Pilastra, Etrasia. Año 599 de la N.E.
Dos años después.
Sábado 14 del mes once.
Dos años pasaron desde aquella mañana en la que despertó en busca de Seidel y solo encontró una escueta nota: «Volveré en el tiempo indicado», decía.
Tal vez algún día entendería qué había querido decir, por qué se había marchado de esa manera, y por qué los hombres que amaba y en los que confiaba siempre la abandonaban.
Esa mañana se refugió debajo del algodón de uno de sus más pesados abrigos, a pesar de ser una incendiaria, siempre sentía frío. Hundió su nariz en su bufanda blanca de lana y descendió las escaleras.
Se encontró con una imagen que hasta ese punto de su vida se había convertido en repetitiva: Marie agotada, luego de una pesada noche de trabajo, desplomada encima de una pila de cuentas de gastos.
Los ahorros ya no alcanzaban, eso era obvio. Arriba, coronando la montaña de cuentas, estaba como siempre la vieja pintura de la bella bailarina que Marie sacaba de tanto en tanto de uno de los cajones de aquel escritorio, como buscando en ella quién sabe qué. El lienzo estaba tan dañado que era increíble que no se deshiciera con un simple soplo del viento. Lo guardaba celosamente desde que lo había encontrado, junto con los extraños rollos de papel que llevaba Zenyi en su mochila.
Ahnyei se despidió de Marie, pero ella no la escuchó. Era una escena un tanto común. Salió de su casa preguntándose una vez más, cuál era la historia del lienzo que tanto le afectaba.
Caminó a la estación del tren, el recorrido era el de siempre: numerosos árboles enfermos que ya no daban frutos pero que crecían flanqueando la vereda; flacos, altos y espigados, de un verde amarillento. La hierba mala crecía con insistencia entre el adoquinado de las calles, a pesar de que el distrito ponía empeño en arrancarla. Las paredes de la estación del tren se cubrían de boletines de búsqueda de chicas de entre quince y veintitantos años, algunas de ellas buscadas desde hacía más de diez años. Pilastra era un buen lugar para vivir, pero de cuando en cuando la sociedad se sacudía por alguna extraña desaparición.
Los televisores en la estación se encendían de forma esporádica, solo para comunicar las noticias y anunciar por las noches el toque de queda. Ningún otro programa era permitido en Pilastra y sus distritos aledaños.
Las líneas del tren que conectaba Pilastra con el resto de los distritos no estaban del todo terminadas, faltaban conexiones o a veces sufrían reparaciones o cortes de luz. La línea escarlata la llevaba a las afueras de la ciudad, en la frontera entre Pilastra y Almena. El Mercado de los Soles era el punto de encuentro para la afluencia del turismo y verbenas de la Sede de los Cinco. Ella pagaba el derecho a la alcaldía para administrar un pequeño taller de fabricación y venta de esculturas.
A esa edad ya era una artista, creaba hermosas figuras de vidrio, papel o madera. Cualquier material que llegaba a sus manos, terminaba siendo una obra de arte. Era uno de los tantos dones que le habían sido concedidos y que había cultivado luego de la partida de Seidel.
Era muy alta para tener diecisiete años, de cabellos muy lacios y largos, negro profundo, siempre sueltos al viento. Sus ojos rasgados, amarillos y brillantes con la luz del sol parecían atrapar sus rayos para tornarse completamente dorados. Su cabello enmarcaba una piel translúcida como la luna, en franco contraste con sus labios escarlata.
Teho Carysel, un joven parlanchín apenas un año mayor que ella trabajaba en la tienda contigua y a menudo le ayudaba administrando sus finanzas.
Lamentablemente, la partida abrupta de Seidel solo había generado un gran hueco en las finanzas de los Wisdel. Al dejar algunos trabajos inconclusos y no cubrir las garantías con los bancos, sobre los Wisdel pesaba una gran hipoteca.
Marie trabajaba de noche en el taller de Hilos y Sedas. Ahnyei, por su parte, ayudaba solventando algunos gastos con aquel pequeño taller. Con esto, procuraban cubrir los montos mensuales que exigía el banco, así como el respectivo impuesto eclesiástico y no dar rienda suelta a los cotilleos de la gente ni tener problemas con la autoridad.
Teho era un gran amigo. Él y su hermanita Mera eran las únicas personas que no se amedrentaban con facilidad con su peculiar apariencia. Ahnyei sabía que podía contar con ellos y después de todo, Teho, con su cabello a los hombros teñido de azul y piercings en labios y orejas, junto con sus ideas extrañas se salía del molde común de los chicos de Pilastra.
Teho era el hijo del jefe de la Guardia de Pilastra. Un chico de ojos grises y traviesos, cabellos azules, crecidos hasta los hombros. Era alto y larguirucho y se encorvaba al caminar. Era la persona más amable y lista que jamás había conocido.
Con gracia, ambos contaban sus ganancias al final de la jornada y hablaban de huir algún día de aquel pueblo e irse a ciudad Sinap, el distrito de la ciencia y la tecnología, ubicado en la Nueva República.
—¡Ahn! ¡Qué hay! —saludó Teho muy despreocupado, recorriendo la cortina que separaba sus tiendas. La apariencia de vago le daba un toque gracioso. ¿Cuánto tiempo hacía que no lo veía? No lo recordaba.
Sonrió, le agradaba volver a verlo, pero fingió no reconocerlo para jugarle una broma.
—¡Soy yo! ¡Teho! Tu mejor —mejor dicho—, tu único amigo. ¡He vuelto!