Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO XI NO ERA UNA LLAVE

El clic volvió a sonar.

Lena y yo nos quedamos inmóviles.

Habíamos avanzado apenas unos metros cuando aquello resonó detrás de nosotras. No fue fuerte. Ni siquiera estaba segura de que hubiera venido exactamente de la puerta. Pero a las tres y tantas de la madrugada, encerrada en una biblioteca donde los pasillos parecían decidir cuánto medían según su estado de ánimo, cualquier sonido tenía derecho a resultar sospechoso.

Lena giró la cabeza.

Yo también.

—No —dijo.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—¿Qué estoy pensando?

—Volver.

Miré hacia el lugar donde habíamos dejado la puerta. Desde allí ya no podía verla, pero sabía que estaba en alguna parte detrás de nosotras, acompañada por aquel árbol de flores apagadas y esperando quién sabía qué.

—Solo para comprobar.

—Cazi.

—Podría haber pasado algo.

—Precisamente por eso no deberíamos volver.

La miré.

—¿Desde cuándo eres prudente?

—Desde que tengo sueño.

Era un argumento sorprendentemente sólido.

Permanecimos allí unos segundos, esperando que el sonido se repitiera. Nada ocurrió. No apareció otra luz, las piezas guardadas conmigo no volvieron a vibrar y ninguna voz misteriosa tuvo la consideración de decirnos qué acababa de pasar.

—Mañana —dijo Lena.

Suspiré.

—Mañana.

Seguimos caminando.

Esta vez el trayecto hasta nuestro improvisado dormitorio fue corto.

Demasiado corto.

No quise pensar en eso.

Cuando finalmente reconocimos nuestras mochilas entre los estantes, me dejé caer junto a ellas y guardé las dos piezas unidas. Coloqué el libro de mi familia a mi lado antes de acomodarme como pude contra la madera. No tenía ninguna razón especial para seguir sosteniéndolo después de haber regresado. Simplemente me tranquilizaba sentir su cubierta bajo los dedos.

—Caz.

—¿Mm?

—Si mañana encontramos otra puerta, no la toques.

—No prometo nada.

—Por eso tu mamá tiene canas.

Giré la cabeza.

—Mi mamá no tiene canas.

—Todavía.

Encontré un pedacito de papel junto a mi pierna y se lo lancé.

Lena sonrió, satisfecha consigo misma, y cerró los ojos.

Yo tardé un poco más.

Pensé en la puerta. En las flores. En el punto rojo que había visto flotando frente a mí y en el reloj marcando las 3:33 después de un recorrido que había sentido muchísimo más largo. Pensé también en mamá, en mi cama y en el hecho de que, si alguna vez regresaba a casa, probablemente nunca volvería a quejarme de mi colchón.

Probablemente.

No hagamos promesas imposibles.

No sé cuánto dormimos.

Cuando desperté, una luz grisácea se filtraba entre los ventanales superiores de la biblioteca. Durante unos segundos olvidé dónde estaba y pensé que seguía en mi habitación.

Entonces sentí algo clavándose en mi espalda.

Me moví.

Un libro.

Definitivamente no era mi cama.

Lena dormía con la boca ligeramente abierta y uno de sus brazos sobre mi mochila, como si hubiera decidido proteger nuestras pertenencias utilizando todo su cuerpo.

—Li.

Nada.

—Lena.

Gruñó.

Pensé un momento.

—Hay comida.

Abrió los ojos.

—¿Dónde?

La miré.

—Increíble.

Tardó un segundo en entender.

—Eso fue cruel.

—Pero efectivo.

Nos levantamos con el cuerpo adolorido y la dignidad ligeramente reducida. Me dolía el cuello, la espalda y partes de mí que ni siquiera sabía que podían molestarse por dormir mal. Después de comer parte de nuestras provisiones —demasiada parte, según yo; una cantidad completamente razonable, según Lena— guardamos nuestras cosas y regresamos hacia la puerta.

O intentamos hacerlo.

Llegamos al lugar donde ambas estábamos seguras de haberla dejado y nos detuvimos.

No había nada.

—No.

Lena miró a ambos lados.

—Era aquí.

—Sí.

—Estoy segura.

—Yo también.




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