En los asentamientos de una tierra llena de vida, rodeada de un paisaje verde que oculta las chozas hechas de bajareque, el Gran Maestro —a quien llaman Noj Bej, el Gran Camino— enseñaba a los niños del futuro la vida de sus antepasados. El lugar de aprendizaje era al aire libre, de tierra compacta y limpia, libre de piedras, hojas y ramas. El Noj Bej permanecía sentado en un tronco de madera resistente y portaba un bastón de madera de granadillo; objetos que alguna vez su padre utilizó en ese mismo sitio para la enseñanza. El Noj Bej portaba un collar largo de bolitas de jade, un hueso delgado afilado en la nariz y conchas como aretes. En las muñecas tenía brazaletes de jade. El cabello blanco y largo lo tenía suelto, era fino y brillante como la plata. Portaba un ex —un taparrabo blanco de algodón— que dejaba al descubierto sus piernas y todo el torso. El ex tenía bordados en las orillas de color verde y rojo, representando la naturaleza y el hogar donde vivían.
—Hoy, aprenderán historia, sí, historia de nuestra madre tierra.
—¡Síííí! —todos los niños sonreían y aplaudían.
El grupo estaba conformado de diez niños, entre cinco a siete años. Ellos portaban un ex sencillo sin bordados y todos llevaban aretes de conchas pequeñas.
—Antes de comenzar, ¿alguien sabe que significa esto que tengo aquí? —señaló el hueso que tenía incrustado en la nariz y el jade en la parte inferior del labio.
Los pequeños sonrieron haciendo una negativa con la cabeza.
—Esto, es un símbolo de valentía.
—¿Cuándo tendré el mío? —dijo un niño llamado Ikal que tenía el pelo corto, pero alborotado.
—Tu nombre lo dice todo, Ikal. Se nota tu espíritu. Sólo lo lograras si eres un guerrero como tu padre.
—¿Si soy un guerrero? —dijo otro niño llamado Kinch, quien era el más gordito de la clase. Se notaba sus mejillas regordetas, que hacían parecer que sus ojos sean rasgados.
—Sí —hizo una pausa—. Escúchenme. Este símbolo solo lo portarán aquellos que sean reconocidos, que tengan un rango en nuestra Cah, nuestra ciudad.
—¿Alguien es valiente? —preguntó el Noj Bej inclinando su cuerpo hacia adelante para mirarlos a los ojos.
—¡Síííí´! —todos gritaron al unísono, emocionados. Mantenían los brazos arriba.
—Eso creí —sonrió y después recobró su postura.
—¡Yo primero tendré el mío! —Kani se levantó y extendió con fuerza ambos brazos hacia el cielo.
El Noj Bej soltó una carcajada, a diferencia del anterior, él se divertía con los niños, por eso a ellos les encantaba aprender con él.
—Siéntate, Kani.
Los pequeños reían y miraban a Kani. El Noj Bej golpeó su bastón con fuerza sobre el tronco.
—Cálmense, cálmense —golpeó nuevamente su bastón.
Los pequeños poco a poco comenzaron a tranquilizarse y prestar atención al Noj Bej.
—Pero muchos de ustedes, no llevarán el símbolo de la valentía. Solo lo llevaran aquellos que sean Señores, líderes, nobles, sacerdotes, profetas, chamanes y —hizo una pausa y miró cada uno de ellos—, guerreros. Quienes no pertenezcan o no sean reconocidos, nunca lo portarán.
El aura de los pequeños cambió cuando escucharon las palabras del Noj Bej. Lo miraban con inocencia. Ser crudo y directo con los pequeños era parte de la enseñanza. Y todos los del pueblo lo sabían. El Noj Bej notó miradas tristes, casi palpables.
—Ahora hablemos de nuestra historia. Sus padres ya les habrán contado un poco, así como lo hicieron los abuelos a ellos. Pero conmigo, les diré algunos secretos —el Noj Bej regaló una sonrisa a todos los pequeños. Ellos hicieron los mismo, los ojos de cada uno mostraron alegría y felicidad—. ¿Alguien sabe de dónde venimos?
—¡Yo! ¡Yo! —gritaban.
—Tú, el que tiene el cabello revuelto. Dime.
—Mi papá dice, que venimos de la selva, de los árboles.
Todos los niños rieron. El ambiente entre pupilos y maestro, cambió repentinamente.
—Venimos de un lugar dónde las aves presumían sus alas, sus plumas. Y sus cantos eran algo místico. Los árboles frondosos, milenarios, nos dejaron maravillados por su fortaleza, grandeza. Nuestros Dioses nos brindaron la naturaleza, algo hermoso y bello —hizo una pausa y golpeó la punta de su bastón con fuerza sobre el tronco. Todos los niños sentados sobre hojas de Chit, se sacudieron por la inesperada acción del gran anciano y luego sonrieron—. El padre de nuestro Halach Uinic —el Gran Señor—fue un hombre respetado, amado, por darnos una vida llena de paz y armonía… Pero… —dijo con tristeza—, la paz llegó a su fin a nuestra tierra.
El gran anciano se sumió en el silencio por unos instantes.
—¿Cómo se llamó ese lugar? —dijo Ikal.
El gran anciano miró al niño, recordó a uno de sus hijos, que en el pasado tenía esa misma edad.
—¡Síííí! —alzaron la voz llenos de alegría.
—¿Cómo era? —dijo Kinch—. ¿Había mucha comida?
Todos los niños rieron y voltearon a verlo.
El Noj Bej seguía mirándolos con seriedad, con mirada vacía y melancólica.
Los niños dejaron de mirar al niño gordito y dirigieron la mirada a Noj Bej. Cuando él se dio cuenta de todas esas miradas de inocencia, dijo con voz clara y dócil:
—Nacimos en un lugar donde el sol es nuestro padre, nuestra luz. Lugar en el que veíamos al sol despertar y luego dormir. Nuestra madre tierra era generosa, dándonos siempre el alimento. Dónde las copas de los árboles milenarios nos brindaban sombra, vida y nos protegían de las intensas lluvias. Esa tierra fue llamada: Kinii —Tierra del Sol— es de allí de donde vinimos, y este nuevo hogar, donde el rio rojo se armoniza con el atardecer, nos recuerda esa tierra. A honor a ella, nuestro Halach Uinic Xa Káak-K’yoc la nombró Chak Ha’ —Agua Roja— nunca lo olviden.
Los niños permanecían sentados, ninguno de ellos emitió sonido alguno cuando el Noj Bej terminó de decir sus palabras. Todos pensaron enseguida en el agua roja que siempre escuchan contar, pero ninguno de ellos lo había visto.