El aire cambió antes de que yo pudiera ponerle un nombre.
Estaba tan absorta en la conversación con Lena que no me di cuenta de lo que ocurría a nuestro alrededor. Supongo que ella tampoco. Fue algo sutil al inicio, casi imperceptible: una presión suave, parecida a ese silencio que se forma justo antes de que el mundo diga algo importante.
Entonces ocurrió.
Frente a nosotras, la luz comenzó a condensarse. Se elevó desde el suelo como si obedeciera a una fuerza invisible, formando una figura suspendida, precisa, imposible de tocar.
No era un recuerdo.
No se sentía como los otros.
Era distinto. Más… presente.
Parecía una proyección, algo cercano a un holograma, pero con una densidad que me erizaba la piel.
Lena y yo nos pusimos de pie al mismo tiempo. Un estruendo seco atravesó el aire y ambas dimos un paso atrás.
—Esto no se siente antiguo —dijo Lena, con la voz baja—. Se siente… vivo. Como si hubiera ocurrido hace muy poco tiempo.
No respondí. Estaba demasiado ocupada mirando.
—Deberíamos acercarnos, ¿cierto? —añadí, dudando—. No sé si es necesario, pero creo que debemos hacerlo. ¿Debemos, Lena?
Ella no dudó.
—Si tú vas, yo voy, amiga. Sola definitivamente no irás. Y yo no daré un paso sin ti a mi lado.
Al principio no había forma.
Todo era fragmentos. Millones de ellos flotando, chocando, existiendo sin saber aún qué eran. Colores mezclados sin orden, luces que iban y venían, algunas explotando, otras naciendo de esa misma destrucción.
No entendía nada.
Quise preguntarle a Lena algo, cualquier cosa, pero cuando la miré su rostro reflejaba la misma confusión. Ella tampoco tenía respuestas.
Entonces ocurrió.
Una luz atravesó el desorden. No de golpe, sino con una paciencia casi reverente. Como si fuera una mano gigantesca, comenzó a ordenar el caos.
El cielo encontró su lugar.
El mar se separó del cielo y se abrió paso entre masas de tierra que aún estaban naciendo.
La tierra, con un estallido torpe pero decidido, tomó forma y se instaló junto al mar.
Fue entonces cuando lo sentí.
Algo respiró.
Era hermoso. Tan hermoso que dolía un poco mirarlo. La mezcla de colores, el brillo de esa mano luminosa… todo tenía una armonía que no sabía explicar.
—Guau… —susurró Lena—. Qué maravilla que de algo tan imperfecto se cree tanta majestuosidad.
Asentí sin darme cuenta.
De repente, un figura blanca algo extraña apareció como una sombra, no mostraba rostro ni cuerpo pero la forma existía, estaba cerca de nosotros como si fuese algo celestial.
De la nada aparecían algunas más de ellas y luego otra y luego más de ellas pero de menos tamaño, estaban junto a la luz que antes, en forma de mano, separaba hermosamente cada parte del mundo.
—Esto es increíble, es como si fueran nubes, Caz —mencionó Lena con un brillo muy peculiar en sus ojos—, ¿Y si son estrellas? Wau que hermoso.
—Esto es majestuoso, estamos ante un evento mágico —respondí.
De pronto apareció una figura blanca, extraña. No tenía rostro ni cuerpo definidos, pero existía. Estaba cerca de nosotras, como algo celestial que no necesitaba presentarse.
Luego aparecieron más.
Y más.
Eran de distintos tamaños y se mantenían junto a la gran luz que seguía dando forma al mundo.
—Es increíble —dijo Lena, con los ojos brillantes—. Parecen nubes… o estrellas.
—Sea lo que sea —respondí—, es majestuoso.
Pero algo cambió.
Una de las luces pequeñas comenzó a apagarse. Luego otra. Y otra más. Se agruparon, separándose de la más grande, formando dos zonas distintas en el cielo.
No se volvieron oscuras de inmediato.
Simplemente perdieron su brillo.
Entonces se escuchó el sonido.
Como vidrio quebrándose lentamente.
Y luego—
—¡Boom!
Nos tapamos los oídos. Era ensordecedor, violento, imposible de soportar por mucho tiempo. Sentí que el sonido me atravesaba el pecho.
Cuando cesó, el cielo ya no era el mismo.
Las luces caídas descendieron como estrellas expulsadas. Primero doradas, lentas, como si aún existiera esperanza. Luego rojas, más pesadas, ardientes. Finalmente negras, golpeando la tierra como heridas abiertas.
El mar se agitó.
El cielo se oscureció.
La tierra comenzó a agrietarse, aunque las fisuras aparecían y desaparecían, como si el mundo intentara ocultar su propio dolor.
Sentí a Lena tensarse a mi lado.
—No… —gritó—. ¿Cómo algo así puede romperse? ¿Qué han hecho? ¿Quién hizo esto?
No tuve tiempo de responder.