No salí de mi habitación para desayunar y tampoco tuve intención de hacerlo para almorzar. Si no hubiera sido porque mis hermanos aparentemente decidieron que dejarme morir de hambre era una reacción demasiado dramática incluso para mí, probablemente habría pasado el día entero sin comer. No quería ver a mamá. Tampoco quería ver a papá. No sabía qué decirles después de todo lo ocurrido y, para ser sincera, tampoco tenía ganas de descubrir qué podían decirme ellos.
Dacris fue el primero en escabullirse cerca del mediodía. Abrió la puerta apenas lo suficiente para meter una mano sosteniendo un plato, como si estuviera intentando alimentar a algún animal peligroso que podía atacarlo si entraba demasiado rápido.
—¿cazi?
No respondí. La mano permaneció allí unos segundos, desapareció y, poco después, fue reemplazada por su cabeza.
—te traje comida.
—no tengo hambre.
—perfecto.
Retiró el plato.
Me incorporé inmediatamente.
—déjalo.
Dacris sonrió con esa expresión insoportable que ponen los hermanos cuando consiguen demostrar que tenían razón sin necesidad de decirlo.
—eso pensé.
—no significa que tenga hambre. Solo considero un desperdicio botar comida.
—por supuesto.
Dejó el plato sobre mi escritorio y caminó hacia la puerta sin preguntarme por mamá, por papá, por las cartas ni por la discusión de la madrugada. Agradecí que no lo hiciera. No sabía si ellos les habían contado algo después de que subí y tampoco quería averiguarlo en ese momento. Antes de que saliera, lo llamé y le di las gracias. Él se encogió de hombros, murmuró que no sabía de qué hablaba y cerró la puerta detrás de sí.
Eryel fue menos considerado.
Apareció aproximadamente una hora después con algo dulce, se sentó a los pies de mi cama y comenzó a comérselo delante de mí. Lo observé esperando alguna explicación, pero él siguió masticando con una tranquilidad irritante, como si entrar a la habitación de una persona para comerse su comida frente a ella fuera una actividad perfectamente normal.
—¿eso era para mí?
—originalmente.
—eres horrible.
—dijiste que no tenías hambre.
—se lo dije a dacris.
—la información circula rápido en esta casa.
Intenté quitarle el plato, pero lo apartó antes de que pudiera alcanzarlo.
—¡eryel!
—¿qué?
—dame.
—pídelo amablemente.
—dame mi comida antes de que descubras cuál de mis nuevos dones puedo utilizar para asesinarte.
Me entregó el plato inmediatamente.
—mucho mejor.
Eryel se quedó conmigo un rato. No habló de lo ocurrido y yo tampoco. En algún momento comenzó a contarme algo completamente absurdo que dacris había hecho esa mañana y, durante unos minutos, consiguió que dejara de pensar en que nuestra familia escondía libros negros, búsquedas antiguas, abuelas misteriosas y cartas dirigidas a mí en el sótano. No solucionó nada, pero tampoco parecía estar intentándolo. Simplemente se quedó allí hasta que terminó de contarme su historia y, cuando finalmente se levantó para irse, revolvió mi cabello como hacía cuando éramos pequeños.
Le lancé una almohada. La esquivó y cerró la puerta riéndose.
A veces mis hermanos podían ser sorprendentemente buenos acompañándome cuando no sabían qué decir. Dacris me había dejado comida sin hacer preguntas y eryel había pasado casi una hora hablando de cualquier cosa menos de lo que ambos sabíamos que me tenía encerrada en mi habitación.
Por supuesto, jamás se los diría.
Después se volverían insoportables.
La tarde siguió avanzando y yo permanecí allí, pasando de la cama a la ventana y de la ventana al escritorio como si moverme de un lugar a otro pudiera ordenar también mis pensamientos. Cuando dieron las ocho, la llovizna había empañado parte del vidrio y la habitación estaba más fría de lo habitual. Dibujé una línea sobre la ventana con el dedo mientras volvía, inevitablemente, a la discusión de la madrugada.
Había tenido demasiado tiempo para pensar, lo cual nunca era bueno en mi caso. A esas alturas había repetido la conversación tantas veces en mi cabeza que podía recordar las cartas sobre las cajas, la expresión de papá cuando mamá mencionó la búsqueda y hasta la forma en que ella me había mirado cuando le pregunté por qué tenía miedo. Pero, sobre todo, recordaba las palabras exactas que había gritado, probablemente porque llevaba todo el día intentando encontrar alguna manera de interpretarlas que no significara lo que parecía.
No sabes lo que esa búsqueda me costó a mí y le costó a esta familia.
Esa búsqueda.
No una búsqueda.
Esa.
Había intentado convencerme de que mamá podía haberse referido a otra cosa, que quizá había entendido mal o que yo estaba relacionando acontecimientos que no tenían nada que ver. Pero cada vez que regresaba a su expresión en el sótano terminaba en el mismo lugar. Mamá sabía algo. Papá también. Y ninguno quería contármelo.