Nunca imaginé que el verdadero inicio del viaje no sería un paso hacia afuera, sino uno hacia adentro.
No hubo trompetas, ni despedidas épicas, ni una voz anunciando que habíamos cruzado un punto sin retorno.
Solo cansancio y la sensación incómoda de que, aun si quisiéramos, ya no podríamos volver a casa.
Por otro lado, sin quererlo, la biblioteca fue nuestro refugio involuntario.
Luego de leer y releer los libros, pasaron las horas y se hizo de noche.
Silenciosamente una pregunta empezó a surgir en la mente de Lena: ¿Dónde dormiremos si ya no podemos regresar a casa Frieden?
Yo no sabía que contestar, estaba demasiado concentrada en descifrar cual era nuestro punto de inicio y porqué la carta de mamá no solo me ayudó a entender algunas situaciones sino también me llenó de preguntas.
Creo que me desconecté tanto de mí misma que poco a poco empezaba a cansarme y no me daba cuenta.
Lo positivo de todo esto, Lena también esta adormilada. Ambas estábamos ya desfalleciendo, no porque lo hubiéramos planeado, sino porque el cuerpo también decide cuando la mente ya no puede más.
Al estar en un lugar oculto y oscuro de la gran biblioteca no nos dimos cuenta de que la gente también se había ido en los pisos inferiores.
Lena y yo nos sentamos en el piso oscuro, entre estantes altos, con la espalda apoyada en madera antigua y libros que parecían observarnos en silencio.
Por última vez, releímos fragmentos al azar. Volvimos a doblar el papel con el símbolo.
Hablamos en susurros, como si el lugar pudiera escucharnos.
—¿Y si no estamos listas? —pregunté sin mirarla.
—Nadie lo está para caminar cuando es bebé —respondió—. Pero igual caminan tarde o temprano.
No recuerdo en qué momento el sueño, finalmente, nos venció.
Por mi parte solo sé que cerré los ojos pensando en la carta de mamá… y los abrí de golpe con el corazón desbocado.
La biblioteca estaba más oscura de lo normal.
Demasiado.
No era la penumbra tranquila de la noche, sino una oscuridad espesa, como si alguien hubiera apagado algo más que las luces. Me incorporé de inmediato. Lena dormía a mi lado, respirando con calma, ajena al peso que de pronto oprimía el aire.
Entonces lo sentí.
Ese llamado que no se oye con los oídos.
Miré alrededor y supe —sin saber cómo— que no estaba despierta del todo.
O quizá lo estaba demasiado.
Frente a mí apareció una luz tenue pero definitivamente una luz amarilla que me señalaba algo, mientras más me acercaba más diminuta se volvía, era tenebrosa.
Exactamente no sé por qué la seguí.
Instintivamente agarré mi mochila y busqué el libro de la familia.
Un libro algo extraño que cuando mamá y papá no sabían que hacer o tenían miedo de algo o alguien, se sentaban juntos de la mano a leerlo porque decían que en él estaban todas las respuestas y los pasos hacia el buen camino.
Lamentablemente solo tenía la primera parte porque en la otra, según mi padre, se rompió y desapareció.
Al menos era algo bello de leer, eran historias, eventos y hasta cantos o como papá les decía, alabanzas al supremo.
En fin, al agarrar el libro sentí mucho valor, aunque el temor disfrazado de curiosidad no se iba, sabía que no estaba sola.
Luego de seguir a esa pequeña luz, por lo que para mí fueron horas, descubrí un árbol muy extraño, con flores de todos los colores pero de colores tenues y opacos.
Al acercarme a ese árbol la luz desapareció.
Encontré un lienzo negro muy negro que se notaba a pesar de la oscuridad de la biblioteca porque era un negro perfecto. Terrible y temiblemente perfecto.
Me acerqué cada vez más hasta descubrir que era una gran y extraña puerta.
Si, una puerta con inscripciones en lo que parecía ser hebreo o griego antiguo.
Sé muchos idiomas pero no los antiguos, solo latín que me enseñaron mis hermanos cuando niña.
Lamentablemente no sabía lo que decía, no sé si Lena sabría de lenguas antiguas pero definitivamente yo no.
Lo único que era exacto era el color de la puerta.
Negra.
No de un negro común, sino de esos que parecen absorber la luz. No tenía marco visible ni paredes que la sostuvieran. Estaba ahí, sola, suspendida en un espacio que no reconocía.
No tenía cerrojo.
Solo restos.
Fragmentos dispersos en el suelo, como piezas de madera o metal opaco como ella y algo rotas de algo que alguna vez cumplió perfecta sincronía.
Mi instinto me dijo que sola no lo haré y definitivamente dos cabezas piensan mejor que una.
Pero necesitaba evidencia, me agaché y tomé uno de los fragmentos.
Era frío, pesado, y vibró apenas al contacto con mis dedos.