—¿Hola? —repitió mamá desde el otro lado de la puerta—. Si hay alguien ahí, será mejor que responda antes de que llame a los Dilentis.
Lena me miró. Yo la miré. Las cartas seguían extendidas frente a nosotras y, de todas las posibilidades que había imaginado cuando acepté bajar al sótano a las tres de la mañana, ser descubierta por mi madre con ocho cartas misteriosas dirigidas a mi segundo nombre no había ocupado un lugar suficientemente importante.
Excelente.
—¿Mamá?
Hubo un breve silencio antes de que la puerta se abriera. Nicori apareció al otro lado y su mirada hizo un recorrido que me pareció demasiado lento: primero yo, después Lena, luego las cajas abiertas y los objetos que habíamos movido durante nuestra búsqueda.
Finalmente, las cartas.
Su rostro cambió.
Fue rápido. Tan rápido que quizá otra persona no lo habría notado, pero yo sí. Había pasado diecinueve años observando a mi madre y sabía cuándo algo la sorprendía, cuándo algo la molestaba y, sobre todo, cuándo intentaba que nadie notara ninguna de las dos cosas.
—Carisse —dijo—. ¿Qué haces aquí?
Guardé la octava carta detrás de mí casi por reflejo. Un movimiento completamente natural, por supuesto. Nada sospechoso.
—Buscaba El Principito.
Mamá me observó durante unos segundos.
—¿A las cuatro de la mañana?
—Me dieron ganas de leer.
—Nunca bajas al sótano.
—Siempre hay una primera vez.
—En diecinueve años nunca has bajado.
Bueno.
Era difícil discutir con estadísticas.
Lena se puso de pie a mi lado y se sacudió un poco la ropa, como si el problema principal de aquella escena fuera que mamá pudiera pensar que no tenía buenos modales.
—Lo siento, señora FriEden. Yo vine sin avisar y...
Mamá cerró los ojos.
—Lena.
Ella esperó.
—Se pronuncia Frieden.
Vi aparecer una pequeña sonrisa en el rostro de mi amiga.
Lo hacía a propósito.
Siempre lo había sabido.
Nunca entenderé qué clase de satisfacción encontraba Lena en conseguir que mi madre corrigiera nuestro apellido, pero se había convertido en una tradición entre ellas. Mamá corregía, Lena fingía sorpresa, volvía a pronunciarlo mal unas semanas después y todo empezaba otra vez.
Aquella noche, sin embargo, mamá no continuó el juego.
Su mirada regresó a las cartas.
—¿Qué estaban buscando?
—Ya te dije...
—Carisse.
La forma en que pronunció mi nombre fue suficiente para que dejara de hablar. No había gritado ni levantado la voz. Ni siquiera parecía enfadada todavía. Eso me puso más nerviosa.
—Dime la verdad.
Miré a Lena y ella bajó la vista.
Traición inminente.
—El libro negro —dijo.
Fruncí el ceño.
—¡Lena!
Mamá se quedó completamente inmóvil. Esperé el regaño, una pregunta o cualquier reacción parecida a las que había tenido toda mi vida cuando hacía algo que no debía.
No llegó.
Ya no parecía enfadada.
Eso habría sido más fácil.
Parecía asustada.
—¿Qué libro negro? —preguntó.
Mentía.
Lo supe inmediatamente.
—El que encontré cuando tenía quince años.
—No sé de qué hablas.
—Mamá.
—Carisse, deja esas cosas donde estaban y sube a dormir.
—¿Dónde está?
—No importa.
—Entonces sí sabes cuál es.
Mamá apretó los labios y evitó responder. Aquello terminó de confirmar lo que hasta hacía unos segundos solo sospechaba.
—No tienes por qué buscarlo —dijo finalmente.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Eso no es una respuesta.
—Es suficiente.
Miré las cartas que todavía estaban frente a nosotras y sentí que mi molestia empezaba a crecer. Hacía unos minutos no sabía siquiera que existían. Ahora mi madre quería que fingiera que nunca las había visto.
—¿Y esto?
Su atención regresó inmediatamente a ellas.
—Dámelas.
Las tomé antes de que pudiera acercarse.
—¿Qué son?
—Carisse.
—Están dirigidas a Delain.