerta, cada uno forjado con un metal diferente y cada uno protegido por una runa de olvido que borraba el recuerdo del lugar a quienes se acercaban demasiado. Los sellos eran tan poderosos que incluso los pájaros evitaban volar sobre el templo, desviándose instintivamente como si una barrera invisible los empujara.

Tilio hizo romper los candados uno por uno, con un martillo de hierro que había pertenecido a un verdugo del antiguo régimen. El martillo era pesado, de un metal tan oscuro que parecía absorber la luz de las antorchas. Su mango estaba gastado por el uso, y en la cabeza aún se veían manchas oscuras que ningún lavado había podido eliminar.

El sonido de cada golpe resonó en las calles vacías del Distrito Imperial como un latido de algún corazón enterrado bajo la ciudad. Los vecinos se asomaron a las ventanas, vieron las antorchas y las sombras, y volvieron a cerrar los postigos sin hacer preguntas. En Draxcan, las preguntas eran el primer paso hacia la desgracia.

Cuando la última runa se quebró y la puerta se abrió, el aire que salió del interior del templo olía a incienso y a sangre seca, a algo quemado y a algo podrido, a siglos de abandono y a siglos de algo peor que el abandono. Los operarios que entraron primero salieron arrastrándose, con las manos en la cara, diciendo que habían visto cosas que no podían describir. Hablaban de paredes que respiraban, de sombras que se movían sin fuente de luz, de susurros en un idioma que ninguna persona viva podía entender.

Tilio les ordenó callar y volver a entrar.

Obedecieron. En Draxcan, la obediencia era la única virtud que se premiaba con la vida.

El Crisol

El interior del templo era más grande de lo que parecía desde fuera. Las paredes, cubiertas de frescos que representaban figuras aladas con rostros de bestia, se curvaban hacia arriba formando una cúpula que se perdía en la oscuridad. Los frescos eran antiguos, anteriores a la fundación de Draxcan, y mostraban escenas que ningún libro de historia registraba: dioses con cabezas de animal, sacrificios humanos, la creación y destrucción de mundos.



#1206 en Fantasía
#219 en Magia

En el texto hay: reino y poder, guerra civil, leyes juridicas

Editado: 02.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.