Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO IV LAS HISTORIAS QUE FALTAN

La mañana siguiente a la ceremonia resultó bastante tranquila.

En teoría.

Mamá nos despertó temprano y, como siempre, papá fue el único que respondió al primer llamado. Mis hermanos necesitaron que él tocara sus puertas un par de veces antes de decidir que la vida merecía ser vivida a esas horas de la mañana.

Yo era un caso diferente.

Estaba despierta desde hacía mucho.

Simplemente no quería salir.

Llevaba varios minutos mirando mis manos desde la cama, esperando encontrar algo diferente en ellas. Una luz, una marca, una pequeña llama saliendo de algún dedo... cualquier cosa que demostrara que lo ocurrido el día anterior había sido real.

Nada.

Seguían siendo mis manos.

Providencia. Elementos. Comunicación. Energía. Abundancia.

Repetí mentalmente las palabras por quién sabe qué vez. Algo en mi interior había despertado durante la ceremonia. Podía sentirlo. No sabía explicar qué era y tampoco sabía si aquello era bueno o malo, pero definitivamente algo había cambiado.

El problema era que, aparentemente, nadie le había avisado a mi cuerpo.

—¡Cazi! —gritó mamá desde abajo.

—¡Ya voy!

No fui.

Esperé unos minutos más hasta que escuché su voz nuevamente. Esta vez estaba dándole un sermón a Dacris por haberse quedado programando hasta la madrugada y a Eryel por razones completamente diferentes.

—¡Y las chicas son amigas, no comida! —escuché decir a mamá.

Sonreí.

Sí.

Definitivamente era hora de bajar.

Cuando llegué, Dacris tenía la expresión de quien acababa de sobrevivir a una conferencia de dos horas y Eryel evitaba mirar a mamá directamente.

—Buenos días —dije.

—Para ti —respondió Eryel.

Mamá le lanzó una mirada.

—Buenos días, hermanita querida —corrigió inmediatamente.

Mucho mejor.

La mesa estaba casi lista. Mamá terminaba de colocar algunas cosas mientras papá revisaba la correspondencia con la tranquilidad de quien no acababa de presenciar dos tragedias familiares antes del desayuno.

Entonces tomó un sobre.

Lo observó.

—Escribió tu madre —dijo.

Mamá dejó caer el jarrón de agua.

No se rompió, afortunadamente, pero el agua terminó sobre la mesa.

Mis hermanos y yo nos miramos.

Luego miramos a mamá.

Después a papá.

Y otra vez a mamá.

—¿Qué? —preguntó ella.

Papá levantó el sobre.

—Tu mamá escribió.

Mamá permaneció inmóvil.

—¿Mi... madre?

—Sí, amor. ¿Quieres que abra la carta?

—¡NO!

Los cuatro nos sobresaltamos.

No recuerdo haber escuchado muchas veces a mi madre gritar de aquella manera. Ella podía hablar muchísimo —créeme, muchísimo—, pero aquello había sido diferente.

Papá dejó el sobre inmediatamente sobre la mesa.

—Está bien.

Mamá respiró profundamente y comenzó a secar el agua como si nada hubiera ocurrido.

—Luego la leeré. Es hora de desayunar.

Mis hermanos y yo volvimos a mirarnos. Creo que los tres pensamos exactamente lo mismo porque hablamos casi al mismo tiempo.

—¿Tenemos abuela?

Mamá cerró los ojos.

—Sí.

—¿Desde cuándo? —preguntó Dacris.

Lo miré.

—Creo que desde que nació mamá.

—Ya sé eso.

—Entonces formula mejor tus preguntas.

—Nunca nos han hablado de ella —intervino Eryel—. ¿Qué pasó? ¿Y nuestro abuelo?

—Lo conversamos luego.

—Pero, mamá...

—Luego.

Esta vez su voz fue suficiente.

Nadie volvió a preguntar.

Eso sí que era preocupante.

Mi madre era Maestri de la comunicación. Había días en los que todos creíamos que comunicaba incluso más de lo necesario: sus pensamientos, sus emociones, sus opiniones y, en ocasiones, opiniones que nadie había solicitado.

Pero tenía una madre.

Nosotros teníamos una abuela.

Y durante diecinueve años nadie me lo había contado.

La carta permaneció cerrada en una esquina de la mesa.

El desayuno continuó como si nada hubiera pasado.

Bueno, todos actuaron como si nada hubiera pasado.

Yo no.

Mis hermanos comenzaron a contar sus próximas actividades y papá los escuchaba mientras tomaba café. Mamá participaba en la conversación con una normalidad sorprendente. Sonreía, hacía preguntas y hasta volvió a reclamarle a Dacris por sus horarios.

Si no hubiera visto su reacción unos minutos antes, probablemente habría creído que estaba perfectamente bien.

Pero la había visto.

Y seguía mirando la carta.

Te confieso algo: el desayuno siempre había sido una de mis partes favoritas del día. No solamente por la comida —aunque eso ayudaba muchísimo—, sino porque era uno de los pocos momentos en los que todos intentábamos estar juntos.

Además, papá contaba historias.

Historias del Viejo Mundo.

Yo solía tener una libreta cerca para apuntar las que más me gustaban. Algunas se las contaba después a Lena, siempre que lograra mantener su atención durante más de cinco minutos. Las demás terminaban siendo compartidas con Artemisa y Atenea.

Atenea era la mamá de Artemisa.

No mitológicamente.

Eso es un hecho.

Les puse esos nombres porque cuando era pequeña me fascinaban los libros sobre mitología. Mis padres siempre nos animaron a conocer las ciudades antiguas, las culturas, las creencias y todas esas cosas extrañas que las personas del Viejo Mundo hacían creyendo que eran completamente normales.

Lo que no encontraba en los libros, ellos me lo contaban.

Con un poco de drama, claro.

Especialmente papá.

Ese día tomó su taza y comenzó a remover lentamente el café.

Saqué mi libreta.

Dacris suspiró.

—¿Otra vez vas a escribir todo?

—Algún día agradecerás que alguien en esta familia tenga memoria.

—Yo tengo memoria.

—Ayer buscaste tus zapatos durante veinte minutos y los tenías puestos.

Eryel soltó una carcajada.

—Eso fue una vez.




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