No todas las puertas se abren cuando se tiene la llave correcta.
Algunas esperan algo más profundo: una decisión, un recuerdo, una entrega silenciosa.
La biblioteca ya no parecía un lugar de conocimiento, sino un espacio suspendido entre lo visible y lo sagrado. El aire estaba quieto, denso, como si el mundo mismo contuviera la respiración. La puerta seguía ahí, imponente, dorada por el cerrojo activado, pero cerrada. Inmutable.
Habíamos hecho todo.
O al menos, eso creíamos.
Ya al borde de la desesperación y al no saber qué hacer, cada una reaccionó según la situación:
—Por la Pu….erta del cochino, ¿por qué no abre? Ya hicimos de todo —dijo Lena renegando fuertemente.
—Ay me rindo, no se puede Lena, no se puede —dije derrumbándome y cayendo al piso de rodillas.
El cansancio no era solo físico. Era más profundo. Era el peso de no entender, de haber llegado tan lejos y aun así sentir que algo esencial se nos escapaba de las manos.
De pronto se siente un aire frío…
El aire leve sopla y dice:
Gen 2219 ABHFE
El sonido no era una voz, pero tampoco era solo viento. Era un susurro cargado de intención.
—¿Escuchaste eso Lena? —pregunté.
—Caz estoy renegando, estoy frustrada, hemos hecho de todo, pero no se abre, estamos haciendo algo mal, pero no sé exactamente qué es lo que está mal.
Una vez más el aire sopla y dice:
Gen 2219 ABHFE
—Lena el aire me habla, dice Gen 2219 ABHFE.
—No entiendo, ¿qué significan esos números y letras?
Entonces el aire cambió.
Ya no era frío.
Ahora era tibio, casi cálido, y comenzó a pasar lentamente las páginas del libro de la familia Frieden hasta llevarlas al inicio.
El libro parecía responder antes que nosotras.
Me acerco rápidamente, aunque con miedo, y leo…
—Génesis Lena, Génesis, GEN es Génesis. Y este libro está por capítulo y versículo. El número 2219 debe ser —dije rápidamente.
—Ok ya entendí, busquemos entonces el vehículo 2219 —dijo Lena.
—Versículo ay, versículo. Primero es capítulo y luego versículo.
Luego de buscar el 22:19 y descubrir que no había, decidimos hacerlo de dos en dos, y luego de uno a uno. Finalmente, encontramos el capítulo 22, versículo 1 al 9.
El silencio se volvió más pesado.
—Abraham… ¿Quién es Abraham, Caz? Tú has leído el libro, cuéntame quién es ese personaje.
Levanté la vista apenas. El libro pesaba distinto entre mis manos, como si no quisiera ser leído a la ligera.
—Sí, claro… pero déjame releer —dije—. Tampoco tengo memoria fotográfica.
Pasé las páginas con cuidado. Las letras no estaban quietas. No se movían, pero vibraban, como si cada palabra supiera que estaba siendo observada otra vez, siglos después.
Mientras leía, sentí algo extraño: no era solo una historia antigua, era un reflejo.
Una pregunta lanzada a quien la escucha.
Una de esas que no buscan respuesta inmediata, sino verdad.
El silencio entre Lena y yo no fue incómodo. Fue denso.
La puerta parecía escucharnos.
Luego de unos minutos…
—Ok… ya recordé —dije al fin—. En resumen, el Supremo le pidió a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac como prueba de valor y fe.
Lena frunció el ceño al instante.
—Pero y eso que tiene que ver con no abrir esta bendita puerta. Espera… Sacrificar dijiste, tu señor supremo es algo extremo, ¿no crees?
La miré por unos segundos.
No me sorprendió la pregunta. Yo misma la había hecho muchas veces.
—Sí —respondí—. Eso pensaba yo de niña. Me parecía cruel, injusto… incomprensible.
Cerré el libro un segundo.
—Pero ya luego me explicaron. Y entendí… o al menos empecé a hacerlo.
Lena cruzó los brazos, apoyándose contra la puerta.
—Explícame tú entonces —pidió—. Porque pedir algo así… no suena a amor.
Asentí lentamente.
—Cuando el Supremo le ordena a Abraham sacrificar a su hijo Isaac en el monte Moriah, no lo hace porque quiera sangre ni pérdida —dije—. Lo hace porque Abraham había recibido una promesa. Una tan grande que parecía imposible.
Le habían dicho que de su descendencia vendría algo que cambiaría al mundo… y aun así, se le pidió entregar lo único que hacía esa promesa real.
Lena guardó silencio.
—Y aunque al final un ángel lo detiene —continué—, y un carnero es ofrecido en lugar de Isaac, la orden no fue en vano. Porque Abraham no sabía que sería detenido.