Las mañanas eran abrumadoras, lo único que deseaba era quedarme en cama. No quería salir, no a la luz, prefería la seguridad de mi hogar. Mi casa solo estaba iluminada con bombillas que colgaban del techo de un color gris claro. No había ventanas que me permitieran ver el amanecer ni el cielo, cosa que realmente me traía paz.
Con pesar me levanté y empecé a prepararme para ir a trabajar. Fui al baño de una forma perezosa; cada paso que daba se sentía como una tortura. Al terminar de ducharme, lo cual no solo era un ritual para limpiar mi cuerpo, sino también para despejar mi mente de tantos pensamientos abrumadores. Podía sentir cómo mi mente se aclaraba por un instante.
Comencé a vestirme con mi traje gris, el mismo color del que estaba pintado el resto del mundo. Todo era monótono y sin vida, lleno de reglas y restricciones, pero tampoco tenía ganas de que eso cambiara, ya tenía más que suficiente con mi vida y todo lo que venía al cruzar el umbral de la puerta.
Me serví una taza de café caliente, esperando quemar mi esófago para sentir algo más que ansiedad y preocupación. Cuando ya estaba listo, me tomé un tiempo para respirar frente a la puerta antes de salir. Repasaba cada regla tal como me había dicho mi madre desde pequeño; cada movimiento de mi cuerpo debía ser cuidadoso al salir de mi hogar, cada paso, cada respiración y, lo más importante, cada lugar que mirara debía ser con mucha cautela. Después de varios minutos intentando tranquilizar el sudor de mis manos, me di el valor de dar vuelta la manilla y abrir la puerta.
Un gran pasillo se extendía frente a mí, di los primeros pasos fuera de mi departamento y, con pesar, cerré la puerta detrás de mí. Bajé por las escaleras hasta llegar a la recepción del edificio. En ese momento aún no podía ver el exterior, solo una pequeña luz se colaba por debajo de las grandes puertas que me llevarían a la calle. Con timidez saludé al conserje, el cual me respondió con un pequeño gesto antes de darse la vuelta, para dar la espalda cuando la puerta se abriera.
Caminé con temor, podía sentir cómo mis piernas temblaban. De pronto, la voz de mi madre sonó en mi mente: “Jamás mires arriba”. Bajé la mirada a mis pies, me puse mi gorro y, con un último respiro, abrí la última puerta que me separaba de mi mayor miedo.
***
No pasó mucho tiempo hasta que me uní a la gran multitud gris que caminaba cabizbaja. Cada paso era con sumo cuidado, en el cual debía mantener mi distancia. “Tengo que seguir el ritmo”, me repetía mentalmente. Lo peor es que no había nada que me pudiera distraer del miedo que recorría cada uno de mis nervios, crepitando sin cesar. Esto me provocaba un malestar en el estómago, el cual se me apretaba con cada pestañeo o al luchar contra el instinto de liberar la presión de mi cuello doblado.
Las calles no cambiaban; todas las baldosas eran iguales, lisas, del mismo color gris que llevaba en mi ropa, que manchaba cada edificio y que pertenecía a la misma naturaleza. A veces solo cambiaba el tono de gris, en alguno más claro o más oscuro, pero todo era igual y monótono. No ayudaba a sentir que mi caminata fuera más corta; de hecho, era todo lo contrario.
Poco a poco, más gente de otras calles comenzó a unirse a la multitud; el espacio se acortaba entre cada cuerpo y, aunque el deseo de buscar aire fresco me consumía, seguía con la mirada baja en cada paso que daba. Todos íbamos en silencio, lo único que sonaba en esta ciudad eran los pasos sincronizados de todos los hombres y mujeres. Todo iba como siempre, la misma rutina, las mismas direcciones, sentir las mismas respiraciones y ver la misma ropa en cada persona.
Cuando llegué a una intersección de una de las calles, sabía que quedaba poco para llegar a mi destino, lo que me hizo respirar con cierta tranquilidad. Ese fue mi peor error, sentir que estaba a salvo. De a poco se fueron escuchando leves murmullos, hasta que en un instante el tono de voz comenzó a subir, hasta escuchar los gritos de una persona. Algunos de la multitud se detuvieron, otros siguieron caminando. Yo fui de los que se detuvo; conocía muy bien a qué se debía ese grito y mi único instinto era tirarme al suelo y taparme los oídos.
No podía entender qué era lo que gritaba aquella persona. Una parte de mí tenía curiosidad, otra solo quería correr. La persona comenzaba a acercarse a la dirección en la cual me encontraba; eso me hizo entrar en pánico. Mi corazón comenzó a saltar dentro de mi pecho de forma descontrolada. Esta sensación me recordaba a mi niñez, en la casa de mis padres, cuando mi papá enloqueció.
La voz se acercaba y, desde mi altura, podía ver cómo algunas personas más adelante se abrían para darle paso al extraño que gritaba. Cuando ya estaba lo suficientemente cerca, pude distinguir que era una mujer, y poco a poco comencé a entender cada palabra que salía de su boca.
—¡Miren al cielo! ¡Los dioses nos están esperando! —gritaba con fervor—. ¡No teman!
Quise hacerlo, quería creerle, tal y como una vez le quise creer a mi padre. Sus delirios comenzaron desde que vio el cielo, aquellas nubes negras, de formas extrañas que flotaban. Al inicio solo decía cosas como: “Es hermoso”, “Todos deberían ver esto”. Pero entre más pasaba el tiempo, sus palabras tenían menos sentido. El peor momento fue cuando ambos estábamos solos en casa y me obligó a salir al patio y a la fuerza quiso que mirara el cielo: “¡Es una revelación! ¡Esto es lo que significa estar vivo!”. Solo recuerdo haber cerrado los ojos con fuerza; le pedía entre sollozos que me dejara, que yo no quería enloquecer como él, pero no me hacía caso. Cuando mi madre llegó, logró arrebatarme de sus brazos. Luego de eso no pasó mucho tiempo hasta que mi padre desapareció de nuestras vidas para siempre.