Las Crónicas De Valterra

PRÓLOGO - Las montañas del Sur

La nieve empezó a los dos días de camino, y desde entonces la montaña no dejó de cerrarse sobre ellos.

Al principio fueron manchas blancas entre los pinos, un polvo que el viento arrancaba de las ramas y dejaba caer sobre los hombros de los jinetes. Después los pinos se hicieron más bajos y más torcidos, y el suelo desapareció bajo una costra dura que crujía bajo los cascos. A media tarde del tercer día ya no quedaban árboles. Solo roca desnuda, ventisqueros y un cielo del color del estaño. Hacía horas que no veían huellas de animales, ni siquiera de lobos, y ningún pájaro cruzaba el cielo. Aldren lo atribuyó al invierno.

Aldren Veyer se subió el cuello de la capa. Tenía cuarenta y siete años, y el frío llegaba a sus viejas heridas antes que a la piel: a la rodilla que le había destrozado una maza, al hombro, a los dedos que ya no cerraban del todo. Sobre la coraza, bajo una capa de escarcha, apenas se distinguía el emblema de los Caballeros de las Cenizas: una espada alzada entre llamas consumidas.

Su alazán de hocico blanco resopló una nube de vapor.

—Ya falta poco, Bronce.

Detrás venían los otros tres.

Bernart cabalgaba encorvado, con las manos enormes colgando sobre las riendas. Había sido enterrador en una aldea de las tierras bajas, hasta que la aldea se quedó sin nadie que pagara por enterrar a nadie. Cada noche anudaba una cuerda que llevaba atada al cinto: un nudo por cada día de paga que la orden le debía. Aldren había contado treinta y un nudos.

Nerio iba a su lado, flaco, de ojos pequeños y quietos, escupiendo al suelo de vez en cuando. Decía que había sido arriero, pero se sentaba en la silla como quien ha marchado mucho tiempo detrás de una bandera, y nunca se detenía en un sitio sin tener algo sólido a la espalda.

El último era Tomek, diecisiete años, con las orejas rojas de frío y el modo de montar de quien aprendió en un establo ajeno. Imitaba, sin darse cuenta, la forma en que Aldren sostenía las riendas.

Los tres llevaban poco más de tres meses en la orden. Caballeros en entrenamiento, los llamaba el reglamento, pero el reglamento se había escrito cuando la orden podía elegir a sus hombres. Ahora tenía ciento cuarenta espadas para sesenta leguas de frontera, y un capitán salía con quien quedaba.

—Dos cabras —masculló Bernart—. Nos ofrecieron dos cabras y usted dijo que no.

—¿Y dónde las habríamos llevado?

—Pa' vender. ¿Dónde va a ser?

—¿En la montaña?

—En algún momento hay que bajar de esta mierda de nieve.

Nerio soltó una risa corta, sin alegría.

—Yo a la hija del molinero no le habría dicho que no, capitán. Lo miraba muy agradecida.

—Tenía marido —dijo Tomek.

—No dije que me la quería llevar. Dije que estaba agradecida.

Aldren no sonrió.

—Esa gente ha perdido bastante. No salimos a cobrarles lo poco que les queda.

—Claro. —Bernart escupió a un costado—. Porque a nosotros nos sobra la comida.

Aldren abrió la boca y volvió a cerrarla. La noche anterior había visto a Bernart cortar la hogaza sobre el muslo con el cuchillo sucio, y a Nerio reírse porque el capitán se lavaba las manos antes de comer. Pan duro, y se lavaba las manos. Le había parecido una broma entre camaradas.

Vallecruz había estado a punto de desaparecer.

Una partida de Orsolo, la región vecina del oeste, había cruzado la frontera aprovechando que nadie la vigilaba. Eran dos docenas. Bastaron para incendiar tres granjas, vaciar los graneros y colgar de un álamo a los campesinos que se negaron a entregar el grano. Los Caballeros de las Cenizas llegaron la segunda noche. Aldren todavía tenía en la nariz el olor de los techos ardiendo, y en los ojos la cara de sorpresa del oficial enemigo cuando una flecha le atravesó la garganta.

Vallecruz había enterrado a siete. La orden, a dos. Uno de ellos tenía veinte años y llevaba en la bolsa una carta para su madre, sin terminar.

Al amanecer, una anciana le había tomado la mano para besársela. Aldren la retiró con suavidad y le pidió que no lo hiciera. Detrás de ella, los niños escarbaban entre los restos de un granero buscando granos que el fuego hubiera perdonado.

Así estaba Sarrenia desde hacía diez años. La casa Corvalán que la guardaba para la corona de Meridian se había alzado en armas, y Aldren, que era entonces capitán de sus tropas, había luchado por ella hasta el final. Perdieron contra la capital y contra los reinos vecinos. Su castillo, con media muralla derrumbada, lo ocuparon los caballeros que sobrevivieron y los campesinos que tomaron las armas, y de ellos nació la orden. Empezaron con un ideal limpio: defender a quienes no podían defenderse. Ahora Meridian mandaba cartas y nunca hombres, Orsolo mordía la frontera una aldea cada vez, y en el resto del continente todavía se hablaba de los Caballeros de las Cenizas como de valientes. Aldren sabía cuánto de eso seguía siendo verdad. Había visto caer a su señor en el patio del castillo y había jurado, sobre su cuerpo, que nadie más moriría indefenso mientras él pudiera sostener una espada. Ya no estaba seguro de si aquello era una promesa o una condena.

Antes de que salieran de Vallecruz, el anciano del pueblo les había entregado un pergamino enrollado.

—Era de mi abuelo. Decía que en las montañas del sur había minas de antes de que existiera el pueblo. Que sacaban piedras que brillaban como brasas.

Desde la puerta, Nerio había preguntado cuánto valía una piedra así. El anciano se rio. Aldren lo notó, y lo olvidó enseguida: el hambre vuelve curiosos a los hombres.

Las órdenes eran volver a la fortaleza. Pero necesitaban dinero. Las armaduras no se reparaban con buenas intenciones, los caballos comían, los herreros cobraban, y cada invierno llegaban más refugiados a las aldeas que aún resistían. Una sola piedra podía cambiar eso. Aldren tomó la decisión esa noche, sin consultar a nadie: cinco días de desvío, quizá seis.



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En el texto hay: fantasia, magia, guerra

Editado: 16.10.2026

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