Hay personas que llegan a tu vida en silencio. Otras aparecen haciendo tanto ruido que resulta imposible ignorarlas.
Lena, de alguna manera, consiguió hacer ambas cosas.
Era mi mejor amiga, mi compañera desde que tengo memoria y la responsable de, aproximadamente, la mitad de los problemas en los que me había metido durante mi vida. La otra mitad era completamente culpa mía.
Aunque, para ser justa, lena probablemente diría que también era responsable de esa mitad.
Definitivamente, la única que me entendía era ella.
Lena es alta, de cabello largo y fino, tez trigueña y personalidad desafiante. Nunca ha sido de las que se dejan llevar fácilmente por comentarios ajenos. Sabíamos que muchos no eran malintencionados, pero incluso las opiniones honestas, cuando vienen sin empatía, pueden sonar crueles al oído.
Obviamente, en este mundo no había crueldad, ¿cierto?
En fin, ¿te cuento cómo la conocí?
¿sí?
Perfecto. Tomaré tu silencio como un «¡sí!».
Yo siempre fui la que miraba todo y a todos. A veces mucho más de lo necesario.
No era espionaje.
Al menos no oficialmente.
También era de las que escuchaban demasiado sus propios pensamientos, de las que podían quedarse mirando una hoja durante varios minutos preguntándose por qué caía hacia un lado y no hacia el otro. Sentía que no terminaba de encajar del todo ni en el fuego, ni en las raíces, ni en la idea de algún elemento material o inmaterial.
En ese tiempo todavía no tenía dones. Estos suelen aparecer a los diecinueve años, durante la ceremonia, aunque existen casos en los que despiertan antes. De pequeña esperaba que los míos fueran una mezcla de los de mi familia. A veces hasta soñaba despierta imaginando qué podría hacer.
Ahora que lo pienso, quizá eso contribuyó un poquito a mi escasez de amigos durante la infancia.
No era un bicho raro.
Bueno...
Sí era algo extraña.
Y quizá por eso lena apareció en mi vida como aparecen las preguntas que no queremos hacernos.
Está bien, no me mires con esa cara.
Ahí voy, ahí voy.
Ahora sí empiezo a contar cómo la conocí.
Lo anterior era parte de mi introducción.
Lena estaba sentada junto a sus padres en el parque central cuando la vi por primera vez con verdadera atención. No hablaba. Observaba. Llevaba unos audífonos más grandes que su cabeza y mantenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que parecía sujetar algo invisible que temía dejar escapar.
Yo tenía casi seis años, el cabello rizado sin ningún tipo de control y una capacidad extraordinaria para tomar decisiones sin pensarlas demasiado.
Así que decidí que sería mi amiga.
No sabía su nombre. No sabía por qué estaba sola. Ni siquiera sabía si quería hablar conmigo.
Detalles menores.
Me acerqué hasta quedar frente a ella.
Lena levantó la mirada.
Yo sonreí.
Ella no.
—hola —dije.
No respondió.
—me llamo carisse, pero puedes decirme cazi.
Nada.
—también puedes decirme carisse, aunque nadie lo hace. Bueno, mi madre sí, cuando está molesta. Mi padre también. Mis hermanos, a veces. Pensándolo bien, bastantes personas me dicen carisse.
Lena continuó observándome.
Empecé a sospechar que aquella conversación no estaba avanzando como esperaba.
—¿quieres ser mi amiga?
Su expresión cambió. No demasiado. Apenas un movimiento en las cejas, como si mi pregunta la hubiera sorprendido.
—estás nerviosa —dijo finalmente.
—no estoy nerviosa.
—sí estás.
—bueno, un poquito. Pero no por ti.
Era mentira.
Definitivamente era por ella.
Lena inclinó ligeramente la cabeza.
—también estás triste.
Esta vez no respondí.
No porque tuviera razón.
Bueno...
Sí, porque tenía razón.
Pero, sobre todo, porque nadie me lo había preguntado.
Lena retiró lentamente uno de sus audífonos y dejó un espacio libre a su lado.
No dijo que sí.
Tampoco tuvo que hacerlo.
Me senté junto a ella.
Y, desde aquel día, empezó a convertirse en la mitad de mis problemas.
Años más tarde comprendí que lena no estaba adivinando lo que yo sentía aquella tarde.
Estaba sintiéndome.
Lena es una dilentis y posee el don de sentir. Su don despertó muchísimo antes de lo habitual. Cuando la conocí, poco antes de cumplir seis años, ella ya podía percibir emociones y energías que para los demás pasaban completamente desapercibidas.