Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO X INTERPRETANDO SEÑALES

Nunca imaginé que el verdadero inicio de un viaje pudiera consistir en pasar horas sentada en el suelo de una biblioteca.

En las historias que papá contaba, las personas partían, atravesaban fronteras, descubrían ciudades, se enfrentaban a tormentas o, como mínimo, sabían hacia dónde caminaban. Nosotras habíamos conseguido salir de casa, despedirnos de nuestras familias, llorar lo suficiente para deshidratarnos y llegar hasta la Gran Biblioteca para descubrir que nuestra brillante primera estrategia consistía en revisar nombres sin saber qué nombres buscábamos.

No hubo trompetas, ni una voz anunciando que habíamos cruzado un punto sin retorno. Ni siquiera un pájaro.

Lo cual, después de aquella mañana, agradecía.

Solo había libros.

Muchísimos.

Y cansancio.

—Encontré otro —susurró Lena.

Levanté la cabeza tan rápido que el libro que sostenía estuvo a punto de resbalar de mis piernas.

—¿Un nombre?

—Una mancha de humedad con forma de conejo.

La miré.

Lena señaló una esquina de la página con absoluta seriedad.

—Mira. Es bastante claro.

—Llevamos horas aquí.

—Precisamente. Mi cerebro ya empezó a encontrar entretenimiento por su cuenta.

Volví al registro que tenía sobre las piernas y pasé otra página. Después de nuestra conclusión de la tarde, habíamos cambiado de estrategia: ya no buscábamos referencias directas a los libros desaparecidos, sino personas relacionadas con antiguos guardianes, expediciones, registros de la Ruptura y cualquier documento que pudiera decirnos quién había investigado antes que nosotras. Sobre el papel había parecido una idea bastante inteligente.

El problema era que cincuenta años de historia contenían demasiadas personas.

Demasiados nombres.

Y, aparentemente, ninguna había tenido la consideración de escribir:

Hola, futura Cazi. Si estás leyendo esto, aquí está exactamente lo que necesitas.

Egoístas.

Pasé otra página y encontré tres nombres que no me decían absolutamente nada, dos fechas que tampoco y una referencia a un traslado de documentos que me obligó a buscar otro registro para descubrir, veinte minutos después, que no tenía ninguna relación con nosotras.

Cerré el libro.

—Nada.

Lena seguía inclinada sobre el suyo.

—Todavía nos quedan esos.

Señaló una pila.

Miré la pila.

La pila me miró.

Decidimos odiarnos mutuamente.

La luz exterior había desaparecido hacía bastante tiempo cuando Lena cerró de golpe el registro que tenía delante. El sonido resonó entre los estantes y levanté la cabeza.

—Caz.

—¿Mm?

—Tengo una pregunta.

—Si es sobre comida, no.

—No es sobre comida.

Eso consiguió mi atención.

—¿Qué pasa?

Lena miró alrededor.

—¿Dónde vamos a dormir?

Abrí la boca.

La cerré.

Ah.

Había pensado en partir. En mamá. En papá. En mis hermanos. En encontrar respuestas. Incluso había pensado durante una cantidad vergonzosa de tiempo en cuántos pantalones necesitaba una persona para una búsqueda de duración indeterminada.

Dormir, aparentemente, no había entrado en mis planes.

—Podríamos regresar a casa —dijo Lena.

La miré inmediatamente y ella levantó ambas manos.

—Solo digo que podemos.

Y tenía razón.

Podíamos.

Nadie había cerrado la puerta detrás de nosotras. Mamá no me había expulsado y papá probablemente seguía esperando que regresara antes de la cena, independientemente de que yo hubiera salido de casa con una mochila y una despedida dramática. Mis hermanos se reirían durante el resto de mi vida si aparecía unas horas después porque había olvidado resolver dónde dormir, pero sobreviviría.

Aun así, algo dentro de mí se resistía.

No porque regresar significara fracasar.

Al menos intentaba convencerme de eso.

Pero había salido aquella misma mañana. Había abrazado a mi familia como si estuviera comenzando algo importante y ahora imaginarme entrando otra vez por la puerta con un hola, olvidé pensar dónde iba a dormir no coincidía demasiado con la imagen de viajera competente que había construido durante aproximadamente seis horas.

—Podemos quedarnos un poco más —dije.

—¿Hasta cuándo?

Miré los estantes que todavía nos rodeaban.




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