Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO IX ALTA RESIGNACIÓN

Alguien volvió a tocar.

Esta vez, mamá dejó caer la cuchara.

El sonido metálico contra el suelo fue pequeño, casi ridículo comparado con la reacción que provocó. Papá apareció desde el pasillo, mis hermanos dejaron de hablar arriba y lena se quedó completamente inmóvil a mi lado. Hasta artemisa y atenea levantaron las orejas y dirigieron la mirada hacia la puerta como si también hubieran entendido que algo acababa de cambiar.

Yo solo podía pensar en el símbolo.

Seguía ardiendo dentro de mi bolsillo.

—cazi —susurró lena—. ¿otra vez?

Asentí mientras metía la mano con cuidado y sacaba la carta de imsel. El papel estaba tibio, pero el calor parecía concentrarse exactamente sobre aquel círculo incompleto atravesado por una línea. Lo observé esperando que ocurriera algo más: que aparecieran palabras, que una voz pronunciara mi nombre o que, considerando cómo habían sido mis últimos días, la carta decidiera explotar.

Tres golpes volvieron a sonar.

Secos.

Firmes.

Mamá reaccionó inmediatamente.

—no abras.

Papá ya había dado un paso hacia la puerta.

—nicori...

—mildan, no.

Mis hermanos comenzaron a bajar las escaleras.

—ustedes tampoco.

Se detuvieron.

Bueno.

Eryel se detuvo.

Dacris bajó un escalón más.

—dacris.

Subió.

Impresionante.

—¿quién es? —pregunté.

Mamá no respondió. Su mirada permanecía fija en la puerta y tenía ambas manos apoyadas sobre la mesa como si necesitara algo sólido a lo que aferrarse. Después de todo lo que había escuchado detrás de su habitación, aquella reacción ya no me provocaba solamente frustración. También me hacía preguntarme qué esperaba encontrar al otro lado.

El símbolo volvió a calentarse.

—¡auch!

Lena se acercó.

—¿mucho?

—lo suficiente para considerar seriamente empezar a guardar las cartas misteriosas en otro bolsillo.

Entonces escuchamos otro golpe.

Más suave.

Toc.

Esperamos.

Toc.

Fruncí el ceño. Aquello ya no sonaba tan amenazante como unos segundos antes. De hecho, empezaba a sonar bastante poco digno de todo el miedo que había provocado.

Toc. Toc.

Papá también pareció notarlo.

—eso no es una persona.

Mamá lo miró.

—¿qué?

Otro golpe llegó acompañado de algo parecido a un rasguño. Artemisa comenzó a ladrar y atenea la siguió inmediatamente.

—¡shhh! —les dije.

Ladraron más.

Papá se acercó lentamente a la puerta y, esta vez, mamá no volvió a detenerlo. Todos observamos mientras colocaba la mano sobre el picaporte, lo giraba con cuidado y abría.

No había nadie.

Ninguna figura misteriosa. Ningún maestri. Ningún enemigo ancestral esperando destruir a nuestra familia.

Nada.

Papá asomó la cabeza.

—¿hola?

Silencio.

Dacris bajó dos escalones.

—¿hay alguien?

—no.

Eryel descendió detrás de él.

—¿entonces qué tocó?

Algo pasó volando junto a la cabeza de papá.

—¡ah!

Entró en la casa.

Mamá gritó.

Lena gritó.

Yo grité porque ellas gritaron.

Artemisa y atenea salieron disparadas detrás de aquello y mis hermanos comenzaron a reír mientras un pequeño pájaro atravesaba la sala completamente descontrolado.

—¡un pájaro! —gritó lena.

—¡ya veo!

—¡cierren las ventanas!

—¡¿por qué?!

—¡no sé!

—¡pues no las cierres!

El pobre animal dio una vuelta sobre la mesa, esquivó por centímetros una lámpara y pasó tan cerca de eryel que tuvo que agacharse. Artemisa perseguía su sombra por el suelo, atenea ladraba desde un lugar completamente inútil y papá seguía junto a la puerta intentando recuperar la dignidad que acababa de perder.

Finalmente, el pájaro aterrizó sobre la parte superior de un mueble.

Silencio.

Todos lo miramos.

El pájaro nos miró.




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