Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO I LA CEREMONIA

El sol de otoño se filtraba levemente por las ramas doradas y marrones de los árboles, tiñendo la plaza central de destellos cálidos.
Era un día en el que mi madre, por una extraña razón, estaba muy nerviosa. Se despertó súper temprano y me dio un nuevo brebaje, raro en ella (nótese el sarcasmo). Esta vez, la bebida era extraña: de color azul brillante, nunca había visto una igual. Pero, te soy sincera, al ser hija de una Maestri de la naturaleza y la comunicación entre familias, no era nada fuera de lo común. Al menos, no para mí.

Al ver que mi madre me regalaba una bata y unos zapatos celestes, me di cuenta de que sería el día más ajetreado de todos: “La ceremonia del equilibrio”.

Finalmente había llegado el momento en el que decidirían cuál era el peso de mi alma.

—¡Espera! —gritó desesperadamente.
—No te comenté cómo me llamo —gritó otra vez.
¿Aun así sigues aquí? ¡Wow, me caes muy bien!

Me llamo Carisse Delain, aunque casi nadie pronuncia ya ese nombre.
En la tribu Hanaq, en el corazón del linaje Frieden, todos me llaman Cazi.

Soy la hija menor de una familia donde los dones no se heredan como bendiciones, sino como responsabilidades.

Nací entre rituales, brasas y raíces. Crecí escuchando a la tierra antes que a las personas.

Mi madre, Nicori Armog, es Maestri de la naturaleza y de la comunicación. No necesita alzar la voz para ser escuchada: los animales se aquietan cuando pasa, las plantas se inclinan hacia su sombra, y las personas —incluso las más rotas— acaban diciéndole verdades que juraron llevarse a la tumba. De ella aprendí que hablar no siempre es emitir sonidos, y que escuchar puede ser una forma de sanar.

Mi padre, Mildan Frieden, es Maestri del fuego, exjefe de los clanes y estratega de guerra del mundo antiguo. Sus manos todavía conservan el calor de las batallas que ya no libra, y sus silencios pesan más que cualquier grito. En casa, el fuego no se usaba para destruir, sino para recordar: cada llama era una historia, cada cicatriz, una lección. De él heredé el respeto por aquello que puede consumir… o proteger.

Mis hermanos crecieron como si el mundo les hubiera asignado un rumbo antes de nacer.

Eryel Frieden Armog, Maestri de las artes, convierte la emoción en forma: pinta lo que otros no se atreven a nombrar, talla lo que muchos prefieren olvidar. Tiene un control increíble de todos los elementos y los de la tabla periódica son sus favoritos.
Dacris Frieden Armog, Maestri de las nuevas tecnologías, ve patrones donde otros ven caos; construye puentes entre lo antiguo y lo que aún no existe, maneja todo tipo de tecnología; desde el celular más antiguo hasta instrumentos poco conocidos.

En este mundo, de acuerdo con el peso de tu alma, te asignan como Maestris, Dilentis o Yentis.

  • Los Maestris: los sabios de la tribu, quienes poseían el peso del alma más alto y eran designados para guiar a los demás. Todos los Maestris tenían dones, normalmente entre dos y tres.
  • Los Dilentis: aquellos con un peso de alma moderado. Resguardaban el orden y brindaban seguridad, además de divulgar los avisos de los Maestris cuando era necesario. Su mayor tarea era impedir el paso de los Vacíos (personas que vivían en la miseria del oro verde y la desdicha material). Solo tenían un don.
  • Los Yentis: personas con un peso álmico no tan alto, pero suficiente para pertenecer a este mundo. Ellos apoyaban en todo a todos.

—Oh, es cierto —pensé rápidamente—. No olvides que mi mundo se llama Evren, y el mundo de los Vacíos no tiene nombre.

Si bien había órdenes en el mundo, todos vivían cerca unos de otros. Cada uno sabía su rol y nadie se aprovechaba ni se sentía superior, porque la mentalidad de este mundo era que todos somos servidores. Como decía mi padre: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. Exjefe de guerra, ya sabes.

Al cumplir los diecinueve años, todos debían esperar al otoño. En el momento en que las hojas secas empezaban a caer, llegaba la ceremonia del equilibrio y con ella se definía a qué orden pertenecías.

Hoy era uno de esos días.

Yo estaba en primera fila, junto a mi familia, como todos los años. El aire olía a flores de alma, esas que solo florecían el día en que la balanza primordial decidía el orden de tu vida. Había todo tipo de flores adornando techos y paredes. Era realmente un día maravilloso, pero a la vez lleno de expectativas que se podían oler, ver y sentir en el aire.

La plaza entera guardaba silencio, casi sepulcral. En el centro, sobre una plataforma de madera clara, se alzaba la Balanza Primordial: dos platillos etéreos flotando en el aire, uno lleno de luz, otro de sombra. El objeto no estaba sostenido por nada; no había cadenas ni cuerdas, solo la certeza de que aquello no obedecía a las leyes de este mundo. ¿Era mágica entonces? Nadie lo sabía.

Estaba perdida en mis pensamientos cuando, de pronto, el Maestri Badial, guardián de la Balanza Primordial y único capaz de escuchar su mensaje, levantó la mano y llamó:

—Carisse Delain Frieden Armog —anunció con voz grave—. Acércate al escenario, es tu momento, pequeña.

Adivinen quién no escuchó.

Sí, exacto, yo. Estaba imaginando, no sé qué exactamente, pero no le hice caso.

—¡Frieden Armog! —gritó el Maestri —. Carisse Delain, ¿estás aquí?

Ese grito sí lo escuché (guiño y sonrisita).

—Acércate al escenario, Frieden.

Mi corazón dio un salto; parecía que sus latidos resonaban en todo mi cuerpo. Sentí las miradas clavarse en mí mientras subía los escalones del escenario. Las tablas crujían bajo mis pies como si un camión estuviese encima de ellas, o al menos así lo sentí.




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