—Hoy es un día hermoso —dijo Augusto Beltrán—. El más hermoso de todos.
Lo dijo mirando el cielo desde el suelo de una avenida, con la espalda sobre el asfalto caliente y la sangre extendiéndose despacio a su alrededor. Le habían disparado mientras huía. No era la primera vez que huía, pero sí sería la última. A su lado, una niña de ocho años lo abrazaba con los brazos demasiado cortos para rodearle del todo, llorando con esa clase de llanto que no hace ruido porque el cuerpo no sabe cómo procesar algo tan grande.
—Pequeña —dijo él, acomodándose con dificultad—, hoy tal vez me vaya de este mundo. Pero tú tienes un gran futuro por delante. Debes levantarte y no cometer mis mismos errores. Ni los de tu madre.
—No, papá. No me dejes. Yo no puedo seguir si no estás a mi lado.
—Sí puedes —dijo él—. Tú eres una chica fuerte. Por eso te llamé como a ella. Carolina Estefanía Beltrán.
Terminó de decirlo y cerró los ojos. Su pecho se quedó quieto. El asfalto siguió caliente. Las autoridades llegaron en algún momento después y separaron a la niña del cuerpo, y Carolina Beltrán gritó con toda la fuerza que tenía, que era mucha, porque siempre había tenido mucha fuerza, aunque en ese momento no le sirviera de nada.
Siete años después
El orfanato duró lo que duró. Escapó a los once, antes de que las paredes tuvieran tiempo de volverse permanentes. A los quince ya llevaba suficiente tiempo sola como para saber manejarse, que no es lo mismo que estar bien, pero a veces es suficiente.
Carolina era difícil de leer a primera vista, que era exactamente el efecto que buscaba. Piel blanca, cabello negro y largo, faldas largas y suéteres de cuello alto en cualquier clima: la imagen completa de alguien sencilla, discreta, del tipo de chica que los hombres solos en centros comerciales identifican como segura de abordar. Ella lo sabía. Lo había aprendido con rapidez y lo usaba con precisión.
Esa tarde se sentó en uno de los bancos del centro comercial con una bolsa de papel en el regazo y esperó. No tardó mucho. Nunca tardaba mucho.
El hombre era de mediana edad, algo calvo, con esa expresión de quien lleva demasiado tiempo tomando decisiones que nadie va a cuestionarle. La miró, calculó, y se acercó.
—¿Estás sola, hermosura?
Carolina levantó la vista con la sonrisa que tenía preparada para estas ocasiones: ni demasiado amplia ni demasiado corta, exactamente en el punto donde parece espontánea.
—Sí, lo estoy, dulce señor.
El apartamento era pequeño y olía a comida recalentada y a descuido acumulado. El hombre le sirvió algo de comer y le señaló el baño con esa hospitalidad de quien ya está pensando en lo que viene después. Carolina agradeció con una sonrisa y cerró la puerta.
Se miró en el espejo.
El espejo del baño era pequeño y tenía una mancha en la esquina inferior derecha, y en él se veía exactamente como era: una chica de quince años con cara de nada y manos que sabían cosas que no debían saber a esa edad. Se lavó las manos despacio, con agua fría, mirándose.
—Ya estoy harta —dijo en voz baja, casi sin mover los labios—. Harta de llenarme de sangre de estos idiotas.
No lo dijo con rabia. Lo dijo con el tono plano de quien constata algo, como quien dice hace frío o se acabó el café. Eso era lo más inquietante de Carolina, aunque no hubiera nadie ahí para inquietarse: que el horror en ella no sonaba a horror. Sonaba a cansancio.
Secó las manos. Salió del baño.
Lo que siguió duró poco. El hombre no llegó a gritar más de una vez antes de entender que gritar no iba a cambiar nada. Con un movimiento rápido se montó sobre su pecho y le abrió la garganta, dejando que la sangre se derramara en el suelo. Carolina trabajaba con eficiencia y sin prisa, dos cualidades que no suelen ir juntas en alguien de quince años, o en nadie, realmente. Cuando terminó, se limpió la cara con el dorso de la muñeca y volvió al espejo del baño.
Esta vez se reía.
No era la risa de alguien contento. Era algo más parecido a la risa de quien descubre que una cosa que debería costarle no le cuesta nada, y no sabe todavía si eso es un alivio o una condena.
—Cada vez es más fácil —dijo al reflejo—. No sé si eso es bueno.
El reflejo no opinó.
La entrada
Se duchó, se cambió con ropa del armario del hombre que le quedó grande pero era limpia, y se acomodó en la cama con la distancia práctica de quien ya ha aprendido a no mirar demasiado lo que hay en el suelo. Durmió. Lo hacía bien: era otra de las cosas que no le costaban.
A la mañana siguiente, mientras se arreglaba frente al espejo del dormitorio, vio el papel pegado en el marco: una entrada para una convención que se celebraría ese fin de semana en la ciudad. Estaba ahí como esas cosas que aparecen cuando uno ya no las busca.
La despegó. La miró. Pensó en los eventos de ese tipo: mucha gente, mucho ruido, mucha variedad. Mucha distracción.
—En esta clase de lugares —dijo en voz baja, doblando la entrada y guardándola en el bolsillo de la falda— siempre aparecen los más interesantes.