Las CrÓnicas Del Evren Libro I - La Balanza Del Alma

CAPITULO XVI BIENVENIDA LA PAZ

Bajé cuando el suelo me lo permitió, fue algo lento para ser sincera porque pensaba en las millones de preguntas que no sabía si hacerlas o simplemente dejarlas.

Mientras me dirigía hacia Lena, solo intentaba buscar el momento oportuno de hacerle saber mis dudas antes todo lo que había visto y sentido en su laberinto.

Sentí el descenso en las piernas, en el estómago, en esa pequeña pérdida de altura que no es caída, pero tampoco es suelo.

Me di cuenta rápidamente que así como yo experimentaba cambios, la piedra que había sostenido a Lena durante su laberinto se fue disolviendo como si entendiera que ya no tenía que separarnos.

Cuando mis pies tocaron la sala, no miré el lugar.

La miré a ella.

Lena estaba de pie, en el mismo lugar donde yo la había dejado … todo estaba igual y, al mismo tiempo, no.

No sé cómo explicarlo sin mentir.

Su cuerpo era el mismo.

Su manera de sostener los hombros.

La forma en que sus dedos buscaban algo cuando no sabían dónde quedarse.

Pero había en ella una quietud distinta.

No calma.

Algo más parecido a cuando una herida deja de sangrar, pero todavía arde.

Tenía los ojos abiertos.

No abierto como si estuviera asustada sino como se abren después de llorar mucho. Como si ya no estuviera mirando para encontrar, sino para aceptar lo que ve.

Di un paso.

Ella levantó la cabeza.

Y en el segundo en que nuestras miradas se tocaron, supe que el laberinto no le había mostrado escenas.

Le había movido el lugar desde donde se mira.

No sonrió rápidamente.

Yo tampoco.

Nos acercamos sin decir nada.

Y cuando nos abrazamos, no fue un abrazo de llegada.

Fue uno de soporte.

Lena apoyó la frente en mi cuello. Su respiración estaba tibia, irregular todavía. Yo le rodeé la espalda sin apretarla, como si mi cuerpo estuviera preguntándole cuánto espacio necesitaba.

Sentí sus manos aferrarse a mi ropa.

Fuerte, tan fuerte como quien se asegura de que algo no se va a ir.

Cerré los ojos.

Y por primera vez desde que entramos en la Sala Dorada, no sentí que el lugar nos mirara.

Sentí que nos dejaba estar simplemente.

Mientras tanto, el lugar empezó a cambiar de repente.

El cambio no fue brusco pero me otorgó sentimiento de nostalgia.

El suelo se estremeció como si el lugar hubiera exhalado de golpe.

El oro bajo nuestros pies se cuarteó en líneas finas, como piel que envejece de repente. Las paredes del laberinto, detrás de nosotras, comenzaron a perder forma. Se deshicieron. Como si algo las estuviera desatando desde adentro.

El dorado empezó a palidecer, como si se cansara de ser espejo.

Luego, bajo nuestros pies, el suelo se volvió claro, casi blanco. No liso. Suave. Con la textura de algo que no refleja, sino que sostiene.

Me giré.

Los pasajes por donde habíamos caminado ya no estaban. En su lugar había polvo de luz, fragmentos verdes, restos de reflejo suspendidos en el aire. El laberinto entero vibraba en un temblor lento, profundo, casi… Orgánico.

—se está muriendo —susurré.

Lena no respondió enseguida, seguía con los ojos abiertos, fijos, pero no duros. Como si estuviera mirando a alguien despedirse.

El mundo crujió.

Una grieta enorme se abrió en el centro de la sala, no hacia abajo, sino hacia adentro, como si el espacio se partiera para dejar salir algo que había estado sosteniendo.

Y entonces apareció.

No era una voz.

Era una inscripción en toda la pared que estaba reviviendo.

Las líneas se formaban en el aire, hechas de una luz más opaca, hasta parecía más antigua que el oro mismo.

Finalmente se mostró completo…

“Cada recuerdo tocado, cada miedo nombrado, cada verdad sostenida, abrió espacio dentro de ustedes. Y donde hay espacio, nace el despertar.

Ninguna raíz crece en tierra dura, y ningún fruto nace sin que antes se rompa la semilla.

Lo que se abrió en ustedes es lo que caminará después porque antes de los grandes viajes, el pasado debe soltarse, las dudas deben encontrar su forma de no doler, y el corazón debe poder sostener lo que viene.”

Y es aquí donde entendí:

El laberinto no había sido un examen o un castigo, había sido tierra preparadora y nosotras las semillas que debían crecer.

Mientras observaba las letras con toda la gratitud que mi cuerpo podría emanar, el laberinto terminó de deshacerse.

El temblor cesó y el silencio que quedó no fue vacío, era expectante.




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