Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO XIII UN SENDERO MISTERIOSO

Y entonces la vi.

Estaba al final del sendero, de espaldas a mí, recortada por una luz que no venía de ningún lugar visible. Durante un segundo pensé que era un recuerdo, una figura hecha por el oro para engañarme, porque el cuerpo aprende rápido a no confiar cuando ha perdido algo. Pero no: su forma era demasiado exacta, demasiado viva.

La manera en que sostenía los hombros, levemente tensos. La inclinación mínima de su cabeza, como si escuchara algo que yo aún no oía. Ese gesto lo conocía. Lo había visto mil veces cuando se quedaba quieta esperando que yo hablara primero.

Di un paso sin darme cuenta. Luego otro. Y recién entonces sentí el aire distinto, más liviano, como si hubiera estado respirando bajo el agua y alguien, sin avisar, me hubiera sacado a la superficie. El pecho me dolió al llenarse. Las manos me temblaban, no de miedo, sino de algo que se parecía demasiado a la certeza.

—Lena… —dije nerviosa.

Mi voz salió baja, no porque tuviera cuidado, sino porque el cuerpo no supo hacerla más grande.

Ella se tensó apenas. No se giró de inmediato. Vi cómo su espalda se enderezaba, cómo sus dedos se movían sin decidirse. Como si temiera que, si volteaba muy rápido, lo que estaba sintiendo se rompiera antes de tener nombre.

—Caz…—respondió.

Cuando giró, no corrimos. Nos quedamos mirándonos, suspendidas en un segundo espeso, cargado de todo lo que no habíamos dicho mientras no existíamos la una para la otra. Sus ojos se llenaron primero. Luego su respiración se desordenó. Después la mía. Y entonces di un paso que ya no era un paso, era un impulso que me sacó del cuerpo.

El choque fue torpe. Mi hombro en su clavícula. Su frente en mi mejilla. Pero mis brazos ya la rodeaban antes de que pudiera pensar en cómo se abraza a alguien que se creyó perdido. Sentí su cuerpo entero aferrarse a mí, no con delicadeza, sino con necesidad, como si yo fuera real solo mientras me tocara. Enterré el rostro en su hombro. Olía a ella. A casa. A camino. Y en ese olor, sin querer, se me desarmó algo que había estado rígido desde que la sala nos separó.

No gritamos.

Nos aparatamos por una rato para vernos como si fuera una vil mentira el que estemos nuevamente juntas. Nos quedamos mirándonos en un segundo extraño, uno que fue demasiado largo y corto a la vez, como si el tiempo no supiera todavía qué hacer con nosotras. Sus ojos se llenaron antes que los míos. Vi cómo el brillo se le acumulaba sin caer, cómo su respiración se detenía apenas, como si el cuerpo necesitara confirmar que yo era real antes de permitirse sentir otra vez el abrazo. Después su pecho se quebró en un aire temblado. Y recién entonces el mío.

La sentí completa, tibia, real. Demasiado real para ser un recuerdo. Se aferró a mi espalda como si yo pudiera desvanecerme si me soltaba, y ese gesto me atravesó más que cualquier palabra.

—Pensé que te había perdido —murmuró.

Su voz no salió completa. Temblaba por dentro.

—Yo también —dije—. Y pensé que era mi culpa.

No expliqué de qué culpa. No hizo falta. Nos apretamos más, como si el mundo todavía pudiera meterse entre nosotras, como si el Evren pudiera arrepentirse de habernos devuelto.

Cuando me separé para mirarla por tercera vez, tenía los ojos rojos. Hinchados. Vulnerables. Yo también. Nos sostuvimos la cara con la mirada, como si todavía estuviéramos aprendiendo de nuevo nuestros bordes.

—Vi tu vida —dije.

Se quedó inmóvil. No por sorpresa. Por peso.

—Yo vi la tuya —respondió.

Y algo se movió ahí. No en la sala. En nosotras. Ya no nos miramos como amigas que se conocen, sino como personas que se han visto por dentro, como si ya no quedaran demasiados lugares donde esconderse.

—Gracias… —susurró—. Por quedarte todos estos años.

Tragué saliva. Sentí ese “años” como si me pasara por el pecho.

—Gracias por dejarme hacerlo.

Nos reímos apenas. No con alivio. Con verdad. Con ese tipo de risa que no borra lo que duele, pero lo vuelve compartido.

El aire vibró.

Detrás de nosotras, el dorado comenzó a deshacerse en ondas lentas, como si la sala exhalara después de habernos sostenido demasiado tiempo. La luz ya no era inmóvil. Respiraba.

La abertura estaba ahí.

Más cerca, aunque no mucho.

Pero lo suficiente para doler, como duelen las cosas que empiezan a parecer posibles.

—Sea lo que sea que venga —dije—, ya no lo cargamos solas.

Lena entrelazó sus dedos con los míos. Su mano estaba tibia. Firme.

—No. Ahora lo cargamos despiertas.

Y entonces la sala volvió a moverse.

El oro bajo nuestros pies tembló como agua profunda. No sonó. No se quebró.

Se dibujó.

Líneas lentas recorrieron el suelo como si alguien estuviera trazando una idea desde adentro.

Pliegues, curvas, alturas naciendo de lo plano.

El reflejo se fragmentó y nuestros cuerpos comenzaron a aparecer en partes: un ojo suspendido en una curva, una mano multiplicada en una ondulación, una sombra donde no había pie. Era como mirarnos en recuerdos líquidos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.