Pasó un buen rato en el que disfrutamos el silencio y la comida, hasta que… como siempre Carisse, o sea yo, queriendo ver el mundo arder decidí abrir mi pequeña y rosada boca.
—¿Lena?
—Mmm ¿Qué paso, Caz? —preguntó con una hogaza de pan en la boca.
—En el pasado hubo algunas preguntas que surgieron dadas algunas situaciones que yo veía —expliqué— traté de no incomodar u opinar de más porque no eran de mi incumbencia pero siento que si debería saberlo o no sé, quizá esté mal.
—¿Cómo qué preguntas Cazimerito? —preguntó ella.
—Sobre tu familia aunque no solo eso, o sea… es lo principal pero… me refiero a qué hay muchas preguntas—respondí casi titubeando.
Lena trago saliva y dejó de comer.
—Bien, ¿qué quieres saber? —contestó—. Creo que tu sabes muchas cosas de mí, Caz.
—Si, pero solo lo que tu me dejas ver —añadí— no es que sea tu obligación jeje —sonreí tímidamente—. Pero en el laberinto sentí y vi cosas que tu nunca exteriorizaste, digo, no está mal pero me sorprendió saberlas porque yo pensaba algo distinto.
—Pensabas de mi algo distinto, ¿cómo así? —interrogó— ¿cómo crees que soy yo, Cazi?
—Hasta antes del laberinto yo pensé que eras más fría, como explicarlo, pensaba que tu eras super relajada, que nunca tenías problemas, que tu familia te daba tanta libertad que yo no tenía —continuó—, a veces sentía que parabas tanto tiempo en mi casa que yo a veces me preguntaba si tus papás no te decían nada y luego me respondía a mi misma conque ellos confiaban demasiado en ti y los míos todo lo contrario.
—Pero Cazi …
—Déjame terminar, Li —insistí—. No pienses que no me gustaba tenerte en casa, me encantaba tener a mi mejor amiga ahí pero a lo que voy es que tu eras un alma libre y sin ataduras, cuando te preguntaba si te dejaron salir siempre decías “Igual ya estoy aquí” y me cambiabas de tema. En pocas palabras, tu podías hacer todo lo que yo anhelaba, ser libre y que nadie te dijera lo debías hacer, no tener responsabilidad de lo que podrías causar tus acciones u opiniones. Te envidiaba.
—¿Qué? pero Cazi como puedes…
—No una envidia mala —interrumpí nuevamente—. En serio, no era envidia con mala intención solo que a veces yo quería ser tu.
Lena me miró sorprendida.
Suspiré.
—Ya terminé jeje al menos eso sobre eso sé que no es una pregunta realmente pero quería decirlo.
—Por donde empezar Cazimerita—respondió lentamente—, cuando nos conocimos, me refiero a antes de conocernos, yo no conversaba con nadie, no porque no podía sino porque realmente no quería. Cuando era más pequeña yo era muy feliz con mi papá, él siempre estaba conmigo y me contaba historias, me llevaba a nada, a caminar, me daba regalos, le contaba todos mis sueños y pensamientos. Era todo lo que yo podía querer, al menos a esa edad yo no tenía secretos con él.
—Eso es lindo Lena, pero…
—Un día —continuó—, realmente todo cambió. Recuerdo que mi mamá estaba en la cocina escuchando música cuando de pronto llegó mi papá, en la mano tenía un sobre algo extraño con una inscripción que no sabía de qué era pero le habló fuerte a mi mamá y le preguntaba porque le había mentido, si de verdad todo era un chiste para ella, y muchas cosas más que ya no deseo recordar. Mamá me cargó en sus brazos y me llevó a la sala, cerró la puerta y prendió los dibujos antiguos que tanto me gustaban. Cuando volvió a abrir la puerta mamá tenía los ojos rojos y papá se había ido.
—Mi Lena, no sabía yo… lo siento mucho.
—Al pasar los días yo buscaba a papá para jugar y volver a contarle mis cosas y mis deseos más locos como siempre lo hacía. No lo encontré… Pasaron más día y un día el volvió. Tenía la cara rígida como si no quiera en realidad volver a casa, le entregó un sobre del tamaño de un cuaderno y se dirigió a su cuarto. Al verlo, como toda niña, me emocioné y corrí hacia él, empecé a hablar sin parar y a decirle que había soñado con muchas cosas y a contarle que pensaba armar un gran castillo de arena en la playa y así muchas más cosas a lo que él me dijo “Le conté a tu abuela tus fantasías y niñerías, tiene razón al decirme que debes de controlar tus pensamientos y guardarlos para ti. Tienes un don fuerte pero por la sangre mixta que tienes no lo vas a utilizar bien”
Inhaló y exhaló lentamente.
—Me rompí —expresó con los ojos húmedos—. Me partió el corazón saber que mi padre no solo reveló mis pensamientos, secretos y sueños a mi abuela, persona que hasta ese momento no conocía, sino que los utilizó en mi contra para decirme lo descontrolada que era y para menospreciarme siendo tan pequeña.
—Mi Lena, no lo sabía —comenté—. No pensé que tu papá fuera tan rígido.
—No me sientas pena, es lo que menos quiero —exclamó rápidamente— pero desde ahí entendí que mientras más le cuentes a una persona, más herramientas le das para dañarte. Yo decidí no volver a cometer ese error con nadie y simplemente decidí no socializar. Pensaba que si mi padre fue capaz de revelar todo, hasta lo más tonto que yo le confié, una persona externa más aún. Y…
Suspiró un momento
—Me refugié en la música —continuó—. Por eso cuando me conociste yo estaba con unos audífonos más grandes que yo. Ese era mi escape, mi lugar seguro, ahí nadie podía hacerme sentir mal ni juzgarme o decirme que fantaseaba, era mi mundo y no quería a nadie más que a mí. Ya más adelante y con el pasar de los años mi mamá se acostumbró a mis pocas palabras, y finalmente al no estar. Ella se centró en sus pensamientos, su cocina, y cuando nacieron mis hermanitas, en ellas. Sabes, tu me dices que me envidiabas porque yo era libre y nadie me controlada nada. Yo hubiese querido una mínima muestra de interés de parte de mis padres. Mi libertad era desinterés, Cazi, era solo eso. Mis padres vivían en su mundo personal y solo cuando debían parecer familia ante los eventos, solo ahí se juntaban, y eso que mi padre ni se acercaba, solo estaba a una “respetable” distancia para aparentar que todavía era una familia, cuando él la rompió cuando yo tenía 4 años sino es que antes.