Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO XII DESDE OTRA PERSPECTIVA

Versión de Lena:

No recuerdo el momento exacto en que Caz dejó de estar.

No hubo un sonido, no hubo un quiebre.

Un segundo caminábamos juntas, leyendo el lema dorado bajo nuestros pies, siguiendo las líneas como si fueran un juego…

y al siguiente, el espacio a mi lado ya no la contenía.

El silencio tenía forma.

—¿Caz? —pregunté—. Caz… ¿dónde estás?

Mi voz no volvió.

No rebotó.

No se perdió.

Fue como si el aire la hubiera absorbido sin devolverme ni siquiera un eco.

El entorno se había vuelto pálido, casi ceniza. El dorado había desaparecido, como si alguien hubiera borrado la memoria de la luz. Lo que me rodeaba ya no brillaba: respiraba despacio, opaco, suspendido.

Di un paso.

El suelo no sonó a metal.

Sonó… hueco.

Bajé la mirada.

Y no vi piso.

Vi una escena.

Una cocina amplia, bañada por el sol. Cortinas moviéndose apenas. Una mesa larga. Demasiado larga. Risas. Muchas risas. Voces superpuestas. Alguien cantando mal. Alguien quejándose. Alguien aplaudiendo sin motivo.

Me llevé una mano al pecho antes de entender por qué.

La reconocí.

Era la casa de Caz.

El aire tembló, y la imagen se alzó frente a mí como un cuadro suspendido. Luego otro. Y otro más. Flotaron alrededor, acomodándose lentamente en la nada, como fotografías antiguas colgadas en una pared invisible.

No eran recuerdos míos.

Eran suyos.

Eran de Cazi.

Vi a una niña de cabello revuelto correr por un pasillo mientras una mujer la seguía fingiendo enojo. No había rabia real en sus gestos. Había juego. Había presencia.

Vi a un hombre alzarla en brazos, girarla, hacerla reír hasta que le faltaba el aire.

Vi a dos adolescentes discutir por una tontería y terminar compartiendo pan en el suelo.

Vi a un hombre y a dos adolescentes envolverla en cobijas y balancearla como si fuera una hamaca humana, mientras ella gritaba entre risas que se iba a caer aunque no quería que la soltaran.

Vi cumpleaños.

Vi abrazos distraídos.

Vi manos apoyadas en la cabeza al pasar.

Vi miradas que buscaban sin urgencia.

No escenas perfectas.

Escenas vivas.

Sentí un nudo cerrarse en mi garganta.

Yo había estado allí muchas veces.

Había comido en esa mesa.

Había reído con ellos.

Había dormido en esa casa.

Pero nunca… la había visto así.

Desde dentro con el corazón abierto.

Otro recuerdo se abrió.

Caz, sentada en su habitación, con un libro abierto y el ceño fruncido. Afuera, una voz la llamaba para cenar. Luego otra. Luego pasos que se acercaban.

Ella no respondía.

Y no pasaba nada.

La puerta se abría igual. Alguien entraba. Le despeinaba el cabello. Dejaba un plato sobre el escritorio.

La imagen cambió.

Ahora era más pequeña. Estaba escondida bajo una mesa, tapándose los oídos mientras dos voces discutían en otra habitación sobre quién había lavado o no los platos. No había gritos. Pero sí tensión.

Después, la misma niña, horas más tarde, recostada en el pecho de su madre. Silencio. Respiración acompasada. Una mano que subía y bajaba por su espalda.

Sentía la paz que ella tenía en ese momento.

Tragué saliva.

Yo no tenía recuerdos así.

Los míos eran puertas cerradas.

Frases cortadas.

Sillas vacías.

Vi a Caz enferma, con fiebre, rodeada de amor.

Vi a Caz celebrando, rodeada de amor.

Vi a Caz llorando… acompañada por personas que se quedaban.

Y sin darme cuenta, mis ojos ardieron.

No de envidia.

De reconocimiento.

—…Siempre tuviste un lugar donde caer —susurré.

Y entonces apareció otro recuerdo.

Uno que me atravesó distinto.

Yo.

Más pequeña.

Sentada en un rincón de su casa, en silencio. Las rodillas contra el pecho. Los hombros tensos. Mirándolo todo y, a la vez, sin mirar absolutamente nada.

Caz se me acercaba con un trozo de pan. No preguntaba. No sonreía de más. Me lo ofrecía y se sentaba a mi lado.

Luego llegaban sus hermanos. Uno me dejaba unos zapatos. Curiosamente de mi talla. Otro me alcanzaba un vaso. Alguien se iba. Alguien volvía.




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