Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO V ¿Y SI AL VOLAR, CAE?

A la mañana siguiente desperté antes que el mundo.

No fue el canto de los animales ni el crujir de la casa lo que me sacó del sueño, sino una sensación extraña, como si algo dentro de mí hubiera sido llamado por su nombre. Abrí los ojos de golpe, con el pecho apretado y los párpados hinchados de tanto llorar la noche anterior.

Durante unos segundos no supe dónde estaba.

Vi colores y de pronto una imagen de alguien cayendo hacia un gran abismo de piedra junto con más personas.

—¡Mamáaaa! —grité con mucha fuerza.

Nadie respondió.

El silencio me dolía mucho más que los gritos pero entre eso y mis sueños, la duda me carcomía la piel.

Mi sueño si es que se puede llamar así, resultó ser más extraño de lo que acostumbran a ser todos.

Los colores que vi, no los había visto antes.

No como los colores que conozco, sino como si la luz misma estuviera quebrada. Tonos que se mezclaban y se separaban al mismo tiempo. Un rojo que ardía sin quemar. Un azul tan profundo que dolía. Y entre ellos… blanco. Demasiado blanco. Como un silencio que no hacía ruido, pero pesaba.

Y de pronto… ¡Boom!

Sentí una balanza.

Esta no la vi a color, solo la sentí en el aire pero la sentí muy lejos.

Un lado descendía lentamente, cargado de voces, nombres, recuerdos que no eran míos pero que reconocía.

El otro lado estaba vacío… o eso creí al principio. Porque al mirarlo mejor, comprendí que no estaba vacío: estaba esperando.

Quise moverme, decir algo, preguntar. Pero mi cuerpo no respondía. Solo una frase, que no era voz ni pensamiento, atravesó todo: “No todo lo que cae está perdido”

Parpadeé.

Y el mundo volvió.

Estaba en mi habitación. La luz de la mañana entraba tímida por la ventana, pero la casa estaba demasiado quieta. No se escuchaba el ladrido de mis mascotas, ni el murmullo habitual de mis padres. Nada.

Solo silencio.

Un silencio frío.

De esos que no descansan, sino que observan.

Me senté en la cama con cuidado, como si temiera romper algo invisible. Mi cabeza latía. El recuerdo del sueño —o lo que fuera— se deshacía poco a poco, pero la sensación permanecía, alojada en el pecho.

Algo había cambiado.

Mamá llevaba horas, por no decir casi todo el día, encerrada en su habitación. No salió a cenar. No habló con nadie. Definitivamente no quería hablar conmigo y sobre todo, no deseaba verme a los ojos.

Ahora, en esa quietud incómoda, entendí que no era solo enojo lo que la mantenía lejos… era miedo.

El pasillo crujió suavemente.

Ahí fue cuando la vi a Lena, sentada en el suelo, esperándome.

Y supe que lo que viniera después no sería un sueño.

De rato en rato solo se escuchaban pasos suaves. Luego el tintinear de las llaves también me alertaban de la presencia de alguien de vez en cuando… y luego nada.

Lena y yo estábamos sentadas en el pasillo.

El pasillo estaba frío, aunque la casa no lo estuviera.

Me senté en el suelo con la espalda apoyada contra la pared, sintiendo la textura áspera del papel tapiz en los brazos. Lena se acomodó a mi lado, cruzando las piernas, y abrió un libro al azar. Pasó las páginas sin mirar realmente. Yo hice lo mismo. Ninguna estaba leyendo.

El reloj del comedor marcó las horas con una puntualidad cruel. Cada tic sonaba demasiado fuerte, como si quisiera recordarnos que el tiempo seguía avanzando aunque nadie estuviera listo para eso.

Desde el cuarto de mis padres no salía ningún sonido. Ni voces, ni pasos. Solo esa calma tensa que se instala cuando algo importante está por decirse, pero aún no encuentra el valor para salir.

Me pregunté cuántas veces mamá se había encerrado así.

Cuántas decisiones difíciles habría tomado tras una puerta cerrada.

Cuántas veces el silencio había sido su manera de proteger… o de huir.

La manija giró al fin.

Levanté la cabeza de inmediato.

Papá entró primero. Caminaba despacio, como si temiera romper algo invisible. Detrás de él vinieron mis hermanos. No dijeron nada. No nos miraron. La puerta se cerró otra vez con un sonido suave, casi respetuoso.

Mi pecho se apretó.

No sabía si me dolía no estar ahí… o entender por qué no lo estaba.

Nos levantamos sin ponernos de acuerdo. No fue una decisión. Fue el cuerpo moviéndose antes que la razón. Nos acercamos a la puerta con cuidado, no para espiar —me repetí—, sino porque algo dentro de mí necesitaba escuchar. Necesitaba saber si lo que estaba a punto de perder era solo una discusión… o algo más profundo.

La voz de mamá llegó amortiguada, pero clara.

—Ustedes no saben lo que están pidiendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.