A veces las decisiones no llegan como una idea clara, sino como una incomodidad persistente. Un peso suave en el pecho que no se va, aunque intentes ignorarlo.
Desde la mañana había sentido eso. Como si algo en mí estuviera apurado, mientras el mundo insistía en avanzar a su propio ritmo. Todo seguía igual en casa: los ruidos, los pasos, la rutina. Y sin embargo, yo ya no pertenecía del todo a ese orden.
Recordé una vez, cuando era niña, que quise huir después de una discusión sin sentido. Me escondí detrás del ropero convencida de que el mundo se acabaría si nadie me encontraba. Mi madre tardó horas en llamarme. Cuando lo hizo, no me pidió que saliera. Solo dijo mi nombre, una vez.
Eso bastó.
Ahora, muchos años después, nadie decía mi nombre. Y esta vez, no estaba esperando que alguien viniera a buscarme.
Luego de la comida, con el más grande sin sabor que haya sentido en mi vida, tomé la decisión de emprender mi camino. No sé por qué escogí ese día pero solo sabía que debía irme ya.
Aún con un millón de preguntas en la cabeza y sin poder reunir el valor para finalmente hablar con mi madre y pedirle quizá no permiso pero si confianza, le dije a Lena.
Lena parecía ajena al nudo que yo llevaba dentro. Estaba ahí, en el sofá cama, como si el mundo no estuviera a punto de cambiar. Sus audífonos la aislaban de todo, incluso de mí. Pensé que quizás esa era su forma de resistir: aferrarse a lo cotidiano cuando lo desconocido se acercaba demasiado.
El dibujo del símbolo reposaba entre sus dedos con una familiaridad inquietante. No lo observaba, no lo analizaba. Simplemente lo sostenía, como si supiera que tarde o temprano ese dibujo nos alcanzaría.
—Hey Lena, es hora!
Lena estaba sentada en mi sofá cama, el más grande que podía estar en mi sala y de ese color beige que nos recordaba todos los días que antes de traerlo a casa era blanco.
En ese sofá, con sus audífonos de locutora de radio, estaba Lena escuchando la música más extraña que podía existir.
—Lena! Lena! LENAAAAAA! —grité desesperada.
—Ay por un capibara! Lena! ¿Me escuchas? —pregunté al parecer a nadie porque no respondió.
Se me ocurrió la magnífica idea de tirarle un cojín.
*lanza el cojín y cae en la cara de Lena.
—Epa, epa! nos levantamos con ganas de violencia al parecer. —dijo lena levantando el cojín listo para lanzarlo hacia mí.
—Lena, es hora! Debemos irnos ya, siento que estamos dilatando todo esto y no sé si será tan positivo al final si seguimos demorando —dije con un tono entre la duda y el miedo.
—Bueno Caziopeia, yo te sigo. ¿Hablamos con Mamá Nicori? —preguntó—. Estás lista, ¿verdad?
Caminé hacia la cocina con pasos que no parecían míos. El sonido del piso bajo mis pies me pareció demasiado fuerte, como si anunciara algo que yo aún no estaba lista para decir.
Mamá estaba ahí, igual que siempre, leyendo como si las palabras pudieran protegerla del mundo.
Cuando hablé, mi voz no tembló. Eso me sorprendió. Pensé que me quebraría antes de terminar la primera frase. Pero no ocurrió. Tal vez porque la decisión ya estaba tomada mucho antes de decirla en voz alta.
Con una mirada temerosa pero con todo el valor que no sabía que tenía fui a la cocina dónde todavía estaba mi mamá leyendo y tomando agua, le dije:
—Mami, sé que no te gustará mi comentario pero hoy he decidido irme en busca de la verdad. Espero desde el fondo de mi corazón que puedas aceptarlo porque el esperar por tu permiso se me hace muy largo. No dudes que te amo con toda mi alma pero esta vez decidí por mí misma.
Esperé algo. Cualquier cosa. Una objeción, un reproche, incluso una súplica. Pero el silencio ocupó todo el espacio. No era un silencio vacío; estaba cargado de cosas que nunca nos habíamos dicho.
No me dijo nada.
Eso fue lo más difícil de aceptar.
Mamá no me detuvo cuando pasé frente a la cocina con la mochila medio vacía, ni cuando dejé la taza de té a medio tomar, ni cuando le dije que ya por fin decidí irme. No levantó la voz. No cerró puertas. No pronunció mi nombre.
Solo me miró.
Y en esa mirada había tantas despedidas acumuladas que entendí por qué había elegido el silencio.
Me di la media vuelta y subí.
Cuando regresé a mi habitación, encontré el sobre, la carta, sobre la cama.
No estaba cerrado.
No tenía mi nombre escrito.
No hacía falta.
El papel era distinto a cualquier otro que hubiera visto en casa. Más grueso. Más antiguo. En una esquina, dibujado a mano, estaba el mismo símbolo de la abuela. El círculo incompleto. La línea que divide la luz de la sombra.
Mis manos temblaron.
El sobre parecía fuera de lugar, como si siempre hubiera estado ahí y yo recién lo notara. No lo toqué de inmediato. Me quedé observándolo, intentando recordar si alguna vez había visto ese papel antes. No lo reconocí. Y eso fue lo que más me inquietó.