Resulta que obtener un noventa y cinco por ciento no te da derecho a desayunar.
Lo sé, yo también estaba indignada.
Después de mi conversación con lena, seguimos al resto de los jóvenes por el sendero que conducía al círculo de flores. Había recorrido ese camino muchas veces antes, pero nunca desde ese lado. Hasta entonces siempre había sido espectadora, una más entre todas las personas que observaban a los nuevos maestris descubrir sus dones. Ese día era diferente. Por primera vez, eran los demás quienes se apartaban para dejarme pasar.
Y eso no me gustó.
—adelante, maestri —dijo una señora, haciéndose a un lado.
Me detuve y miré detrás de mí, esperando encontrar a alguien más.
Nadie.
Volví a mirarla y me señalé a mí misma.
—¿yo?
La mujer sonrió como si la respuesta fuera obvia.
—claro.
Ah, maravilloso. Hacía apenas unas horas era cazi y ahora, aparentemente, necesitaba un título hasta para caminar.
Seguí avanzando mientras intentaba ignorar las miradas. Algunas personas sonreían, otras murmuraban y un par de niños incluso me señalaron antes de que sus madres les bajaran las manos rápidamente.
Eso fue peor.
No quería que dejaran de señalarme porque ahora estuviera prohibido hacerlo; quería que dejaran de mirarme diferente.
—cazi —escuché la voz de mi madre a mi lado—. Estás caminando muy rápido.
Bajé la mirada hacia mis pies.
Era cierto.
—quiero terminar.
Mamá no respondió enseguida. Solo tomó mi mano y durante unos segundos volví a sentirme como una niña. No dijo que todo estaría bien ni que no debía preocuparme. Simplemente caminó conmigo.
Eso ayudó.
Un poquito.
El círculo de flores apareció frente a nosotros al final del sendero y, por primera vez en toda la mañana, olvidé que tenía hambre.
Miles de flores rodeaban el espacio formando anillos de diferentes tamaños y colores. Algunas crecían directamente del suelo, otras trepaban por columnas de madera y unas cuantas parecían flotar apenas unos centímetros sobre la tierra.
No preguntes.
Tampoco sé cómo lo hacían.
Había estado allí muchas veces, pero siempre detrás de las demás personas, intentando asomarme entre hombros y cabezas para ver qué flor aparecía. Desde pequeña había imaginado aquel momento más veces de las que estaba dispuesta a admitir. Algunas veces aparecía fuego, otras podían controlar el agua y, en una etapa particularmente extraña de mi infancia, estaba convencida de que mi don sería volar.
No ocurrió.
Por suerte.
Le tengo cariño al suelo.
En el centro del lugar no había absolutamente nada. Ni una flor, ni una hoja, ni una piedra. Solo un pequeño círculo de tierra oscura que contrastaba con todos los colores que lo rodeaban.
—ahí aparecerán —susurró mi madre.
—¿mis dones?
Ella asintió.
Volví a observar aquel pedazo de tierra.
—¿y si no aparece nada?
Mamá me miró como si acabara de preguntarle si el cielo podía caerse.
—aparecerá.
—pero ¿y si...?
—cazi.
—ya, ya.
En realidad, no sabía por qué estaba preocupada. Después de aquel bendito noventa y cinco por ciento, probablemente lo último que necesitaba era otra sorpresa.
Spoiler: hubo otra sorpresa.
Mi familia ocupó su lugar junto al resto de los asistentes mientras los jóvenes esperábamos a un lado. Busqué a lena entre la multitud y la encontré unos metros más atrás. Levantó ambos pulgares en señal de apoyo. Yo fruncí el ceño. Ella sonrió.
No sé por qué esperaba recibir apoyo emocional de una persona que acababa de lanzarme una nuez a la cabeza.
Entonces el maestri badial avanzó hasta el centro. La música se detuvo y las conversaciones fueron desapareciendo poco a poco hasta que solo quedó el sonido de las hojas moviéndose con el viento.
—ha llegado el momento de la revelación de dones —anunció.
Mi estómago se contrajo. No sabía si eran nervios o hambre.
Probablemente ambas.
Badial observó la lista que sostenía entre las manos y yo supe inmediatamente lo que iba a ocurrir.
No.
Por favor.
No otra vez.
—carisse delain frieden armog, acérquese al centro del círculo.
Cerré los ojos.
—¡ay, otra vez primera! —me quejé.
Badial levantó la mirada.
—¿cómo dice?
—nada, maestri badial. Dije que... —miré alrededor buscando desesperadamente algo que decir— qué bonita primavera.
Silencio.