Di el primer paso sabiendo que ya no caminaba junto a mi mejor amiga.
Lena seguía ahí. Podía verla. Escuchaba su respiración cuando el silencio se estiraba demasiado. Pero algo se había reacomodado en el espacio. Como si la Sala Dorada hubiera decidido que ya no éramos un mismo movimiento, sino dos presencias distintas latiendo en un lugar que ya no nos pertenecía del todo.
Desde allí, Lena parecía parte del lugar. No atrapada. Integrada. Como si su manera de sentir fuese ahora una lengua que la sala entendía mejor que yo.
Yo, en cambio, estaba abajo.
El oro bajo mis pies ya no reflejaba mi rostro. No devolvía nada. Ni mi forma ni mi sombra.
El suelo parecía respirar.
Respiré hondo.
El aire no pesaba en los pulmones.
Pesaba más arriba, en el centro del pecho, como si cada respiración tuviera que atravesar algo antes de llegar a ser aire.
—Descríbeme lo que sientas —repitió Lena desde lo alto—. Aunque no tenga forma.
Asentí, aunque sabía que ella no necesitaba verme hacerlo.
Avancé un poquito.
Cada pasaje tenía una altura distinta, una temperatura distinta, una forma distinta de silencio. Algunas paredes eran lisas como hueso pulido; otras parecían hechas de raíces endurecidas, venas de piedra, capas superpuestas de algo que alguna vez estuvo vivo.
No había simetría. No había centro. Y sin embargo, todo parecía organizado alrededor de algo que yo todavía no veía.
Avancé un poco más…
Y al hacerlo, tuve la certeza inmediata de que este lugar no había sido creado para enfrentar lo que temía… sino lo que había hecho. No había monstruos o sombras. Eran escenas, como fragmentos, como restos de mí.
El primer pasaje se abrió como si alguien lo rasgara.
El espacio frente a mí se volvió blando, como una membrana tensa, vibrando.
Cuando lo crucé, sentí un frío breve en la piel, como si acabara de atravesar una lluvia que no mojaba.
Y el laberinto desapareció de mi vista por un momento.
Estaba dentro de un recuerdo.
No flotando sobre él.
No mirándolo desde lejos.
Estaba ahí, dentro de él.
Con los pies en el mismo suelo. Con el aire golpeándome el mismo rostro.
Era yo, más joven, de espaldas. Reconocí la caída exacta de mis hombros, esa leve rigidez que siempre aparece cuando estoy a punto de decir algo que no sé decir bien. Mis manos estaban entrelazadas frente al cuerpo. Un gesto antiguo. Defensivo. Un gesto que mi cuerpo aprendió antes que mi cabeza.
Alguien estaba frente a mí. No se veía por completo quién era pero por alguna razón yo reconocía esa escena.
No escuché sus palabras. No fue necesario, pero vi mi rostro cambiar.
Ese gesto lo recordaba.
La ceja tensándose apenas.
La mandíbula apretándose como si sostuviera algo que quemaba.
La mirada endureciéndose no por rabia… sino por miedo.
Era el rostro de quien hiere sin querer.
Y aun así hiere.
Quise moverme.
Quise tocarle el brazo a esa versión mía.
Decirle: espera.
Decirle: dilo distinto, esa persona no tiene la culpa de que tu estés enojada con el mundo, por favor no le hables así.
Decirle: no te cierres a pedir perdón, no eres menos si lo haces antes que el otro.
Mi mano atravesó su hombro.
No sentí piel.
Sentí ausencia.
La escena siguió sin mí.
Las palabras que no escuchaba hicieron lo suyo. Vi el cuerpo del otro retroceder apenas. Vi el peso caer en el espacio. Vi ese silencio nacer, ese que no explota, ese que se queda a vivir.
Algo se me cerró en el estómago, pude haberlo evitado si pensaba, solo un rato. Si pensaba bien, si pensaba antes de actuar.
¿Acaso soy una mala persona? —murmuré—. ¿Por qué actué así?
Salí de ahí con la respiración rota, como si acabara de correr sin moverme.
—Lena… —dije.
No supe qué más decirle, solo la llamé, quería llamarla.
—Tu aire se siente apurado —respondió ella—. Como si tu pecho no cupiera en sí mismo, no pienses nada negativo de ti, siento arrepentimiento y culpa.
Asentí otra vez.
Seguí caminando.
Y el laberinto me entregó más.
No largas escenas.
No historias completas.
Golpes, cada imagen que pasaba eran golpes para mi corazón.
Cada vez más y más fragmentos suspendidos pasaban ante mis ojos.
Una discusión que pude haber evitado si solo escuchaba antes de emitir mi juicio.
Una llamada que dejé sonar hasta morir solo porque yo creía que estaba en lo correcto.