Versión de lena:
—Papá, noooooo, no te vayas, por favor dime que no es verdad. Mamá me mentiste, ¿por qué no me lo contaste? te hubiera entendido si me lo hubieras explicado.
Recordarlo me dolió, no puedo mentirte a ti ni a Cazi, pero para que me entiendas un poco mejor volvamos al inicio de todo esto, era momento de entrar al laberinto y así como Caz, tenía mucho miedo de dejar un recuerdo de nosotras.
Estaba convencida de que lo que me haría escoger el laberinto era entre dos recuerdos míos y de Caz juntas. No tenía otros que realmente me importara perder.
En fin, volvamos al inicio de mi propio desastre.
Te cuento que Caz y yo no nos separamos de inmediato.
Bajé hacia el laberinto y abracé a Caz como si mi cuerpo hubiera llegado antes que yo. No pensé en hacerlo. Simplemente pasó. La rodeé y apoyé su frente en mi hombro, y recién ahí me di cuenta de que ella estaba temblando.
No de miedo.
De haber vuelto.
La sostuve sin decir nada. Su mano en mi espalda no buscaba calmarse. Solo deseaba quedarse acogida. Y eso era suficiente para mí.
Respiramos juntas un momento, como si nuestros suspiros fueran completamente desordenados.
Hasta que algo en el aire cambió.
Como una intención disfrazada de soplo.
La Sala Dorada volvió a moverse.
Pensé que temblaría o hasta un crujir en algún lugar, pero no, eso no pasó.
Se acomodó, como si ahora tuviera que ser diferente porque una persona diferente estaba entrando.
Sentí un tirón en el centro del pecho, como si alguien hubiera enganchado un hilo invisible dentro de mí y tirara de él con paciencia. Cualquier pensaría que me tiraría hacia adelante pero esta vez fue en sentido contrario, hacia atrás.
Para ser más exactos hacia atrás pero hacia abajo.
Mis pies se deslizaron sin despegarse del suelo. El oro bajo nosotras se volvió blando, como si ya no fuera superficie sino profundidad. Caz apretó un poco más su abrazo.
—Lena… —murmuró.
No hubo tiempo de responder.
El mundo se estiró.
No caímos.
Nos separamos.
Su peso dejó de estar frente al mío. Su calor se movió. Su respiración ya no estaba en mi cuello.
Y de pronto, el aire me llegó distinto.
Más abierto.
Alcé la vista.
Caz estaba arriba.
No lejos.
Pero sí en otro plano.
El suelo bajo ella se había elevado, formándose en una plataforma clara, como si la sala hubiera decidido darle altura a su mirada. Desde ahí, su cuerpo parecía recortado contra el brillo. No era el mismo trono en el que yo estaba. Este parecía un altar. Uno con una silla a lado donde Cazi yacía mirando hacia abajo para ver como estaba yo.
Así como antes, esta vez Caz era el punto de apoyo.
Yo, en cambio, estaba abajo.
Y el espacio a mi alrededor comenzaba a cambiar.
El oro se apagaba por zonas. No se iba. Se volvía opaco. Como si alguien pasara la mano por un espejo y le borrara el reflejo.
—Ahora… —dijo Caz despacio— ahora te siento a ti y a la vez veo flechas de colores.
Sus palabras “te veo”, “Te siento.” Me apretaron el pecho como si hubiésemos cambiado de vida o hasta de dones.
Di un paso.
Y el suelo respondió.
Es como si este tuviera memoria.
Un pasaje se insinuó a mi derecha, otro a mi izquierda.
Y cuando me di cuenta, se volvieron borroso. Mi vista, mi sentido más desarrollado se volvió inútil.
inútil cuando más lo necesitaba.
El laberinto tenía pasajes, estos no los vi del todo por desgracia. Mi vista no alcanzaba a dibujarlos. Pero algo en mi cuerpo sí.
Ahí recordé que no solo tengo el sentido de la vista si no los demás también funcionan y, a diferencia de los demás, yo los tenía intensificados.
—Se está formando —susurré.
—Sí —dijo Caz—. Y no se parece al mío.
Negué sin darme cuenta.
—Yo no veo casi nada —admití—. Está borroso. Como cuando lloras y no te limpias los ojos.
Caz no habló enseguida.
Luego:
—Entonces dime qué sí hay, ahora entiendo todo, vemos el laberinto de formas distintas —explicó—. Por eso me frustré cuando me definías lo que sentías cuando yo quería que me describieras por donde si debía ir. Intenta algo diferente, si está borroso todo puede que esta vez tus ojos no sean lo principal si no otro de tus sentidos.
Cerré los ojos.
Fue peor.
Al parecer este laberinto no estaba hecho para mirarse del todo.
Estaba hecho para sentirse.
—Hay un olor —dije—. Como a pan tibio… pero triste.