Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO V LO QUE ESCONDE EL SOTANO

Salir de una biblioteca prohibida sin que nadie descubra que entraste es una experiencia bastante satisfactoria.

Salir y encontrar a tus padres esperándote al otro lado no lo es.

Lena y yo habíamos conseguido bajar los cinco pisos de la Gran Biblioteca intentando parecer dos jóvenes completamente inocentes que definitivamente no acababan de entrar a un lugar prohibido, encontrar seis espacios vacíos, descubrir un fragmento quemado y leer algo sobre siete misteriosos destellos.

Creo que nuestra actuación fue bastante convincente.

Hasta que llegamos al estanque.

Mamá estaba allí.

También los padres de Lena.

Y mis hermanos.

Ninguno parecía especialmente feliz de vernos.

—Ahorita me gritan —murmuré.

—Sonríe —susurró Lena.

—¿Por qué?

—Las personas inocentes sonríen.

—Eso es exactamente lo que diría una persona culpable.

—Carisse Delain —dijo mamá.

Ah.

Nombre doble.

Estábamos muertas.

—Hola, mami.

—¿Podrías decirme dónde estaban?

Abrí la boca.

—Maestri Nicori —intervino Lena con una tranquilidad admirable para alguien que mentía descaradamente—. Estábamos en la biblioteca devorando unos cuantos libros.

Mis hermanos se miraron.

—¿Desde cuándo lees, hermanita? —preguntó Dacris.

Eryel asintió con fingida preocupación.

—Esto es grave. ¿Te sientes bien?

Los miré.

—Desde siempre, par de groseros.

—¿Qué? —Eryel se llevó una mano al pecho—. Escucho una pizca de insolencia en tus palabras.

—Yo escucho dos pizcas —añadió Dacris.

—Acérquense y les doy una tercera.

No sé exactamente quién empezó.

Probablemente Eryel.

Él dirá que fui yo.

Miente.

Lo siguiente que recuerdo es que alguien me arrojó agua.

Así comenzó la guerra.

—¡Dacris! ¡Respeta a tu hermana! —gritó mamá.

Demasiado tarde.

Le lancé un puñado de hojas.

Eryel decidió defenderlo arrojándome barro.

—¡Eryel! —gritó mamá—. ¡No le tires barro en la cara!

Me lo tiró.

Silencio.

Me limpié lentamente una mejilla.

Eryel retrocedió.

—Cazi...

—Corre.

Corrió.

Yo fui detrás.

—¡Carisse, baja ese palo!

—¡No le voy a pegar!

—¡Tienes un palo!

—¡Es decorativo!

Dacris apareció detrás de mí y volvió a lanzarme agua.

—¡Traidor!

A los pocos segundos estábamos los tres persiguiéndonos alrededor del estanque mientras mamá intentaba detenernos sin meterse demasiado cerca del barro.

Lena se doblaba de la risa.

—¡Mamá, mira! —le dijo a su madre—. ¡Por eso siempre quise hermanos!

Su madre la miró.

—Hija, tienes dos hermanas.

—¡Tienen dos años! ¡No se vale!

Eryel se detuvo.

Dacris también.

Ambos miraron a Lena.

Eso nunca era buena señal.

—¿Escuchaste? —preguntó Eryel.

—Perfectamente —respondió Dacris—. Lena quiere hermanos.

—No se diga más.

Lena dejó de reír.

—No.

Mis hermanos sonrieron.

—¡A ellaaaa!

—¡Nooooo! ¡Caz, ayúdame!

Y así una guerra entre hermanos se convirtió oficialmente en una guerra internacional.

Al final, Lena perseguía a Eryel, Eryel perseguía a Dacris, Dacris me perseguía a mí y yo ya no sabía a quién perseguía, pero todavía tenía el palo.

Nada violento.

Definitivamente.

Cuando terminamos, los cuatro estábamos mojados, llenos de barro y riéndonos tanto que apenas podíamos respirar.

Me gustaban esos momentos.

Me gustaban muchísimo.

Mis hermanos podían ser insoportables y Lena tenía una capacidad extraordinaria para meternos en problemas, pero cuando estábamos juntos las cosas parecían sencillas.




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