Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO VIII ¿Y SI AL VOLAR, CAE?

A la mañana siguiente desperté antes que el mundo.

No fueron los animales ni los ruidos de la casa los que me sacaron del sueño. Tampoco Lena entrando por una ventana, algún hermano intentando robarme comida o mi madre realizando uno de sus experimentos antes de que saliera el sol, situaciones que, considerando mi familia, eran posibilidades bastante razonables.

Abrí los ojos de golpe porque tuve la sensación de que alguien acababa de pronunciar mi nombre.

Me incorporé tan rápido que el pecho me dolió y, durante unos segundos, no supe dónde estaba. Mi habitación no estaba allí. Tampoco mi cama, la ventana o la carta que había guardado antes de dormir.

Había colores.

No los colores que conocía, sino otros que parecían existir entre ellos, como si la luz se hubiera quebrado y yo estuviera viendo lo que normalmente se escondía dentro. Un rojo ardía sin quemar. Un azul era tan profundo que mirarlo dolía. Verde, amarillo, naranja y violeta aparecían y desaparecían antes de que pudiera retenerlos, mezclándose unos con otros sin llegar a convertirse en nada que pudiera nombrar.

Y entre todos ellos había blanco.

Demasiado blanco.

No era brillante. Tampoco oscuro. Era más parecido a un silencio que no hacía ruido, pero pesaba.

Entonces vi a alguien caer.

No pude distinguir su rostro. Solo una figura precipitándose hacia un enorme abismo de piedra mientras otras caían alrededor. Intenté acercarme, gritarles o hacer cualquier cosa, pero mi cuerpo no respondió. Cuanto más trataba de distinguir quiénes eran, más lejos parecían estar y más rápido se mezclaban sus cuerpos con los colores.

Quise cerrar los ojos.

Tampoco pude.

Entonces todo tembló.

¡Boom!

No vi la Balanza.

La sentí.

Estaba muy lejos y, al mismo tiempo, parecía suspendida justo delante de mí. Uno de sus lados descendía lentamente, cargado con algo que no conseguía ver. No eran objetos. Al menos no lo parecían. Escuchaba voces, nombres y fragmentos de recuerdos que no eran míos, pero que por alguna razón provocaban en mí una sensación insoportable de reconocimiento. Una risa que juraría haber escuchado antes. Alguien llamando a otra persona. Una despedida. Después otra voz, y otra, todas superpuestas hasta que ya no pude distinguir ninguna.

El otro lado parecía vacío.

Al menos al principio.

Lo observé esperando que algo apareciera allí, pero nada lo hizo. Aun así, cuanto más tiempo pasaba mirándolo, menos vacío me parecía. No sabía explicarlo. No había nada sobre él y, sin embargo, tenía la sensación de que aquello no era ausencia.

Esperaba.

Quise preguntar qué significaba todo eso. Quise saber quién estaba cayendo, qué esperaba la Balanza y por qué podía reconocer cosas que nunca había vivido. Intenté moverme una vez más, pero nada respondió.

Entonces una frase atravesó todo.

No era exactamente una voz.

Tampoco un pensamiento.

Simplemente estaba allí.

No todo lo que cae está perdido.

Parpadeé.

Y el mundo volvió.

—¡Mamá!

Mi voz atravesó la habitación y se perdió en algún punto de la casa. Me quedé sentada sobre la cama, respirando demasiado rápido, esperando escuchar sus pasos o al menos una respuesta desde el pasillo.

Nada.

—¡Mamá!

Otra vez silencio.

Poco a poco empecé a reconocer mi habitación. La luz de la mañana entraba tímidamente por la ventana, mi ropa seguía donde la había dejado y la carta estaba guardada exactamente en el mismo lugar. Todo parecía igual que la noche anterior, aunque durante unos segundos tuve la absurda necesidad de comprobar que el suelo seguía siendo suelo antes de poner los pies sobre él.

Me llevé una mano al rostro y descubrí que tenía los párpados hinchados. Había llorado demasiado durante los últimos días y, aparentemente, mi cuerpo consideraba que dormir era una excelente oportunidad para continuar atormentándome.

Intenté reconstruir lo que había visto antes de que desapareciera. Los colores ya empezaban a mezclarse en mi memoria. El abismo también. Incluso las figuras que caían se convertían poco a poco en imágenes difíciles de sostener.

Pero la Balanza permanecía.

Y también aquella frase.

No todo lo que cae está perdido.

No sabía qué significaba. Ni siquiera sabía si había sido un sueño, y eso era precisamente lo que menos me gustaba.

Me levanté y abrí la puerta. La casa estaba demasiado quieta. No escuché a Artemisa ni a Atenea corriendo por los pasillos, tampoco la voz de mis hermanos discutiendo por alguna estupidez ni a papá intentando conseguir desayuno antes de que mamá decidiera que había hecho algo para no merecerlo. Después de vivir tantos años allí, conocía los sonidos normales de nuestra casa y aquella mañana faltaban demasiados.




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