Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO X SIN BUSCARLO, NOS ENCONTRÓ

La puerta no se abrió de golpe.

Se abrió sin ruido.

No hubo estruendo, ni luz cegadora, ni viento desbordado como en los relatos antiguos.

Ninguna señal que anunciara victoria o poder.

Solo un sonido bajo, profundo, como madera antigua reconociendo por fin unas manos que no venían a forzarla.

Es algo desalentador —pensé—. Esperaba bulla, sin embargo no hubo crujido, ni viento, ni anuncio. Solo un resplandor suave que se derramó hacia nosotras como si alguien hubiera encendido un amanecer detrás del muro.

La sala era dorada.

No dorada como el sol.

No dorada como el fuego.

Era un dorado perfecto. Demasiado.

El piso, las paredes, incluso el aire parecía hechos del mismo material pulido. No había vetas, no había sombras reales, no había imperfecciones donde descansar la mirada. Todo brillaba con una exactitud incómoda, como un lugar que no había sido tocado por el tiempo.

—Es… hermosa —susurró Lena.

No supe si era verdad.

Había belleza, sí. Pero también algo inmóvil. Como si aquel espacio no hubiera sido creado para ser vivido, sino contemplado desde lejos.

Era el tipo de lugar donde incluso respirar fuerte parecía una falta de respeto.

—Pensé que sería… más extraño o no sé, más ¿asombroso? —susurró Lena, sin atreverse a dar un paso completo.

—Yo también —admití—. Pero tal vez “más” no siempre significa grande.

Entramos despacio. La puerta se cerró sola a nuestras espaldas, sin ruido, como si supiera que no intentaríamos huir.

No sentí encierro. Sentí resguardo.

Lentamente sin notarlo la puerta desapareció.

—Definitivamente ya no podremos regresar —dije con rapidez—. Al menos sabemos que, pase lo que pase, estamos en el lugar correcto o bueno, en el camino correcto.

El aire del lugar era tibio, menos antiguo que la biblioteca, pero igual de atento. No vacío. Era como cuando alguien termina una oración y nadie se atreve a moverse por miedo a romper algo invisible.

—¿Eso es todo? —preguntó Lena en voz baja, mirando alrededor—. ¿No hay luces, ni voces, ni algo que quiera devorarnos?

—No todo lo importante hace ruido —respondí, aunque ni yo sabía exactamente de dónde había salido esa certeza.

En el centro del espacio, sobre una base de piedra, había un objeto envuelto en tela oscura. No brillaba. No llamaba. No pedía ser tocado.

Pero ambas lo sentimos al mismo tiempo.

—Es eso —dijo Lena, sin señalarlo.

Asentí.

No corrimos hacia él.

No lo tomamos de inmediato.

Algo en el ambiente pedía pausa, como si aquel lugar nos recordara que no todo lo valioso se toma con las manos primero.

Cuando por fin me acerqué y retiré la tela, apareció.

Era una tira de tela oscura, gastada por el tiempo, pero no rota. De ella colgaban dos piezas de madera distintas: una más grande, alargada, y otra pequeña, casi redondeada.

No tenían inscripciones visibles ni símbolos evidentes.

Nada que gritara “sagrado”.

—Es… humilde —murmuró Lena—. Casi decepcionantemente humilde.

—Tal vez por eso importa —respondí.

No supe cómo nombrarlo.

No era arma.

No era adorno.

No era reliquia común.

Parecía una pieza incompleta. Diseñada para encajar en algo mayor.

—No parece terminado —dijo Lena.

—Tal vez no lo está —respondí—. Tal vez debemos terminarlo.

Lo sostuve entre mis manos y sentí peso. No físico. Senti responsabilidad sobre él, como si mi vida dependiera de que lo cuide bien.

En ese instante, el espacio reaccionó. No con movimiento, sino con presencia. Como si alguien —o algo— nos observara en silencio, no para juzgar, sino para confirmar.

—Caz… —susurró Lena—. ¿Sientes eso?

—Sí, y no creo que seamos las únicas.

No vimos a nadie, físicamente hablando.

Pero escuchamos pasos, voces, risas.

En síntesis, escuchamos a más personas.

Luego de observar por un momento las paredes blancas descubrimos algunas sombras que corrían y pasaban como película vieja.

Ahí lo supimos.

No estaríamos solas, porque definitivamente las risas no eran nuestras, las voces, susurros, ni hasta la forma de las sombras eran nuestras.

Había otros.

No allí. No todavía.

Quizá caminaban otros senderos.

Quizá enfrentaban otras pruebas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.