Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO I LA CEREMONIA

El sol de otoño se filtraba suavemente entre las ramas doradas y marrones de los árboles, tiñendo la plaza central con destellos cálidos y temblorosos. El aire olía a hojas secas, a tierra húmeda y a esa calma extraña que siempre aparece antes de que algo importante suceda.

Era uno de esos días en los que mi madre estaba particularmente nerviosa.

Extrañamente nerviosa.

Se había despertado muchísimo antes del amanecer y, apenas abrí los ojos, escuché latas chocando, platos cayendo y...

¿algo rompiéndose?

Mamá rompió algo...

Definitivamente estaba intranquila.

Lamentablemente, todo seguía oscuro y no me daban muchas ganas de levantarme. Sin embargo, había algo totalmente claro y seguro: mi madre otra vez estaba haciendo experimentos.

Me cubrí la cabeza con la almohada. Intentaría dormir unos cinco minutitos más.

Bien. Listo. Lo había logrado.

No, no era cierto. No podía.

Entonces escuché otro frasco romperse.

—ay... —suspiré—. Sí, definitivamente, el día ya empezó.

Me senté en la cama sin verdaderas ganas de despertar. No era miedo, según yo, sino más bien ansiedad. Mis ojos permanecían entrecerrados y mi visión estaba tan borrosa que ni siquiera me di cuenta de cuándo entró mi madre en la habitación. Sin titubear, apareció frente a mí con uno de sus nuevos brebajes entre las manos.

Olía peor que dacris cuando decidía, por amor a los puercos, no ducharse durante varios días.

—¿qué tiene? —pregunté rápidamente—. Huele horrible. ¿qué mezcla es esta, mamá?

—confía en mí, bebé. Solo bébela.

Definitivamente, nunca es una buena señal cuando mi madre responde tan poco.

Pero... ¡ag! Aquello era demasiado para mis papilas gustativas. En serio: olía horrible, sabía horrible y se veía horriblemente azul.

¿era sábila?

No, la sábila era verde...

Ay, no podía creerlo. Estaba al borde del colapso y del vómito.

Aunque no lo creas, ese tipo de cosas era bastante normal en ella... Y mi reacción también lo era. Aquí entre nosotros, mamá jamás elegía horarios decentes para entregar sus brebajes. Simplemente se le ocurría una nueva mezcla, la preparaba y aparecía frente a nosotros con ella.

Esta vez, sin embargo, la bebida era diferente.

Horrible, pero diferente.

El líquido brillaba con un tono azul intenso, casi eléctrico, como si alguien hubiese atrapado un pedazo de cielo dentro de una botella de cristal. Nunca había visto algo parecido. Aunque, siendo sincera, crecer como hija de mi madre, rodeada de naturaleza y de sus experimentos, hacía que ese tipo de cosas dejaran de parecer extraordinarias después de cierto tiempo.

O, al menos, eso intentaba creer.

Mi madre apenas habló mientras me observaba beber, y eso sí era extraño. Normalmente aprovechaba cualquier momento para darme discursos larguísimos sobre las propiedades curativas de las plantas, la importancia del equilibrio espiritual o las razones por las que jamás debía mezclar raíces plateadas con pétalos rojos «si quería seguir teniendo cejas».

Pero aquella mañana estaba diferente.

Sus manos temblaban ligeramente. Sus ojos evitaban los míos y, cada pocos segundos, acomodaba algo que ya estaba perfectamente acomodado.

—vístete rápido, hija —me indicó.

Tarea sencilla para mis hermanos, quienes tomaban un pantalón y un polo cualquiera. Para mí, en cambio, aquello representaba una batalla campal entre el ropero y yo. Y no porque mi armario escondiera un mundo extraordinario en su interior, sino porque tenía tanta ropa que simplemente no sabía qué ponerme.

Primero intenté algo sencillo: botas negras, pantalón azul y blusa negra.

Una de las botas me quedaba demasiado grande.

Cansancio.

Intentemos otra cosa...

Elegí un vestido largo de verano, unas sandalias abiertas de taco bajo y me até el cabello en una cola alta.

El vestido tenía una costura rota.

Desesperación.

Mi madre, consciente de todo el desastre que se desarrollaba dentro de mi habitación, entraba de vez en cuando para observarme. Después de varios minutos de dar vueltas y más vueltas, finalmente dejó sobre mi cama una bata nueva y unos zapatos celestes, impecables y sorprendentemente hermosos.

Me miré en el espejo con la cola a medio desatar y pensé:

Bueno...

Si hoy hago el ridículo, al menos será con zapatos nuevos.

No pasó mucho tiempo antes de que mi madre dejara salir toda la ansiedad que llevaba dentro. Y entonces, como siempre, comenzó a darme órdenes.

—vístete, cazi. Espera, caz, tus dientes. ¿ya te los lavaste? Caz, ordénate el cabello.

Todo lo típico de una madre.

Y, especialmente, de una madre como la mía.

Llegó a acomodarme el cabello de tantas formas diferentes que ni siquiera me dio la oportunidad de elegir una. Después, limpió una pequeña mancha de pasta dental que había quedado cerca de mi boca y hasta me preguntó cómo me sentía.




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